En casi cincuenta años (entre 1948 y 1999) Delibes dio a la imprenta cerca de veinte novelas entre La sombra del ciprés es alargada y El hereje, además de una multitud de libros misceláneos.

El sentimiento de orfandad es muy común en la obra de Delibes; siempre repleta de marginados y perdedores.

Casi cincuenta años redondos separan la primera novela de Miguel Delibes, La sombra del ciprés es alargada (1948), premio Nadal, y la última que dio a la imprenta, El hereje, que se alzó con el Premio Nacional de Narrativa en 1999. Cerca de veinte novelas entre una y otra, así como una multitud de libros misceláneos y reconocimientos al escritor, no impiden que entrambas exista un evidente nexo de conexión entre sus protagonistas: una honda orfandad. El sentimiento de orfandad, que no es exclusivo de estas dos novelas, sino muy común en la obra de Delibes, repleta de marginados y perdedores, aparece subrayado por otras concomitancias como la soledad y una vida de los personajes siempre en expectativa, viviendo sobre todo para sus adentros, esclavos de una visión pesimista que los mantiene disociados del mundo. En ambos casos, la razón es la causa de sus desasosiegos. En el niño Pedro y en el hereje Cipriano Salcedo concurren falta de cariño materno, una infancia huérfana, matrimonios truncados. El raciocinio, en intersección con la espiritualidad, los tortura psíquicamente y padecen escrúpulos de conciencia. Temores que los atenazan en todas las encrucijadas del existir, tornándolos incapacitados sentimentales por un trauma lejano del que son conscientes. «Una vida sin calor la mía», reflexiona Cipriano cuando precisamente muy pronto va a abrasarse, con la nodriza Minervina —la única persona, al hacer recuento de su existencia, que le quiso y a la que quiso— llevando de la soga a la bestia en la «procesión de las borriquillas» que conduce a la hoguera a Cipriano Salcedo, condenado por la Inquisición.

El hereje principia en la época de Carlos V y termina bajo el reinado de Felipe II, en pleno apogeo del Imperio español y comenzando a vivirse el Siglo de Oro de nuestras letras, aunque entonces no se supiera y además leer estuviera mal visto, siendo el analfabetismo garantía de cristiano viejo y pureza de sangre. Ahí, según algunos ensayistas, si no comenzó, al menos se acendró el proverbial «descrédito de la cultura» nacional. España alzándose en defensa del «honor de Dios» para gritar al poco «Trento vive en mí» y mantener la Inquisición hasta el siglo de Larra. Recordemos que el Santo Oficio español, el de más larga duración del mundo, casi tres centurias, no era una Inquisición pontificia, sino que actuaba en nombre del rey. No fue ni de lejos la más cruel, pero sí la más sostenida en el tiempo en el equiparar pecado y delito, moral y fe.

La advocación bajo la que está puesta la novela, una cita del papa Juan Pablo II, no deja ninguna duda de los temas principales de la narración: la violencia en nombre de la fe, la tolerancia y la libertad de expresión. Sostenía el papa polaco un lustro antes de la aparición del libro: «Es preciso que la Iglesia, de acuerdo con el Concilio Vaticano II, revise por propia iniciativa los aspectos oscuros de su historia, valorándolos a la luz de los principios del Evangelio». Cuestionaba así las formas de violencia «perpetradas también en nombre de la fe».

Sobre esa línea de fuerza ocurre toda la historia —el único delito del bueno de Cipriano Salcedo será pensar de una forma distinta—, mientras la intrahistoria, como a menudo ocurre en el corpus delibesiano, se erige en el meollo y contenido de la ficción. En las novelas del vallisoletano, las obras hablan por sus personajes, son los hechos más que las palabras quienes se los delinean al lector. Cuando nace Cipriano Salcedo, en 1517, precisamente el mismo día en que Lutero proclama las noventa y cinco tesis de la Reforma protestante, como predestinado a encontrarse con ella, las corrientes reformistas circulan por el país de forma clandestina, en conciliábulos marcados por el terror a la autoridad civil y religiosa. Ese miedo y la necesidad de ser querido, de formar parte de algo vagamente semejante a una familia, será el acicate que espoleará a nuestro protagonista en cada una de las encrucijadas ante las que se enfrente.

La estructura de El hereje «casi» es la de las grandes narraciones del siglo XIX. Los acontecimientos se suceden de modo cronológico entre 1527 y 1559, abarcando una historia de muchos años y dándonos una visión de la sociedad del momento muy completa. Esa arquitectura, sin embargo, es rota deliberadamente con un inicio «in media res». Miguel Delibes escoge como momento estelar de la vida de su personaje el regreso del viaje a Alemania en un barco, cuyas jornadas transcurren en debates teológicos, y, al separarlo de la narración lineal de las vicisitudes de su existencia, sirviéndonoslo como preludio de las tres partes que compondrán —la mayoría de las de Delibes son netamente novelas de personajes— el relato de su vida, lo eleva a la categoría de instante relevante.

En esas sobremesas entre compañeros de religión, además de ponernos en antecedentes del ambiente histórico de la España que se erigió en defensora de la fe, ya reconocemos los temores ante las asechanzas, el miedo y el peligro que sobrevuelan toda la etapa herética del protagonista e incluso la anterior: fue fruto de un parto en el que se gira dando la espalda al mundo, sufrió un pavor irracional hacia el padre desde bebé, pánico hacia la soledad y culpa prematura por asuntos de conciencia durante la infancia. En esas conversaciones a tres bandas que transcurren entre el balanceo del barco que regresa a España, donde los personajes se comportan como duelistas que están poniendo a prueba la profundidad de sus distintas fes reformistas y los excesos también cometidos por ellas en Centroeuropa, Cipriano el del Zamarro aparece menos concernido por la doctrina de la justificación y la salvación por la fe que por razones íntimas: sentir, al haber sido elegido para traficar con libros prohibidos, «que todavía podía ser útil a alguien, que todavía existía un ser en el mundo capaz de confiar en él y ponerse en sus manos». La confianza y el amor correspondidos que este, como otros personajes de Delibes, buscará con ahínco durante toda su existencia.

El telón de fondo sobre el que se desarrolla la mayor parte de la obra es la localidad natal de Delibes, a la que aparece dedicada: «A Valladolid, mi ciudad». Una ciudad en cuya historia ha buceado previamente el autor para recrearla con una fidelidad tal que incluso en la actualidad existen rutas turísticas que se basan en la visita de los lugares que salen en El hereje. Aparece retratada, para lo bueno y para lo malo, mediante la técnica de caracterizar mediante contrastes que tanto empleó el escritor para sus personajes. Pone ante nosotros, así, las diferencias de desarrollo entre ciudad y campo, entre renovación e inmovilismo, pues entre esas dos aguas transcurre la vida de Cipriano Salcedo, comerciante de telas de gran éxito en Valladolid a partir de la transformación de la materia prima, el vellón de oveja principalmente, que se produce en los contornos de la urbe. Las contradicciones van abocetando también el perfil de una localidad en la que la nariz se arruga pero la vista se recrea, que aplaude y a la vez teme a los Comuneros, que es Corte de España y ciudad dormida, «donde la suprema aspiración del pobre era comer la sopa boba y la del rico vivir de las rentas», que lo mismo se muestra orgullosa de no caber dentro de su muralla que exige las máximas penas durante el auto de fe, transformada su población en turba.

Muchos de los personajes que aparecen en la novela existieron realmente y están en las actas que se pueden consultar sobre el auto de fe en Valladolid del 21 de mayo de 1559. Aunque fue su única incursión en el subgénero de la novela histórica, Delibes se documentó exhaustivamente no sólo sobre los acontecimientos señeros de la narración sino también sobre materias de época poco habituales en su narrativa, como, entre otras, la navegación, la ginecología o las controversias religiosas entre la vieja y «nueva religión». La única crítica que se le podría hacer a su prosa es una condición que nos parece sin duda buscada por el autor: no son pocos los anacronismos lingüísticos, los momentos en que los personajes dialogan con un lenguaje que emplea conceptos posteriores a la época implicada en el relato. Esa forma de hablar, contemporánea, resulta imprescindible para el lector del siglo, pero es cierto que choca encontrar una precisión de cirujano y riqueza en los términos sobre casi todas las cosas y hallar de pronto, por ejemplo, una alusión a la ley de la gravedad de Newton o a términos freudianos. Son detalles que no se le pudieron escapar a un escritor de la talla de Delibes, quien sin duda antepuso la necesidad de expresividad a la fidelidad de época. Si su prosa es capaz de volverse conradiana para hablarnos de marinería y se hace Delibes para relatarnos escenas de campo y caza, con un amor apasionado, sin retórica, por la vida campestre, no cabe lugar para otra hipótesis más que esa fue la elección premeditada que hizo el narrador. Sobre todo, si tenemos en cuenta el oído extraordinario para el lenguaje que demostró durante toda su trayectoria literaria.

Finalmente, me gustaría resaltar otro de los estilemas o marcas de la prosa delibesiana que por supuesto también comparece en la que fue su última novela. Me refiero a su querencia por las metáforas y repiqueteos simbólicos que sutilmente presagian o evocan situaciones pasadas o por venir en la narración. En El hereje, bajo un acontecimiento de los que se podrían considerar habituales en Delibes —una jornada de caza— nos parece descifrar una de las situaciones más delicadas y amplificadoras de la ficción, cuyo eco se multiplica a través de las páginas hasta desembocar en el final con las confesiones y condenas de los miembros del núcleo protestante de Valladolid.

Nos referimos a la tarde de caza con perdigón o macho de perdiz enjaulado, que transcurre en compañía del párroco rural y dogmatizante Cazalla. Es una escena —otro momento estelar de esta novela — que preanuncia el auto de fe a que se verán sometidos los «alumbrados», porque Cipriano Salcedo entra en contacto por primera vez con el luteranismo mientras está cazando con el cura mediante reclamo y porque el canto del macho preso, que atrae a los machos libres ante la mirilla de la escopeta, puede considerarse como una metáfora de las delaciones y deslealtades que acontecerán durante la instrucción del sumario de su caso por parte de la Inquisición. Si no disparo, viene a responder el proselitista que introduce en la «nueva religión» a Cipriano, ante sus críticas al método poco deportivo de caza, el ave encerrada no volverá a cantar nunca. «La muerte es necesaria para que el prisionero siga incitando al campo».

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *