Otra aventura en el límite del subteniente de la guardia civil, Bevilacqua, y la brigada Chamorro.

Es difícil entender el mal; sobre todo cuando es indiscriminado y provoca dolor en inocentes. Víctimas podemos ser todos; los verdugos se esconden detrás de razones espurias.

A estas alturas ya se puede afirmar que Lorenzo Silva, autor prolífico en distintos géneros y derivadas de la novela, es un buen anfitrión literario. Siempre tiene la casa preparada por si no anuncias tu visita, te abre la puerta a cualquier hora del día o de la noche, te hace pasar al salón donde acumula un buen montón de lecturas hechas y proliferan las carpetas repletas de documentación y curiosidades, te presenta a sus embajadores más conspicuos, Bevilacqua y Chamorro, te hace sentar y te facilita la lectura del libro que tenga entre manos, a la vez que te habla de Tucidides y el mal de Corcira. El mal en su estado más simple y, al mismo tiempo, más perverso. El mal que causa muerte y dolor; muerte con dolor y dolor por la muerte.

Contrasta, no bien entras y te acomodas, la limpidez del salón con la negrura que esconde. Silva no oculta la mierda debajo de las alfombras sino detrás de las palabras, en las palabras mismas. La realidad no tiene alfombras que la disfracen; sólo máscaras, que, más que ocultar, acaban identificándola. La realidad no es un juego y el escritor, con bastante frecuencia, se encarga de hacérnoslo saber, insistiendo, yendo cada vez más lejos en su intención que, sin duda, busca la clarividencia en su ecuánime acepción.

No fue un juego ETA, ni los empeños policiales en acabar con la banda terrorista. En todos los rincones hay zonas de sombra. Una línea que si se traspasa nadie puede hacerse cargo de lo que ocurra. La realidad es tozuda y caprichosa y suele traer a colación a la memoria. Lorenzo Silva ha conseguido colar a dos personajes ficticios en una realidad que se agranda a medida que los argumentos se suceden. La ficción, entonces, ya no es un recurso, ni un instrumento, sino una parte de esa realidad que busca un resquicio en el pasado, quizá como explicación, quizá como excusa. Somos conscientes de que los personajes de ficción, cuando se los enfrenta a territorios salvajes, echan mano de la memoria que los identifica con una colectividad con objetivos contradictorios. Entonces se convierten en personas reales −en su caso, guardias civiles reales que participan en la resolución de asesinatos y extorsiones y que, también en este caso, no pueden olvidar su paso por la lucha armada contra el terrorismo− que se integran sin aspavientos en el devenir de dicha colectividad. El resultado de esa incursión, lícita, sin lugar a duda, en términos literarios, es ilustrativo. No todo es mentira en los predios de la ficción cuando la realidad es tan imponente y triste y la ficción lo que busca, en definitiva, es hallar la verdad que asiste a esa tristeza que provocan o provocaron los acontecimientos inconcebibles.

Es casi imposible analizar la maldad si no se echa mano de la ficción; aquí la imaginación se sitúa más en el campo de los operativos policiales para investigar sucesos presentes y terribles acontecimientos pasados. El terrorismo marcó la vida de muchas personas, reales, con nombres y apellidos, con emociones y sentimientos, con dolor por las pérdidas, con rabia contra la barbarie que conllevan las ideologías trasnochadas; pero también la de esos personajes que lucharon para erradicar la planta maligna de la violencia. Y los personajes de ficción muy real, como Bevilacqua y Chamorro, tienen un motivo muy especial para buscar que esto no se nos olvide nunca. Sobre todo, el subteniente, que participó en esa lucha y que, después de una carrera policial llena de obstáculos de conciencia, aún no se explica cuál es el origen de esa maldad que provoca tanta violencia y desesperación.

Lorenzo Silva no busca la explicación a la duda de conciencia de su personaje −la guardia civil, la policía, actúan, cumplen órdenes, siguen un protocolo, tienen buenas intenciones, a veces se equivocan o se rinden ante las tentaciones, el poder, el dinero, el escalafón; pero no van más allá aunque eso les pese de por vida−; se refiera a los hechos, una descripción bien documentada de los hechos, también emocional de los hechos porque nadie es ajeno a los sentimientos cuando la violencia campa por sus respetos y, a pesar de la disolución de la banda terrorista, seguirá campando o, al menos, nos quedará ese resquemor. Las ideologías, el sinsentido de la muerte indiscriminada, el odio, no deben sustituir a la generosidad y la empatía consciente de que todos somos distintos.

Las novelas de Lorenzo Silva son buenas anfitrionas y nos conducen sin aspavientos hacía un salón confortable y fácil de transitar; aunque, como en este caso, el camino sea árido y pedregoso. Animo a que entremos en ese salón y, sin que los rincones oscuros nos influencien, nos entreguemos a una lectura sosegada. Merece la pena.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *