Verde era entonces la Transición española, el miedo, la semilibertad y caminos que se recorrerán encadenando, una tras otra, aventuras de estirpe cervantina.

Novela de aprendizaje, de carretera con su propia banda sonora y aventura cervantina, con algunos toques de realismo mágico.

Año de 1977. Comienzos de la Transición y un joven madrileño se lanza a caminar mundo. Está cojo e irá con su tío a vender pasta italiana por los poblachones manchegos en un coche recién estrenado: un Seat 131 verde esmeralda. Verde es entonces la democracia española, el miedo, la semilibertad y los caminos que recorrerán encadenando, una tras otra, aventuras de estirpe cervantina. Alegres unas, la mayoría amargas, igual que lo es la vida. Por esa España de gasolineras nuevas y castillos en ruinas, por los cruces inútiles de La Mancha o sentados en el banco de un pueblo que da al campo, un hombre desventurado y su sobrino de alma prematura, adolescente, por hacer, revivirán, «borrachos de un mismo trago», el espíritu de don Quijote y Sancho.

 

Verde. Luis Foronda. Juancaballos de novela. Precio: 20 €.
Verde. Luis Foronda.
Juancaballos de novela. Precio: 20 €.

Tercera novela de Luis Foronda, Verde es un retrato de época y una madeja de historias que nos van llevando a otras al tirar del hilo de las páginas que nos relatan los casi increíbles episodios que protagonizarán estos reyes del macarrón. Aventuras rurales, conversaciones sobre el albarán y el mundo, episodios de final desgraciado o dichoso salpican un relato con el deseo de ser libres como telón de fondo. Salvador Compán ha comentado que «la escritura de Luis Foronda se suma, sigue de un modo contenido, a autores del realismo mágico en la línea de Cunqueiro, Juan Rulfo o Italo Calvino». No le falta razón, pues en el continuo retablo de maravillas que es Verde el autor ha aderezado la narración con algún que otro suceso mágico y algunas enormidades al alcance de la mano, componiendo un catálogo de personalidades curiosas, desde un tendero imitador de Manolo Escobar, pasando por Benjamín Presente y su peluquín rubio, que le llena la tienda de clientas que acuden a contemplarlo como a un fenómeno, hasta las dos niñas ciegas de Montiel e incluso la estatua de la alegoría de España de la madrileña Puerta de Toledo, que se pasea por las calles entablando lúcidas conversaciones con los personajes. En la historia de inspiración quijotesca que se nos ofrece, estas limaduras de realismo mágico conforman, junto a una sensibilidad para el relato del tiempo semejante a la de Juan Marse, un cóctel perfecto.

Dentro de la tradición elegida por Luis Foronda para armar el cañamazo de su novela —esqueleto cervantino y encarnadura contemporánea—, hay que destacar muy mucho tanto el oído del novelista para los diálogos como, sobre todo, la calidad de su escritura. Muestra una sensibilidad exquisita con el lenguaje y potencia de ensoñación, ese don para meter al lector en la narración y suspender temporalmente su incredulidad. Hable de los discursos del presidente Suárez, del ruido de sables o de los silencios fruncidos del adolescente ayudante vendedor de espaguetis, nos hace percibir en la inmensidad en blanco y negro del océano manchego constantemente «la maravilla de los olores a granel» que adornan su prosa en las conversaciones de rebotica con los dependientes de tiendas al por menor de las abacerías con misterio dentro, en las confidencias amistosas con palabras que nadie pesa ni las cobra. Lirismo envuelto en papel de estraza. De una efectividad asombrosa acaso por aquello que dijo uno de los maestros bajo cuya inspiración nace el libro, en El amante liberal: «Lo que se sabe sentir se sabe decir».

Novela de aprendizaje, de carretera con su propia banda sonora —una casete de Nino Bravo que aguarda en la guantera del 131 para rellenar silencios— y aventura cervantina, con algunos toques de realismo mágico de llanura, todo ello junto para retratar esa etapa en que todo un país descubrió sus deseos de vivir por fin a cielo descubierto, la Transición. Uno de esos libros que nos enriquecen, en vocabulario y vida, porque las experiencias que narra son colectivas, pertenecen a una generación como viejas canciones conocidas, que uno nunca se cansa de escuchar en el camino.

 

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