Juntos todavía. Yves Bonnefoy.
Sexto Piso. Precio: 23 €.

Yves Bonnefoy es uno de los maestros indiscutibles de la poesía contemporánea, fue un clásico en vida hasta su fallecimiento hace tres años.

La obra de Bonnefoy trata de conciliar el espíritu y la vida, de buscar el instante infinito, en la certeza de que la verdad es lo simple.

A principios de siglo di con Del movimiento e inmovilidad de Douve, su río tutelar, traducido por Carlos Piera y luego Principio y fin de la nieve, traducido por Jesús Munárriz. A partir de entonces he leído cuanto he encontrado de su obra, leído y releído, intentando penetrar en su universo lírico, mejor los días en los que parezco aproximarme a cierta lucidez, con paciencia infinita y resignación los días en que no. Los últimos libros suyos en español que he fatigado con placer han sido El territorio interior y La bufanda roja, ambos, al igual que Juntos todavía, traducido por el poeta mexicano afincado en París Ernesto Kavi, en las limpias y hermosas ediciones de Sexto Piso.

Como La bufanda roja en prosa, bien puede considerarse Juntos todavía un testamento poético y como aquel, destaca su carácter misceláneo, muy heterogéneo: desde un apartado de sonetos que armonizan la música y el recuerdo a una especie de diálogos en el aire en los que no se identifican los interlocutores; desde el bloque que da título al volumen, compuesto por tres poemas largos, visionarios, sobre los que gravitan Kierkegaard o Plotino, de una sencillez difícil, que se escapan como el agua de las manos, aunque sepamos de su pureza, a los textos sobre cuadros de Jacques Truphémus con una coda, también con el motivo del ut pictura poesis, en torno a la pintura de Edward Hopper. Mi parte preferida es la última, de poemas en prosa aparecidos previamente en recuerdos y homenajes, como otras secciones lo hicieron en ediciones artesanales de tirada limitada, a veces de una decena de ejemplares, algo común en la poesía francesa contemporánea. En especial los siete textos finales en los que regresa con nostalgia  a la casa de los veranos de su niñez, su lugar en el mundo, tal vez la de sus abuelos maternos en Toirac (Lot).

La obra de Bonnefoy, tanto en prosa como en verso, trata siempre, a fin de «conciliar el espíritu y la vida», de buscar el instante infinito, en la certeza, además, de que la verdad «es lo simple». Y esta es a mi escaso entender la obligación de todo poeta, que, por añadidura ―recordemos aquello de Jaime Gil de Biedma, «entre las ruinas de mi inteligencia»― debe tratar de recobrar la inocencia perdida y prescindir de la soberbia del conocimiento: «Soñé el saber, debo renunciar a él, debo volver a la divina ignorancia». En todo momento con la plasmación de la belleza del mundo como norte fijo; y así, les dice en un texto a los presos menores de edad de la prisión de Nisidia, cerca de Nápoles: «Y la belleza es amar, es la verdad», con la afirmación de la vida por encima de todo, pese a estar en su final, de suyo doloroso. Lo que no obsta para que, a la vez, su poética responda a la «necesidad insaciable de absoluto», «de seguir creyendo / Que existir tiene un sentido. Aun si / Afuera sólo hay viento y piedra».

En la mejor tradición surrealista, aunque abandonase muy pronto el movimiento de Breton por su alergia a la expresión gratuita, Bonnefoy equipara poesía e inconsciente, «dos impaciencias igualmente obstaculizadas», motivo por el que su escritura siempre me ha parecido como sonámbula, escrita en duermevela, a punto de desvelar algo esencial, lo que se nos escapa en el quicio entre lo soñado y lo vivido. Es la «certidumbre inquieta» con la que principia uno de los poemas, la misma que sus lectores intentamos, seguramente en vano, desentrañar.

 

Y, habiendo vivido ahí,
Cuando vuelvas a salir, que tu obra sea
Mirar el cielo sobre esos árboles,
Después las hojas, verde oscuro. Que de ese banco
Cuyo color se agrieta
El azul oscuro se aproxime un poco al rosa.

Se trata de la vida y de la muerte.
Y de una que venía, graciosamente,
A esta hora de la tarde para leer, una hora,
En ese sillón ligero antes de que cesara
El derecho a no preocuparse por el paso del tiempo.

Una hora, casi una hora. Es como si
Algo, quizá un guante, hubiese caído
De sus rodillas. Y si soñar con ver
Como si, con una mano, hubiese buscado
Distraídamente en la frescura de la hierba.

Lo más lejano
Es lo más próximo. Lo más lejano
En el pasado persigue el instante presente.
Eso se sabe en el color, donde nada cesa.

Yves Bonnefoy

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