Los límites del mundo se achican, los horizontes no pasan de las montañas que vemos desde la terraza de casa, los pasaportes duermen en el cajón de la mesilla, las vacaciones se ríen de mis ganas de salir. A pesar de todo…he logrado descubrir sin querer, he podido disfrutar de la casualidad, he volado sin despegar los pies del suelo, he viajado sin viajar, como arden sin llama los fuegos artificiales.

Y así, mientras espero…

Me he dejado abrazar por la hermana pequeña de esas plazas porticadas famosas, y por tanto concurridas. Ésta tiene el mismo encanto. Y está casi vacía. Tan sólo balcones de madera desgastada con vistas a sus reflejos. Tan solo la sombra de la torre de la iglesia sobre el empedrado que cubre el irregular trazado.

Plaza de Colmenar de Oreja (Madrid)
Plaza de Colmenar de Oreja (Madrid)

He hecho espeleología entre tinajas que formaban como soldados en pasillos oscuros de bodegas dormidas. Respirado las luces mortecinas y escuchado el moho de las paredes de piedra. Después, saboreando un vino de la tierra, celebrando la amistad sin complicaciones.

Plaza y bodega de Colmenar de Oreja (Madrid)
Plaza y bodega de Colmenar de Oreja (Madrid)

 

Me he asomado a escaleras letradas de perfiles suaves y redondeados, y a las metálicas y rígidas que intentan hablar con otras frías de corazón de piedra. Habitan rincones escondidos en un edificio sobrecogedoramente sobrio, en el que la guerra en blanco y negro recibe casi todas las visitas, mientras el vacío se adueña de galerías y pasillos.

Museo Reina Sofía (Madrid)
Museo Reina Sofía (Madrid)

He hecho una visita a un nogal centenario que recita versos deshojados al río que lame sus raíces, y he saludado a un rebollo venerable de tronco inabarcable que intenta descifrar esculturas intrigantes que crecen a su alrededor como brotes de hierro vegetal.

Árboles singulares en Puebla de la Sierra (Madrid)
Árboles singulares en Puebla de la Sierra (Madrid)

He visto una silla gigante en lo alto de una loma perdida en una sierra remota. Blanca y mimetizada con el horizonte nevado y las nubes blancas; en ella vienen a sentarse el silencio y su eco, y de ella se cuelga cabeza abajo la bondad y se recuesta una sonrisa.

Silla de Meira en Puebla de la Sierra (Madrid)
Silla de Meira en Puebla de la Sierra (Madrid)

He hecho el camino mil veces repetido con un salvoconducto. Esta vez las señales en la carretera no indicaban sólo los kilómetros hasta el destino, también iban descontando incertidumbres.
He necesitado un documento inconcebible, una especie de pasaporte incongruente para atravesar datos pandémicos y salir legalmente por la boca norte del túnel de Piqueras.

He empezado el año donde quería, con quien quería. Haciendo un fuego de llamas hechas de cepas viejas y épocas mezcladas. Calentando mis manos en esa chimenea de hace un siglo en la que el silencio de las ascuas ya resignadas se casa con el crepitar de los troncos que aún luchan por seguir siendo madera.

He empezado el año en la casa que durante la infancia y la juventud significaba que otra vez no había vacaciones en la playa, tampoco cerca de un río, ni siquiera en la piscina. Ni en la montaña. Esa casa, en ese pueblo en el que no hay nada que hacer, nada que visitar, nada que fotografiar, es ahora el lugar de la familia, el enclave para descansar de los viajes y de los planes que necesitaban infraestructura y preparación. Aquí solo se precisa leña si es invierno y una silla en la calle si es verano. Esa casa es ahora un oasis en el desierto de las restricciones de movilidad y en las dunas (olas de arena) de incidencia acumulada.

 

He amanecido bajo la nieve, abriendo los ojos al límite de sus órbitas al subir la persiana y descubrir la ventana opaca, tapada por los cristales hexagonales de los copos arrastrados por la ventisca nocturna; jugando como no lo hacía de niña; asombrada ante el paisaje blanco del que se asoman sarmientos de viñas que aguantan; extasiada con las huellas crujientes de mis botas en caminos vírgenes como vestidos de novia el día de la boda. He invocado a los dioses del refranero con todas las fuerzas de mi fe agnóstica.  Año de nieves

 

He tomado un café y un té, y dado un paseo bajo la lluvia con personas que continúan ahí, desde siempre. Las relaciones se siguen, se retoman o se comienzan de formas caprichosas y no hay que buscar explicación en ello; simplemente, dejar que la vida nos lleve y nos traiga a una terraza con una estufa calentando nuestras nucas mientras nuestros pies se congelan poco a poco porque no les llega el calor desde nuestras manos pegadas a la taza. Frío y mascarillas. Nada de besos, solo un fugaz abrazo de un segundo y medio con cabezas separadas y respiración contenida. Sin el sentido figurado de la expresión. Pero alegría por verse los ojos y sentirse acompañado.

 

He dejado que los copos de nieve me sigan y jueguen en la terraza. Al principio fueron tímidos y escapaban revoloteando de las espinas del cactus, acariciaban las clavelinas que seguían floreciendo en enero. Luego llamaron a los refuerzos y tomaron al asalto jardineras y barandillas. Un ejército blanco que hizo de la silla de madera su cuartel general y consiguió tomar la plaza por completo. Y yo, tras el cristal, me tomo un té al calor de una lumbre de trampantojo.

No es mucho, pero es bastante más que nada.

¡Feliz 2021!

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