Viajar al desierto del Sahara es como vivir en una película, al tiempo que la contemplas a través de una pantalla.

El asombro no cesa desde que empieza el viaje hasta que la película termina, con los dromedarios, echados o de pie, siempre rumiando.

Una odisea no muy homérica, no muy épica, pero increíblemente plena.

Plano cenital: vista  de una ciudad  que en la pantalla aparece  identificada con un rótulo escrito en letras pseudo-arábigas : MARRAKECH.

La cámara desciende bruscamente y se posa fuera de la medina, en una calle con soportales en los que se resguarda un café con algunas mesas y sillas desvencijadas ocupadas por hombres con chilaba; fuman sentados y observan cómo van llegando, en un goteo irregular pero incesante, los turistas. De dos en dos, de tres en tres, de uno en uno…. Se miran unos a otros de soslayo. Pasan los minutos entre conversaciones en voz baja y vistazos rápidos al reloj.

Un movimiento panorámico descubre una furgoneta blanca que se acerca hasta detenerse delante del grupo que se ha formado. Conduce un hombre de  mediana edad y crecida barba.

Tres minutos y dos palabras después todos están instalados y empieza el viaje.

Travelling aéreo: la furgoneta repta por la carretera alejándose de la ciudad y adentrándose con cada curva en el Marruecos bereber camino del Atlas y del desierto.

Los pasajeros, una variopinta quincena de desconocidos que han decidido abandonar la comodidad del riad en la ciudad roja, son ya al mismo tiempo protagonistas y espectadores en una road – movie de bajo presupuesto que transcurre en un lapso de tiempo de tres días y dos noches. Un  mes de julio cualquiera. 

La cámara alterna los planos generales del  exterior con los cortos del interior del vehículo, en  un baile revelador  de geografías físicas y humanas. Ambas en movimiento y en continua transformación.

Paisaje verde, aunque hace ya algunas semanas  que no corre el agua por las inmensas ramblas,  ahora  llenas solo de polvo y piedras.

El conductor seguramente parece mayor de lo que es. Ni siquiera se ha presentado y su mutismo es casi total: una o dos palabras a la hora como mucho, siempre dirigidas en tono desabrido  a otro conductor que realiza alguna maniobra más temeraria que las suyas.

Pueblos con casas feas, mujeres cargando fardos de hierba, hombres tumbados en las cunetas mirando pasar  las vidas de los demás, niños y jóvenes apareciendo de improviso por caminos de improbables  principio y fin en un mapa.

Aït Ben Haddou, emergiendo  como un diamante de tierra de la rocalla circundante, inaugura la Ruta de las Kasbahs. Hechas  de adobe, estas ciudades fortaleza  poderosas y frágiles, han sobrevivido desde el S. XI hasta hoy;  tesoros arquitectónicos  de paja y barro. Bajo la imponente silueta del conjunto fortificado, con torres en las esquinas y castillo en lo alto, espera un muchacho vestido de bereber, con turbante naranja y túnica azul índigo, que guía al grupo (o quizá solo lo pastorea, pues casi no ofrece explicaciones) hasta el interior del ksar. Las casas se apiñan dentro de los muros defensivos en calles que tienen el ancho justo para que el sol no pueda entrar y sí se crucen dos carros sin chocar. Parece un decorado de película… y lo es: se han rodado aquí escenas de “Lawrence de Arabia”, “Babel” o “Indiana Jones”.

Más metacine en  Ouarzazate, una ciudad en el cruce de caminos de los valles del Draa, del Dades y del Ziz. Los enormes estudios con decorados que transportan al visitante a la antigua Grecia o al Oriente Medio de las Mil y Una Noches y  el Museo Cinematográfico son  una de las atracciones de la ciudad. La otra, la kasbah de Taourit, del siglo XVII, fue  la mayor residencia del pachá de Marrakech y está magníficamente conservada y restaurada.

En los asientos frontales, junto al chófer, una pareja de norteamericanos tipo: chica morena de sonrisa perfecta y chico rubio, alto y guapo; los dos simpáticos y educados. Ella se entretiene con el móvil; él intenta hacer que salga algo de frío por las ranuras del aire supuestamente acondicionado. Sin éxito.

Tras las ventanillas, siguen desfilando más ruinas de kasbahs, más minaretes, más pueblos y más gentes  mirando pasar los coches o saludando el paso de los mismos.

Tres españolas  charlan quizá demasiado animadas, se mueven quizá con demasiado ruido,  ríen quizá demasiado alto.

En el Valle de las Rosas las flores han sido recogidas hace un par de meses, pero el cauce del río aún tiene un hilo de agua que, aunque  no es suficiente para reflejar la imagen de la fortaleza de Kelaa M´gouna, sí lo es para que las mujeres laven la ropa y los niños encuentren alivio para el calor agobiante.

Una madre e hija alemanas de ascendencia marroquí,  que descubren en cada visita al país de sus raíces que aquí no son de aquí y allí en Berlín tampoco son del todo de allí.

Palmerales, como el de Skoura,  que asombrosamente surgen como inesperadas lenguas verdes, refrescantes oasis para la vista.

Dos primas libanesas de buena familia que cuando acabe este viaje se irán a pasar sus vacaciones a  Benicassim, y cambiarán la furgoneta por el velero de papá.

El Dades,  encajonado  en un paisaje árido y desértico, es escoltado por una franja de vegetación en sus orillas, hasta  que el valle se cierra bruscamente  y sus paredes se transforman en  gargantas. Enormes bloques verticales  de caliza cortada a cuchillo. La llegada a este paraje grandioso coincide con la caída de la tarde; caen también la luz, en tonos azulados, malvas y rojos, y el calor, que se retira envuelto en sombras.

El hotelito situado al pie de un acantilado imponente y frente a otro igual de impresionante, en un paso estrecho del río, es sencillo en grado superlativo. Pero hay una cama, una ducha y un delicioso  tajine de pollo y verduras para cenar. Después del  postre, camarero, recepcionista y cocinero se transforman en músicos y ofrecen a sus huéspedes, en la azotea cubierta con mantas y alfombras, un concierto con instrumentos bereberes. El cielo estrellado, la música y las risas. El silencio que rodea todo aplaude al acabar el recital.

Nuevo día, nueva sucesión de  valles, cada uno con su especialidad vegetal: higos, palmeras,  adelfas, olivos…, nuevas curvas y nuevos asombros.

Una alemana, siempre sonriente, se comunica hablando seis idiomas y uno más: el de sus ojos muy abiertos de mirada expresiva y acogedora.

Un abuelo magro de carnes y rico en sabiduría es el guía en el palmeral de Tinghir, también poblado de frutales (higueras, manzanos, granados, melocotoneros…) y parcelas de alfalfa. Por sus senderos sombreados  las mujeres  arrean a los burros cargados de fardos. En un rincón, aparece  la vista de  una kasbah  abandonada; la vegetación y las ruinas enmarcadas en la tranquilidad del vergel.

Una japonesa, delicada crisálida oriental, que susurra más que habla. Cada frase, un aforismo; cada palabra, un enigma.

Las Gargantas del Todra  surgen de improviso y espectaculares. Unas formaciones rocosas que son la puerta al Alto Atlas y dan de beber al vasto palmeral que se asienta en el cauce del río y se extiende durante unos 30 kilómetros de longitud y una media de 1 kilómetro de ancho. Los acantilados alcanzan los 300 metros de altura. Al llegar  a los últimos  metros de cañón muchos turistas y muchas familias con niños disfrutan del agua fría y limpísima en un caudal escaso pero reconfortante. Dicen que en invierno el río baja atronador y que en primavera se desborda  a menudo dejando al retirarse fertilidad y abundancia de cosechas.

Otra pareja de estadounidenses, discreta y callada, casi invisible, pasa desapercibida en los asientos traseros. 

El calor aumenta y aumenta. La vegetación ha desaparecido. El desierto está próximo.

En medio de una recta sin fin, el conductor aparca y ahí está Chez KIKI (sic), un restaurante que, además de un menú reparador, ofrece una visión surrealista: una enorme piscina como trasplantada desde un complejo hotelero caribeño. Un espejismo incongruente y sin embargo real. Imposible resistirse al baño entre el kafta y el postre. Y otro antes del té. Y otro más antes de emprender ruta. El momento disparatado del viaje.

Dos húngaras indescifrables que parecen entender las relaciones sociales como de dirección unívoca y basada en las miradas desdeñosas que dirigen a sus compañeros de viaje.

Merzouga es el nombre de un pequeño pueblo no lejos de la frontera con Argelia que da nombre a las dunas que se extienden sobre  algo más de 100 kilómetros cuadrados. Es un “erg” o campo de dunas fijas cuya arena en superficie es desplazada por el viento constantemente; las más altas alcanzan los 150 metros de altura.

Se abandona la carretera y unos cientos de metros más adelante aguardan pacientemente echados los dromedarios. Solo se levantan cuando  no les queda más remedio, ya con sus jinetes encima.

Se adentran con paso aburrido en el mar naranja que se pierde hasta donde la vista no alcanza, un paisaje que cambia con la luz del sol poniente y tímido, entre nubes y calima lejanas. La recua avanza y se hace el silencio. Solo el sonido de las pisadas de los animales  y solo a la vista llamaradas de arena y cielo. La nada inabarcable.

Casi dos horas de lento traqueteo hasta llegar al campamento, formado por un círculo de seis tiendas  que rodean un poste con una bombilla colgando, situado entre dunas altas, muy altas.

Baja el sol a medida que los falsos bereberes, pañuelo torpemente anudado  en la cabeza, ascienden la que tienen más cerca, no sin esfuerzo. El atardecer  esquiva las fotos tras las nubes del horizonte. No importa, la vista es sobrecogedora y la silueta a lo lejos de alguna otra caravana de turistas no le resta grandeza al momento. Nadie habla. Cada uno busca su espacio de aislamiento en un lugar  que no puede ser más abierto, menos íntimo. El Sahara misterioso de nombre redundante.

Todos cenan tajine y sandía. Es noche cerrada.

Españolas y estadounidenses sacan los colchoncillos de las tiendas y los arrastran hasta un lugar más fresco, fuera de la hondonada donde está el campamento. Rodeados de la oscuridad a ras de suelo, arriba están las estrellas, y Venus, y Júpiter, y Casiopea, y demás habitantes celestes mirándolos y asombrándose del asombro que causa mirarlos. Dormir y despertar, abrir los ojos y ver recortarse los perfiles de los dromedarios –a veces echados, a veces de pie, siempre rumiando- con la tenue luz que llega de la luna creciente.

Nadie queda indiferente tras una noche en la soledad de esta tierra de nadie sensorial. Una experiencia iniciática, un periplo hacia uno mismo y una posibilidad de descubrir al otro, al que se abre y se deja conquistar. Una odisea no muy homérica, no muy épica… pero increíblemente plena.

Aún no ha amanecido cuando hay que volver a las monturas,  con ojos de sueño y absorbiendo la experiencia  de la noche al raso  y de la luz creciendo al ritmo que crece la hilera de huellas en la arena, duna arriba, duna abajo. Se empiezan a perfilar las líneas de las montañas de arena, comienzan a aparecer sombras y a cambiar los tonos. Va quedando atrás el desierto que hay que aprender a amar ya que “al principio es solo vacío y silencio; no se abre a transitorios amantes”. Son palabras de Saint- Exupéry, que a punto estuvo de morir en él.

En el tedioso trayecto hacia la civilización, valles, pueblos rojos, gentes viviendo, ropa secándose, kasbahs, montañas, pueblos marrones, palabras escritas en árabe y símbolos bereberes trazados con piedras blancas en las laderas de las colinas.

Sube a la furgoneta un chico altísimo y alegre que se esfuerza en  dar a conocer su país, definiéndose a sí mismo como un raro ejemplar de búlgaro viajero. 

El alto de Tichka, a 2260 metros, es el punto de mayor altitud en las doce horas de carretera con sobresaltos  inherentes al estado de la misma y al modo de conducir del lugar, con risas  y siestas, con sueño y dolor de espalda, con sudor y con conversaciones profundas,

El grupo llega a Marrakech. Algunos ( y ya  tienen nombre, y no solo cara o nacionalidad; y ya son Mayu, Carmen, Usra, Chus, Siam, Ivan …),  comparten esa noche los sabores y los aromas de  la harira con dátiles, la carne con salsa, las aceitunas y el tomate rallado  en la incomparable plaza Jemaa el Fna . Entre el gentío vociferante  la torre de Babel –alemán, japonés, inglés, francés, español, búlgaro- encaja sus ladrillos y sube, junto con el humo que sale de las brasas y los fogones,  hasta el cielo iluminado desde abajo por los cientos de bombillas de los puestos de comida.

Viajar no es solo moverse.

Es partir de una manera y llegar convertido en otro.

Es hacer del camino lo imprescindible.

Es convertir al silencio en un amigo.

Es sentir lo invisible y no verbalizar lo visible.

Fundido a negro.

The End.

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