Las iglesias también son castillos en Transilvania. Encaramadas en elevaciones del terreno, en colinas circundadas por anillos de casas, entre la pradera y los bosques frondosos que son otra seña de identidad de Rumanía, sobreviven varios ejemplos de templos fortificados que datan de la colonización sajona en el centro del antiguo principado y en los alrededores de Brasov.

La más famosa de las iglesias fortificadas de Transilvania declaradas Patrimonio de la Humanidad, con el permiso de los templos de Prejmier y Harman, recién restaurados, es la de Biertan. A medio camino entre Brasov y Sighisoara, el burgo de Biertan fue fundado por los teutones cuando Transilvania pertenecía al reino de Hungría y su iglesia amurallada, un edificio gótico con elementos renacentistas, sigue vinculada a la comunidad luterana, sin dejar de abrir a los turistas.

También en la Transilvania rural, y no demasiado alejada de Biertan, se mantienen en pie la iglesia de Viscri y sus fortificaciones. Aperos de labranza cubiertos de polvo, un incipiente museo sobre la etnografía de los sajones que poblaron la localidad -a la que este verano se accedía por una carretera polvorienta (estaba en obras) y con un tráfico compuesto por coches de turistas y carros de tiro animal cargados de hierba- ocupan los edificios pegados a los muros. Levantada en el siglo XIII, uno tiene la sensación de entrar en una burbuja temporal cuando atraviesa el umbral de la muralla circular que protege la iglesia de Viscri. A las puertas del templo encalado, convertido el campanario en una torre defensiva más, dos lápidas recuerdan a los caídos del pueblo en las dos guerras mundiales. Todos los nombres son alemanes.

Patio del castillo de Bran. Foto: Carlos Fidalgo

DRÁCULA, EL MITO PROHIBIDO
El mito de Drácula sigue llenando de turistas Transilvania, aunque hubo un tiempo, en los últimos años de la dictadura de Ceaucescu, en que la figura del vampiro de Bram Stoker se convirtió en una cuestión incómoda para las autoridades del país. La descripción que en 1897 ofreció el escritor de la región salvaje y agreste donde vivía el conde Drácula no encajaba con la propaganda comunista, que se esforzaba por ofrecer al mundo una Rumanía moderna, industrial e independiente de la Unión Soviética. El país pasó de recibir cinco mil turistas en 1956 a más de dos millones en 1970, según recoge la revista digital Historias de nuestra historia. Y el mito de Drácula tuvo buena parte de la culpa, si no toda, del espectacular aumento de visitantes. Cuando en 1972 Radu Florescu y T. McNally publicaron En busca de Drácula y le contaron al mundo que Stoker se había inspirado en el personaje real de Vlad Drâculea El Empalador, los rumanos vieron cómo se asociaba la figura de un héroe nacional, el caudillo que había defendido Valaquia tanto de los húngaros como de los otomanos, con la de un depredador que bebía la sangre de los vivos. Y no les gustó.

La caída del comunismo levantó un ‘veto’ oficial que no había impedido que Drácula siguiera siendo un motor económico impulsado por las más de doscientas versiones cinematográficas de la novela, desde el Nosferatu de Murnau a la película de Coppola, y que se potenciara la ruta por el Paso del Borgo de la novela al norte de la región; hoy existe un Hotel Castillo de Drácula en la zona y en Bistrita, el Hotel Corona de Oro lleva el nombre del lugar ficticio donde se alojó Jonathan Harker y ofrece el mismo menú que tomó el agente inmobiliario venido de Inglaterra antes de ser secuestrado por el vampiro.

Pero los lugares asociados a la figura Vlad Tepes sirven ahora para que el visitante se adentre en otros espacios como las iglesias fortificadas de los sajones, los monasterios ortodoxos, castillos más recientes como el de Peles del rey Carol I en Sinaia, las ciudadelas medievales, que ya están recibiendo fondos europeos para su restauración como en Rasnov, y fuera de Transilvania, los monasterios y las iglesias pintadas de Bucovina, también Patrimonio de la Humanidad, la naturaleza desbordante del delta del Danubio o las grandes avenidas de Bucarest y su casco antiguo. Y que la literatura rumana haya sido este año la invitada de la Feria del Libro de Madrid también ha ayudado a que, además de dar a conocer la obra de escritores como Mircea Cârtârescu, Ana Blandiana, Mircea Eliade o Camil Petrescu, editados en nuestro país, se haya hablado más español que nunca este verano en Rumanía.

Puente de las mentiras de Sibiu. Foto: Carlos Fidalgo

SABORES DE RUMANÍA
De las albóndigas a los callos, las sopas rumanas, ciorbâs en su idioma, figura en las cartas de todos los restaurantes de Transilvania con una variedad de ingredientes que asombra. La ciorbâ de fasole, por ejemplo, se sirve dentro de una hogaza de pan que absorbe parte del caldo y está hecha con potaje de alubias, pimiento, zanahorias, cebolla, una ración de tocino y jamón ahumado.

Las salchichas de carne picada de cerdo, mici sau miticei, llevan especias como la pimienta y el ajo, comino, tomillo y cilandro y se ofrecen a la brasa y en forma de pincho moruno. Y el sarmale son rollitos con picadillo de arroz, cebolla y carne envueltos en una hoja de col que suele comerse durante las fiestas.

Los aficionados al pescado pueden probar la saramura de crap, carpa a la parrilla en salmuera, o el nisetru la gratar, esturión a la parrilla.

Pero uno, que es devoto de los guisos de carne, prefiere la ciulama, con salsa blanca, las papricas, que llevan pollo con verduras y una suerte de buñuelos con harina y crema amarga, o el estofado de carne con legumbres que lleva el nombre de toçanita. Si le añadimos hígado o riñón de cerdo se llama tochitura. La polenta, elaborada con sémola de maíz hervida, acompaña a buena parte de los platos guisados, que en los lugares más turísticos suelen bautizarse con apellidos relacionados con el mito de Drácula, como comprobé en el casco antiguo de Bucarest, muy cerca de las ruinas del palacio de Vlad Tepes en el barrio de Curtea Veche, que este verano se encontraba en obras.

Torreón en la ciudadela de Sighisoara. Foto: Carlos Fidalgo

Los postres merecen un aparte. Existe un ‘postre de los muertos’ o coliva, mezcla de cereales cocidos con azúcar y nueces y forma de cruz que suele comerse el Día de Todos los Santos para alimentar las almas de los que se fueron. Y los amantes de la bollería descubrirán lo que se están perdiendo por no probar un postre como los papanasi, rosquillas calientes y tiernas rellenas de queso de vaca dulce que se sirven con mermelada de arándanos o frutas rojas y una crema amarga. Presentados con una bolita en el centro, los papanasi adquieren la forma de un muñeco de nieve y son uno de los sabores de Rumanía que se resisten a dejarme.

Un dicho rumano dice, según recuerda el blog de referencia Urbinavinos, que a la hora de beber vino hay que tomar una copa para la salud, dos para el placer y tres para descansar bien. Por algo Rumanía está entre los mayores productores de vino del mundo, con una tradición vinícola que se remonta a los dacios y eso se nota también en la calidad. Destacan los tintos de la variedad Feteasca Negrata y Caubernet Sauvignon de los viñedos de Dragasani. En la región de Sibiu se producen vinos blancos afrutados con variedades como la Feteasta Alba o la Sauvignon Blanc, y no lejos, en Alba Iulia, otra ciudad histórica de Transilvania, con una fortificación barroca en forma de estrella intacta, también se añaden variedades como la Feteasca Regala, el Pinot Gris o la Riesling.

En la zona de Arges, no lejos del castillo de Poienari, los vinos blancos son secos y afrutados con variedades similares y los dulces usan la uva Muscat. En general, las grandes llanuras al sur de los Cárpatos, y sobre todo Moldavia en el este, donde más se deja notar la influencia del Mar Negro, se encuentran entre las zonas con mayores viñedos de todo el país.

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