El infortunio del señor Seniergues.	 Miguel d´Ors. Renacimiento.  Precio: 11,90 €.
El infortunio del señor Seniergues. Miguel d´Ors.
Renacimiento. Precio: 11,90 €.

Esta es la historia de una expedición científica semejante a la que realizaría Darwin en el Beagle un siglo después.

El objetivo era obtener la medición correcta de un arco del meridiano terrestre, necesaria para realizar una navegación ultramarina con garantías.

En este caso, sus intereses no son biológicos sino geodésicos: obtener la medición correcta de un arco del meridiano terrestre, necesaria para realizar una navegación ultramarina con garantías. Era una vieja controversia que venía desde los griegos y que en el siglo XVIII se había recrudecido: de un lado, los académicos cartesianos que sostenían que la Tierra estaba elongada en los polos; del otro, quienes, basándose en la ley de gravitación universal de Newton, afirmaban que su contorno se achataba en ellos. Más allá de la polémica entre científicos franceses e ingleses por la forma del planeta, no era un asunto menor, pues de él dependía el cálculo de sus dimensiones reales para circunnavegarlo.

Con el propósito de resolverlo de una vez por todas, el monarca galo Luis XV autorizó a la Real Academia de París poner en marcha dos expediciones; una para medir el círculo polar y otra para la línea equinoccial. La primera partió hacia la Laponia sueca y la segunda lo haría hacia Quito, Virreinato del Perú, bajo la corona española, en 1735. El rey Felipe IV, concediendo pasaportes y cartas, pero no sin recelos, impondría que a la expedición se unieran dos jóvenes marinos y científicos españoles: el alicantino Jorge Juan y el andaluz Antonio de Ulloa, quienes al alimón redactarían posteriormente el preterido informe «Noticias secretas de América». A bordo del mercante que partió de La Rochelle en misión científica iban astrónomos, geómetras, químicos, naturalistas y un dibujante. Por la naturaleza de las observaciones y mediciones que tenían que realizar, que les obligaban a permanecer durante horas en un mismo lugar, los aborígenes sudamericanos los bautizaron como «los caballeros del punto fijo». Con ellos, como cirujano, iba el desventurado Jean Serniegues.

La intriga que nos cuenta El infortunio del señor Serniegues, primera incursión narrativa de ficción de Miguel d´Ors, parte de unos hechos conocidos e irresueltos, que todavía resuenan en la historia de la ciudad peruana de Cuenca, donde sucedieron, generando novelas como pueden ser La Cusinga de César Hermida o El proceso de las estrellas de Florence Trystam. Un presunto asunto de faldas que desata un día de barbarie en la timorata y suspicaz sociedad cuencana contra los científicos franceses terminará con el asesinato del doctor galo. Entremedias, viajes, experimentos, ciudades, referencias minuciosas de vestidos, comidas y costumbres de la época, en un amplio laboreo de documentación por parte del autor, que incluye la literatura dieciochesca, informes médicos y hasta un apócrifo pliego de cordel, «otra sarta de infamias en el lenguaje igualmente infame de estos romances con que el vulgo se entretiene en las esquinas».

Más allá de la anécdota, entreverada de invención allí donde no llegan los datos, lo más interesante resulta el punto de vista desde el que se nos da cuenta de los acontecimientos. El narrador de esta aventura es el viejo criado —ahora, cincuenta años después, tenedor de libros— de uno de los sabios destacados al Perú para medir el meridiano. En un guiño hacia el Lazarillo —no son pocos los que salpican aquí y allá la prosa—, es un cronista falsamente desmemoriado que se muestra orgulloso de sus recuerdos y vivencias, dueño de una mala memoria prodigiosa en detalles, que refiere a un heredero del señor Serniegues el motín que llevó a su deceso. Los desvíos y digresiones que se suceden en ese informe oral, que llega hasta después del tornaviaje, acaso sean los momentos más deliciosos para el lector.

Además, la novela histórica que es El infortunio del señor Seniergues le sirve a Miguel d´Ors para sacar a la palestra conflictos sempiternos de la condición humana, como la inmersión intercultural, naturaleza y civilización —selva y jardines citadinos— y, sobre todo, ilustración y oscurantismo. En el desarrollo de la acción quedan muy claramente reflejados valores y defectos: la inocencia de la razón y la culpa de la barbarie que incluso doblega a la Justicia por el interés privado. Reacio al progreso por pura ignorancia, queda retratado «el fanatismo del vulgo español y la culpa que en él tenían los eclesiásticos».

Del parlamento del antiguo siervo y librero, un muchacho analfabeto en el momento de emprender el viaje ultramarino y, al final de su vida, letrado y culto a base de lecturas deshilvanadas surgidas al calor del contacto con los sabios con que convivió durante la aventura científica, nos queda una doble sensación: una intensa de réquiem por todos los que han ido muriendo, dejando al librero como único testigo de unas andanzas que cuenta para que no se pierdan o, peor, se trasmitan incorrectamente; y una sutil y poética reivindicación de la importancia de la cultura, hecha carne en él mismo.

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