Yo escribo la noche. Pilar Blanco Díaz. Precio: 12€.
Yo escribo la noche. Pilar Blanco Díaz.
Precio: 12€.

La noche del desengaño, la interminable noche del dolor es difícil escribirla, no acierta el pulso a abordarla con verdad.

Este libro es una larga despedida, un canto nocturno a los ausentes.

Escribir la noche aquí es bajar a los abismos del llanto y ver lo que allí hay para entender lo que pasó y, entonces, buscar un atisbo de luz, un mínimo desaguadero por el que llegar a un riachuelo de vida.

Un poema, a poco que te acompañe el estilo, puede ser la vía para, con mucho tiento, desaguar el alma, pero para conjurar el miedo, enterrar el olvido y dar salida al dolor se necesita un libro en el que programar una suerte de oficio de tinieblas que, como el Responso de tinieblas de Carlo Gesualdo, eleve el vuelo, lejos de todo patetismo, lejos de todo, solo palabras en vuelo libre y con sentido. Es lo que hace Pilar Blanco en Yo escribo la noche, descender a la oscuridad en busca de los ausentes y describir esa herida. El resultado son poemas con vocación de nido y de vuelo y algunos consiguen considerable altura.

Tres partes, de 16, 17 y 18 poemas respectivamente, más uno inicial, a modo de umbral, ofrece el libro. Encontramos en él poemas muy cortos y otros con vocación de río, amazónicos y avasalladores en su empuje. Abundan estos últimos, alguno extraordinario, y bien pareciera que la poeta se tomara un descanso y lo combinara con otro corto, después del arduo trabajo de conducir por buen lecho el caudaloso brío de alguno de estos Misisipis.

“Vértigo celeste”, de tan solo cuatro versos con ese aire de canción popular, es un magnífico poema amoroso que merece el arranque de un libro. La comparación es de una plasticidad soberana y el lector lo espera todo después de estos alados versos.

La entrega amorosa y su luz la encontramos en poemas como “Si ardiéramos un día” y “A tal pureza”. La primera parte viene a significar el nacimiento al amor, esa luz cegadora para un corazón limpio. De toda la maraña de sonidos del lenguaje y sus laberintos la poeta elige la palabra “amor” y, a pesar del engaño, cierra el poema “Pulmones y sal” con este extraordinario alejandrino: “¡qué devastación dulce fue naufragar en ella!”.

El amor, como dos fuerzas que construyen un lenguaje común para completarse, está en “Leer lenguas”. Tanto eleva el vuelo, a veces, esta música que adquiere un aire místico. Late la concepción del amor como entrega hacia una luz mayor, más poderosa. En “Marca de espada” y “Brasa” nos sorprende este vuelo: “El herido se pliega, se reencuentra en la herida; / bebe la luz del pozo hasta el caudal del fango”, dice en el primero. El segundo concluye con estos cuatro versos: “Brasas, piso brasas. / Algún día, fundida, alentaré en la brasa. / Ahora, atravesada del amor y la herida, / solo sé arder”. La identificación de la fuerza del amor con una luz poderosa y especial está en títulos como “El resplandor”, “Brasa”, “La demasiada luz” y “De donde huyó la luz”. En este último, todo ello tiene que ver con la apertura, el desbloqueo de las ventanas del miedo hacia la luz amorosa, o, por el contrario, de su huida, del amor más allá de toda muerte: “Y allí estaba / tendido como un niño desnudo / … / Allí, / adonde van los cuerpos que perdieron las almas / … / Donde los besos tienden al sol las escamas de sus labios fruncidos, / de las palabras hechas cristal, hechas filo cobarde. / Ahí. Del frutal de los nunca. / De donde huyó la luz”. Con la pérdida de la luz desaparece el alfabeto cotidiano y hay que aprender otro lenguaje para andar por la vida en plena desnudez: “Tuve que irme a vivir a otro lenguaje, / que infiltrarme en la piel de otro alfabeto, / … / y arrancarme el ayer como quien tala un árbol / … / Tuve que construir la nueva aldea / con pizarra y adobe como dintel del frío.”, dice en “Algo de mí partió”.

La segunda parte es donde encontramos los poemas más densos y desesperanzados, donde se articula la despedida, el desamor y el adiós. El paisaje de lo que fuimos en un momento dado con sus historias es solo eso, un paisaje del pasado que cuesta asumir. “Carta que nunca fue, pero podría” es uno de los mejores poemas del libro. Se trata de una lúcida y muy original carta de despedida, con un tono novedoso y mucha ironía contenida ante una historia grande que terminó siendo nada: “Error de mis errores: / no espero que el silencio haya roto tu escudo / ni hecho valor el miedo, / decisión de la lentísima inercia de los días / hechos a me acabar e consumir. / Y aunque nada es posible / en la rueda del tiempo Semper dolens, / quede al menos constancia en letra viva / y muerte en su sepulcro, quede al menos / carta a los Reyes Magos del pudiera”.

Parodiando el pasaje evangélico de las vírgenes prudentes, velando la noche con su candil, busca en “Doler con alcuza” un camino a seguir, después del abandono. El largo periodo versal hace más penosa la tiniebla.

Escribir sobre el amor ya es en sí un grave atrevimiento, pero escribir poemas sobre el fracaso amoroso convierte el riesgo en un abismo donde la falacia y el patetismo te pueden abocar al despeñadero si no vas bien pertrechado. Logra Pilar Blanco sortear la oscuridad de ese averno, además de por esa ligereza que roza el vuelo, por ir acompañada de autores y colegas a los que trae en abundantes citas, disolviéndolos en esa técnica de la digresión que tan bien domina. Tiene, además, en su haber el sabio uso de la repetición anafórica, en poemas como “Carta magna” que es un hermoso canto a la soledad desesperada que deja la ausencia, a la intemperie de un corazón abandonado a su suerte. O ese otro milagro, “Lo que se escapa”, donde ese verso-río tan suyo, con base en el constante repique inicial, “He venido”, nos va anunciando la pérdida y muerte de todo. Y, también, el uso de la comparación y de una adjetivación portentosas, como encontramos en “Pangea”, donde canta al imposible olvido de un mundo en el que nos sentíamos invencibles. “Cerrando astillas”, el poema más largo, es un recorrido por la geografía de la pena, largo peregrinaje a todas las Baratarias en las que la protagonista fue feliz. Concatenado recorrido que fundamenta su curso en esa yuxtaposición de planos espaciales y temporales que nos llevan al último y primigenio camino, el que conduce hacia uno mismo. El poema que cierra esta segunda parte, “Los dioses ciegos”, es una súplica sostenida en esa repetición anafórica “dime”, que busca refugio en la poesía, ese asilo de desahuciados perdidos en la noche.

La tercera parte, “Ella”, es un canto a la mujer, un canto a sus sueños y derrotas. En “Resistencia” nos dice que quien sabe del dolor sabe hacer alas de sus propios muñones y tiende a la alegría. Pero es en “Mujeres con laúdes de sal” donde se pone al lado de otras mujeres que escribieron su dolor y sus sueños –Frida Kahlo, Emily Dickinson, Virginia Woolf, Ana Ajmatova, Rosalía de Castro, Anne Carson, Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik y Sylvia Plath- y las trae aquí para que su canto cauterice sus heridas.

“La página se ha vuelto un hormiguero” es un maravilloso homenaje a Doris Lessing, a sus cuadernos (su Cuaderno dorado) y a su vida esparcida en ellos: “una mujer con un cuaderno. Al fin es eso. / La escritura es una mujer sola ante un cuaderno / oficiando todos los adioses que pasaron frente a su / ventana. A eso lo llamó vida”. Un reconocimiento y una forma de pacto con las cenizas del pasado es el soberbio “Porque es ceniza y arde”, un recorrido familiar y sentimental a través de los años, esperanzas y derrotas hasta llegar a la luz del ahora.

He dejado para el final el poema “Siempre la Maga”, pues por tono, tema y ejecución es un poema distinto, especial, magnífico. El modelo del personaje cortazariano Lucía, la Maga, esa mujer tan imperfecta que se convierte en la perfección pura, ha sobrepasado los límites de la literatura y se ha especulado si fue Alejandra Pizarnik o Edith Aron, su modelo, pero, fuere quien fuere, lo cierto es que ha saltado de las páginas de Rayuela para convertirse en un personaje de dominio público. La vemos de nuevo en este extraordinario poema encarnando el pájaro dormido del puedeser.

 

Siempre La Maga

                                                                                 De Justo

Aquí La Maga. No podría no serlo.
Porque una elige, cuando la edad la alcanza, su nombre,
su pisada y su hueco en el tapiz del mundo.
La frágil construcción de errores y fortuna que hace su biografía.
Soy La Maga, repito. Y dirijo tu norte. Y señalo tu rumbo.
Yo guío tu deriva
para que cada paso se encamine a encontrarme.
Cruzo los puentes para llegar al centro. Cuando el centro se omite, lo creo para ti.
Pues soy la que buscabas y llegaste a creer que no existía.
Encarno lo que han sido todas las mujeres que te importan.
Soy una y todas, esa:
la que sabe volar.
Soy La Maga, comprende. Me reinvento porque me pertenezco,
y porque sé pertenecerte te reconstruyo.
Soy fibra de tus sueños, hombre que se extravía,
pues solo en mi ficción, tan nubla y cierta, llegas a ser lo que se esconde en ti.
Mujer herida, hiero sin pretenderlo. Mujer de las pérdidas, florezco en el hallazgo.
Mi adormidera mitiga tu dolor. Mi risa campanea en tu garganta
y no sabrías reír si no es con su cristal.
Soy La Maga. Mi mundo no cabe en la ambición de un rey, en el afán de un sabio,
en la necesidad del insaciable.
Mi mundo cabe en un puño cerrado, el que golpea y rompe;
el que luego se abre para mostrar en su palma el pájaro dormido del puedeser.
Mundar mi mundo para alzarlo en planetas, para erguirlo en abrazos.
Y así constituido se limite (se inmense) a dos cuerpos.
En la copa colmada del vivir.
Te saluda La Maga con las manos abiertas. Desde su irrealidad, desde la verdad misma de la literatura, de su glíglico nuestro.
Acaso no haya más que ese deseo. Lo que la edad nos da,
tiza con que marcar hasta dónde el infierno. Hasta qué paraísos.
Desde ellos soy La Maga. Y Beatriz celeste.

Reclínate
                           en
                                             mí.

 

Carta que nunca fue, pero podría

 

                                      Lo que fuimos entonces constituye un paisaje.

                                                                                      Ada Salas 

Error de mi vida:
desespero de que al recibo de la siempre ausente
te encuentres con salud. Yo bien, muchas lágrimas.
Desespero del tiempo que excavó las trincheras que ahora nos desunen,
que afiló la alambrada y electrizó su abrazo,
que volvió venenosas las palabras
y ásperas las caricias
como fotografía inversa de un pasado de luces
y esplendor en la hierba antes de la catástrofe
in haec lachrimarum valle et saecula
et traicioneramente saeculorum
pero no amén,
pero jamás amén, aunque haya sido.
Error de mis errores:
no espero que el silencio haya roto tu escudo
ni hecho valor el miedo,
decisión la lentísima inercia de los días
hechos a me acabar e consumir.
Y aunque nada es posible
en la rueda del tiempo semper dolens,
quede al menos constancia en letra viva
y muerte en su sepulcro, quede al menos
carta a los Reyes Magos del pudiera.

 

Leer lenguas
El hombre es como un huérfano abandonado en su paisaje vacío,
indiferente, contingente, sin padre protector.
(A propósito de Cioran)

Como el ser desvalido
que soy en este hueco de palabras,
universo desnudo donde nada cobija mi intemperie;
como ese ser indigno yo te abrazo,
ato a ti mi orfandad
y protejo la tuya. Así el amor:
dos lenguas que construyen un lenguaje,
dos unos frente a frente cuya fuerza
es su necesidad de completarse.

 

Pilar Blanco

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