Más vale tarde que nunca. Nuestra sonrisa para Paco Brines, poeta, y enhorabuena al Premio Cervantes.

La poesía de Brines refleja la pasión por la vida.

Naranjos, luna y mar de plomo. Una casa grande y solitaria. El lugar: Oliva, provincia de Valencia. No muy lejos, la montaña que se ve desde el balcón, yendo hacia el mar. Aire de jazmines. Un espacio en el que el tiempo parece haberse detenido, desde el que un día se recordaron cuerpos como sombras que una vez fueron fulgor y visita, encarnación de amor urgente o espejismo de ser a veces dos, la dicha del amor. Amantes que se lleva la madrugada, que de cuando en cuando deja entre las manos la moneda de un verso. O de todo un libro. Concretamente siete: Las brasas, Materia narrativa inexacta, Palabras a la oscuridad, Aún no, Insistencias en Luzbel, El otoño de las rosas y La última costa.

Por ellos ha recibido al fin el poeta Francisco Brines el Premio Cervantes, la más alta distinción de la literatura española. Al fin porque durante los últimos años ha sido el candidato de la poesía, la incomprensible ausencia en un galardón institucional a toda una carrera literaria cuyo formato y trayectoria bastantes veces se ha calificado como disparate. Un historial de leyes no escritas, componendas para evitar desplantes y paradojas contra las que a la altura de 2015 ya clamó Juan Bonilla en un artículo donde proponía algunas ideas para mejorar el premio. En este interminable año de pandemia y circunstancia, al fin el Cervantes se ha premiado con la obra de Francisco Brines, ya habitante de instantes que le extrañan, a sus 88 años.

En el relato con el que la historia de la literatura distribuye en vagones el trayecto del tren de la poesía por su tiempo, Brines comparte asiento con la generación del 50. Claudio Rodríguez, Jaime Gil de Biedma, Ángel González, José Ángel Valente, Carlos Sahagún o José Agustín Goytisolo son algunos de esos compañeros de viaje junto a los cuales dejaron atrás la poesía social sin por ello dejar de estar preocupados por su época. Fue un abrir ventanas, dejar que entraran otros aires, poner la mirada sobre otras literaturas y sobre algunas partes de la propia que estaban en sombra. Cada uno lo hizo a su manera, claro, pero como «grupo» tuvieron un influjo indiscutible sobre los poetas posteriores a ellos. Bien por reacción, como sucedió con los Novísimos, bien por asunción de su magisterio, como en los poetas de los setenta y ochenta, llegando hasta la actualidad.

La obra de Francisco Brines pone el acento en la elegía, en el canto de la vida que se gasta, en «el secreto entusiasmo de haber sido». Por eso, es tremendamente sensorial, mediterránea, vitalista. Vivencial y metafísica al tiempo. En Escritos sobre poesía española (De Pedro Salinas a Carlos Bousoño), además de escribir el que sea uno de los análisis más certeros sobre Luis Cernuda, nos dejó unas líneas que pueden servir para explicar su poética: «Estimo particularmente, como poeta y lector, aquella poesía que se ejercita con afán de conocimiento, y aquella que hace revivir la pasión de la vida. La primera nos hace más lúcidos, la segunda más intensos». Comentando la obra de Ramón Gaya, le alababa algo que también puede servir para él mismo, al hablar de la importancia del despojamiento formal, «el transparentar», algo que —no nos referimos especialmente a los convencionalismos morales que le obligaron a autocensurarse durante el franquismo— se aprecia muy bien en los poemas en que el amor se convierte en voz que se reivindica como condición imprescindible de la existencia. «Un ser en orden crecía junto a mí, / y mi desorden serenaba. / Amé su limitada perfección».

El legado de Brines abarca todo eso y también otras muchas cosas: desde poemas que se vuelcan sobre la infancia, el recuerdo familiar, la «impura adolescencia», hasta una naturaleza contemplativa que ha fijado en imágenes memorables, como ese firmamento observado desde su ventana que se trasmuta en el verso en el «panal callado y bullicioso de los astros». En otro de sus poemas afirma: «la intensidad del campo hace feliz la vida». Quizá por esa corriente celebratoria que corre bajo la corriente principal de la elegía, Juan Marqués ha sostenido una idea interesante: dentro de «promociones de poetas abatidos, desesperados, errantes», con «una clara (y comprensible) ausencia de felicidad», la obra de Francisco Brines enfoca «la parte luminosa de la realidad». Así pueden leerse incluso los poemas de sus dos últimos libros, que afrontan la madurez como el camino hacia la última costa y la supervivencia como un regalo o propina del tiempo, como el que abre El otoño de las rosas: «Vives ya en la estación del tiempo rezagado; / lo has llamado el otoño de las rosas. / Aspíralas y enciéndete. Y escucha, / cuando el cielo se apague, el silencio del mundo».

Vino, rosas, años robados. Seis palomas que hacen hermosa a una palmera. Un anciano que sale al balcón acompañado de sus familiares y brinda con una copa de champán mientras le fotografían para los periódicos. Le dicen que le han dado el Cervantes o que el Cervantes se ha premiado a sí mismo con su nombre. Él habita en la existencia que no es ya vida ni es muerte todavía, caminando hacia la «luz rencorosa y extraña». Más vale tarde que nunca. Sonríe con el corazón del niño que fue hace tanto tiempo.

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