“Era muy pulido, y limpio a maravilla”, aficionado a la música, iba al tlachtli, se reía cuando Alvarado le hacía trampas, elegía a diario guisos de un bufé de treinta platillos y se fumaba un canuto antes de adormirse”

 

Muchos años después de entrar con Cortés en Tenochtitlan, hace ahora 500 años, uno de aquellos cuatrocientos soldados escribió La historia verdadera de la conquista de México. 

La acabó  el 28 de febrero de 1568, cuando era un anciano de ochenta y cuatro años, y de soldado pobretón “que no tenía nada que perder” había pasado a ser regidor de Guatemala y encomendero de dos pueblos que sumaban 1.600 casas y 3.000 indios.

“Escribo con palabras groseras”, dice, “porque no soy latino”, pero no hay razón más elegante que la verdad.

Quiere contar los “hechos hazañosos” de la conquista —y “¡tantas cosas nunca vistas, ni siquiera soñadas!”— y corregir al docto historiador Francisco López de Gómara, que sin salir de España había perpetrado una crónica llena de disparates, “untado” por Cortés.

Lámina del códice Laud, La música y la danza estaban presente en fiestas, antes y después de las batallas y en bodas, nacimientos, defunciones y sacrificios humanos

El verdadero historiador es él, Bernal Díaz del Castillo, porque no hablaba de oídas: había peleado en 119 escaramuzas y feroces batallas contra indios bravosos, sufrido muchas heridas y por dos veces engarrafado por guerreros mexicanos para subirlo a lo alto de la pirámide, sacarle el corazón en ofrenda al dios Huichilobos y comerle brazos y piernas. En el cap. XIC Bernal relata con detalle las aficiones y placeres del gran Moctezuma, al que trató muy de cerca (recibió de él una india hermosa para esclava sexual) y cuya muerte lloró “como si hubiese sido mi padre”.  

Placeres de rey

Lo primero, el placer del aseo personal. El huey tlatoani era muy pulido, y limpio a maravilla. Se bañaba a diario por la tarde, en un temazcal o sauna, quizás. Otro soldado que entró en México con Cortés, Andrés de Tapia, dice, asombrado, que se bañaba ¡dos veces! al día, y que nunca se ponía el mismo riquísimo vestido. Calzaba sandalias que llaman cotaras, con suela de oro y correas con piedras preciosas. El mismo decoro exigía alrededor, pero marcando distancias: en las audiencias los caciques trocaban sus vestidos por ropas de poca valía, pero muy limpias. “Señor, mi señor, mi gran señor”, decían, acercándose descalzos, con la cabeza gacha, sin mirarle a la cara, que fuera gran desacato. Las maneras corteses de Moctezuma eran tan exquisitas que debió soportar sin taparse la nariz el olor a mofeta de los soldados españoles, faltos de agua y jabón y con ropas viejas y resudadas bajo la férrea armadura.

“Oí decir que le solían guisar carnes de muchachos de poca edad» a
Moctezuma, dice Bernal Díaz. “Les sacaban el corazón bullendo y lo
ofrecían a sus ídolos” (H. Cortés). Códice Tovar, s. XVI

Disfrutaba Moctezuma con el juego de pelota, la música y las danzas palaciegas. A veces iba al tlachtli, un trinquete donde los futbolistas golpeaban la dura pelota de caucho con rodillas, antebrazos, caderas o nalgas hasta embocarla en un agujero de piedra. ¡Goool! Le gustaba ver a sus cortesanos apostar las pestañas al patolitli, un juego como de dados, pero con habas. Cuando Cortés lo metió preso, jugaba con él partidas al totoloque para entretenerle. El totoloque era un juego infantil, como el tejo o la rayuela, (el chito Colombiano, el sambori de Valencia, el castro en Asturias). Eso sí, las piezas eran de oro. También Pedro de Alvarado jugaba con él y cuando hacía trampas, Moctezuma se reía. ¡Hacerle trampas a él un teul bruto y maloliente!

Los placeres de la carne. Tenía dos grandísimas cacicas por esposas legítimas, y usaba de ellas muy en secreto, pero sus “amigas” eran muchísimas, todas hijas de grandes señores. Gómara recoge el chisme de que una vez tuvo ciento cincuenta preñadas a la vez, que por “persuasión del diablo” abortaban. En cuanto a sodomías Moctezuma era “muy limpio

Primer encuentro de la Malinche (luego “doña Marina”) con Hernán Cortés. Códice Durán, s. XVI y Hernán Cortés. Códice de Tlaxcala

A la mesa

No hay nada como la olla, decía el dómine Cabra ante un caldillo aguachirle con un garbanzo flotante. No era el caso de Moctezuma Xocoyotzin. Un ejército de cocineros le guisaban, a diario, una treintena de platos. Los guisos de carne eran de gallina, pato, faisán, perdiz, palomos, pajaritos de caña, perrillos castrados, liebre, conejo, puerco, venado. Había pescados, y guarnición de esquites de elote tierno, jilotes cocidos, quelites, nopales, huauzontles, aguacates, jitomate… Todo estaba en escudillas de barro rojo o negro de Cholula colocadas sobre sendos braseros chicos para que no se enfriasen. A veces el tlatoani pasaba ante el bufé y escuchaba a su mayordomo.

—Señor, gran señor, para abrir boca el chef le recomienda hoy escamoles (larvas de hormigas) y gusanitos tostados de maguey, luego quesadillas de huitlacoche, guisado de faisán con su guarnición de cuitlacoche y mole de guajalote con salsa de chile guajillo.

Un menú largo, como en los restaurantes de tres estrellas Michelín. Desde que Cortés le reprendió, ya no comía carne humana.

En el aposento, caldeado en invierno con leños que no dan humo y cortezas olorosas, el gran Moctezuma se sienta en un banquillo bajo de cuatro patas con almohadilla blanda ante una mesita también baja con un albo mantel. Tres muchachas muy hermosas se acercan, una le da agua a las manos de un aguamanil de oro, otra la recoge en una jofaina y la tercera le tiende la toallita  blanca de algodón. Luego dos muchachas le traen las tortillas calentitas y muy  blancas envueltas en albos paños. Come solo y en silencio. Ni un ruido, ni un rumor en la sala.  Cuatro lindas mujeres y cuatro viejos caciques esperan de pie tras una mampara pintada de oro.

—Señor, gran señor, ¿queréis fruta?

Señores mexicas, fumando. Códice florentino (s. XVI)

No es muy frutero. Pero le priva el chocolate.  Yo vi, dice Bernal Díaz, llevarle cincuenta jarros grandes de buen cacao con su espuma. El cacao es afrodisíaco, “bueno para tener acceso a mujeres”.  A veces, mientras come, quiere oír música. Y en el vasto aposento suenan zampoñas, flautas, sonajas, caracolas, huesos y tambores pequeños. En ocasiones le distraen con sus gracias bufones y enanos chocarreros.

El gran tlatoani –“de rostro largo y alegre”— ha terminado de comer. Ahora le traen una charola (bandeja) de plata con tres canutos muy pintados de liquidámbar y “yerbas que llaman tabaco”. Toma a gusto el humo (de ¿marihuana?), y poquito a poco se aduerme.

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