Al Rey de los Ángeles. Ramón Loureiro
Al Rey de los Ángeles. Ramón Loureiro.
Hércules de Ediciones. Precio: 16,50 euros.

Galicia es lluvia, niebla, meigas y Galicia es magia y escritores que manejan muy bien los resortes de lo imaginario.

En Galicia puede pasar de todo. Incluso que los Reyes Magos vengan de verdad y nos inviten a viajar en su carroza.

Uno de estos escritores, presos  del encantamiento de la palabra, como otrora lo fueron Álvaro Cunqueiro, Carlos Casares o Gonzalo Torrente Ballester y lo son Manuel Rivas o Ramón Pernas, es Ramón Loureiro. No piensen mal; en Galicia hay muchos Loureiros (quizá por mor del árbol del laurel, rey de los árboles de altura) y algunos se exportan a otros lugares. Ramón Loureiro es el forjador de la Tierra de Escandoi, situada por su imaginario al norte de Galicia (él es de Sillobre, así que por ahí anda la cosa) y es capaz de resucitar a los muertos, convertir los sueños en realidad, encontrar libros imposibles como el Quijote y llevar a cabo un viaje verdadero en la carroza de los Reyes Magos –amigos suyos- al encuentro con el Rey de los Ángeles.

Ya teníamos pruebas de ello en sus libros anteriores; pero quizá sea este último el que describa con mayor precisión ciertas peculiaridades de los gallegos de buena cuña. Yo, que tengo tres cuartos de gallego, tardé en entender que la no tan antigua impresión que daban los gallegos de que “nunca se sabía si subían o bajaban” era un juego producto de su perspicacia y habilidad para manejar las situaciones, que, a su vez, les permitía despegar del suelo y al mismo tiempo mantener los pies en tierra firme. Si hacemos un inciso sobre las brujas, que tanta guerra le dieron a la “Santa Inquisición”, respecto al recuento de torturas y hogueras. Galicia, “na terra das meigas”, fue el lugar donde menos intervino la Inquisición y menos hogueras se encendieron para purificar a las culpables de herejía. En Galicia las escobas vuelan y viajan a través de los tiempos; pero no dejan de barrer el suelo.

En la bella novela de Ramón Loureiro, con capítulos que devienen relatos, aforismos, poesía, hay brujas que vigilan, obispos, niebla y lluvia, paisajes que duplican el colorido de los libros infantiles donde también hay brujas y princesas (espejito espejito) y Reyes y Reyes Magos en un espacio donde el tiempo es susceptible de moldearse al gusto del lector, donde la capacidad de soñar es necesaria para el espíritu y el cuerpo, donde creer en esos sueños sitúa la temida madurez en el territorio de la infancia.

Abrir “Al Rey de los Ángeles” es  entrar en el territorio del encantamiento ilustrado; el dibujo está en el perfil de las palabras, en la intensidad de lo poético, en la cantidad de ilusión que pongamos en la aventura. Porque el viaje  que nos disponemos a emprender no bien crucemos la línea del juicio es una doble aventura: por una parte, somos niños que esperamos despiertos a sus Majestades de Oriente la noche de Adviento y, por otra, adultos que viajamos en la carroza de los Reyes Magos al encuentro de esos mismos niños, que lo éramos.

Al mismo tiempo, no se desentiende de lo que ocurre en la realidad más grosera y lo denuncia y lo salpica de esquirlas de esperanza. Los Reyes Magos no pueden arreglar lo que pasa en el mundo donde los sueños se tiñen de sangre y violencia (guerras, muerte, asesinatos, genocidios, corrupción…). Ellos nos traen la ilusión de que las cosas cambien, el sueño de que ya han cambiado y la confianza en que cambiarán algún día.

Entre tanto, viajemos en la carroza de los reyes magos y volvamos a ser ingenuos; un buen paso para alcanzar la felicidad.

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