Menos mal que las moscas van a la luz, porque si fueran a la música estaríamos arreglados. Con ese sueño se despertó una vez, y desde entonces no se le quita de la cabeza. En la pesadilla estaba rodeado de zumbidos que se metían en su boca cantando en bzzzz a cuatro voces sin desafinar, pero con un timbre horroroso. Fue la cadencia final la que le despertó, y dándose manotazos pensó que se estaba liberando de algo que resultó ser inexistente, aunque la percepción nunca la olvidó.

Pertenecía a un coro de aficionados que tenía mucho prestigio en su ciudad, era tenor, y a veces con una enorme devoción actuaba de solista. Cuanto más abría la boca para cantar, más pensaba en lo que había soñado, y la sensación le perseguía. Tanto es así que durante un tiempo el director detectó una merma en su dicción e impostación de la voz, por lo que le castigó colocando a otro componente del coro en su lugar. Era incapaz de abrir la boca más que lo que él calculaba que mediría el contorno de una mosca. Cuando vivía en el pueblo, había visto algunas de tamaños descomunales, y pensó que ojalá todas fueran así para tener más margen de apertura.

Utilizando todas las terapias que existían para eliminar esas obsesiones, se dio cuenta de que ninguna conseguía llegar al fin que buscaba, así que en un alarde de valentía se propuso de motu proprio solucionar el problema para siempre. No estaba dispuesto a abandonar su más preciada afición por culpa de algo irreal, y tan feo como las moscas. Además de no volver a nombrarlas nunca más, muy decidido pensó en una larga pero fructífera solución. Acertó.

Comenzó a estudiar música y eligió como instrumento el violonchelo, ya que consideraba que tenía muchas similitudes con la voz. Era el alumno de mayor edad  del conservatorio, algo que en ningún momento le desanimó. Estudió lenguaje musical, y el profesor que además era su confidente, le dejó hacer las lecciones de entonación tarareando con la boca cerrada. Las demás materias las iba superando sin problemas. Empezó a disfrutar, y a olvidar poco a poco el por qué estaba ahí. A veces el movimiento de los dedos al tocar, especialmente cuando practicaba el vibrato le recordaba el aleteo de las innombrables, que además se iban metiendo poco a poco por las efes del violonchelo hasta el alma, lugar en el que perecían después de molestar lo suficiente. Todo era fruto de su imaginación, y lo sabía. Por eso luchaba con todas sus fuerzas para eliminar a esos intrusos de su vida.

Cuando llegó el momento de cursar la asignatura de composición se aplicó con gran entusiasmo, ya que preveía que la solución a su problema podría partir de dicha disciplina. Siempre había oído que si no puedes con tu enemigo, únete a él. Ni corto ni perezoso en el trabajo exigido para fin de curso, creó una sonata para bzzzz, percusión y piano en la que las baquetas de la marimba tenían una misión muy importante a pesar de tener las puntas redondeadas y acolchadas; deshacerse a golpes de ellas provocando zumbidos rítmicos y ágiles que permitían el ajusticiamiento, seguido de un diminuendo y ritardando hasta el fin (por fin). El día del estreno ahí estaban todos en el escenario, y al finalizar la obra solo pudieron corresponder a la ovación con un saludo, el pianista y el percusionista, ya que el resto de intérpretes yacían en el suelo cual alfombra, que desapareció en el descanso después de un buen barrido.

Como recuerdo a la definitiva solución, ha mantenido el gusto por la música contemporánea, y en sus composiciones le encanta insertar sonidos feos como contraste de maravillosas melodías.  Está muy agradecido al enorme problema que tuvo, ya que por él se hizo músico profesional, disfrutando de la vida de una manera muy diferente. Feliz.

(A veces las echa de menos, pero cierra los ojos imitándolas a la perfección, y se queda tranquilo).

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