Un lugar difícil. Karmelo C. Iribarren.
Un lugar difícil. Karmelo C. Iribarren.
Visor. Precio: 12 €

Karmelo C. Iribarren ha ganado uno de los grandes premios de poesía nacionales: el Ciudad de Melilla.

Escribe pegado al asfalto, tocando la calle, busca y trabaja la empatía. 

Reunido el conjunto de sus libros de poemas, doce hasta este último, en al menos dos volúmenes cercanos en el tiempo, publicados por Renacimiento y Visor, Karmelo C. Iribarren vuelve a la palestra de las letras con el marchamo de uno de los grandes premios de poesía nacionales, el Ciudad de Melilla, cuya anterior edición sembró polémica al otorgarse a uno de los triunfitos en Youtube, levantando una polvareda de la cual ha salido incluso algún interesante ensayo dedicado a analizar el fenómeno de la conquista del status quo desde los «arrabales» de las redes sociales. Nada nuevo, para aquellos que recordaron las estrategias de promoción basadas en la fórmula de generación y antología; una inmensa sorpresa para los que, ajenos a las nuevas tecnologías, han permanecido de espaldas a esa pujante realidad mercadotécnica. Dejando de lado los pertiguismos digitales y analógicos, premiando a un poeta de larga trayectoria como el donostiarra, el Ciudad de Melilla podría decirse que se ha premiado a sí mismo, pues la apuesta era segura.

La obra de Karmelo C. Iribarren tiene el encanto de una poesía sencilla, sin alardes, a menudo levantada alrededor de una anécdota, una visión capturada durante un paseo o rehecha a partir de una lectura o un recuerdo. Reconocemos sus temas vertebradores: la perenne soledad del hombre ante el paso del tiempo, las nostalgias y esperanzas del amor, cierta estética de perdedor y un decorado que siempre tiene a la lluvia y al mar de fondo. Pero nada es más difícil que lo sencillo. Nada es tan complicado como, sin engolar la voz ni enturbiar la superficie gramatical del poema, emocionar al lector. Algo que Iribarren consigue con su poesía urbana y apegada a un pesimismo existencial cuyo origen aparenta estar, simplemente, en la lucha por la vida de un hombre de mediana edad. Aunque, si así fuera, estaría al alcance de otros escritores que se mueven próximos a la estética del realismo sucio y no es así.

Ciertamente, la de Karmelo C. Iribarren no es ―ni lo pretende el autor― la poesía más elaborada que se está publicando en nuestra lengua, pero tampoco es tan desnuda como puede parecerle al lector o al imitador apresurado. Él mismo ha expresado que busca el hueso, que escribe desnudando el poema, pero uno diría que lo hace decantando, buscando una depuración de retórica y figuras, apoyado siempre en un lenguaje coloquial, mas en sus mejores poemas, en esos que funcionan a través de la emoción que casi todos hemos sentido alguna vez, suele haber algo más. A veces es una trabajada imagen, en otras un tono de confidencia que parece dirigirse en exclusiva a nosotros, casi siempre la complicidad. Hay un yo concreto y personal, pero los versos logran la identificación con el lector en un porcentaje tan alto de ocasiones que es iluso seguir hablando de una simplicidad que no sea la formal o expresiva: detrás de ellos existe una labor de intensificación tan profunda que, aunque no percibamos las costuras por su buscada modestia verbal, a uno le parece que habría que ir dejando de hablar, además de sencillez, también de espontaneidad, para hacerlo de elaborada empatía. La de Karmelo C. Iribarren es una voz que busca y trabaja la empatía. Escribe pegado al asfalto, tocando calle, unos poemas ligeros de artificio pero concentrando en ellos «los universales del sentimiento», que decía Gil de Biedma.

Con cada publicación del poeta donostiarra, antes de su lectura, nos ocurre lo mismo: pensamos que no podrá sorprendernos otra vez. Sabemos cómo ha resuelto tal o cual poema, desgranamos el «truco» del artefacto ―una mezcla, a menudo, de tan precisa concisión como un disparo―, pero en cada nuevo libro suyo aparecen dos, tres, media docena de composiciones que son capaces de emocionarnos de una manera nueva. Sus aciertos, tan contundentes como un directo, como una volea que no sabemos de dónde viene, nos tumban con su «difícil facilidad».

 

Un poco antes del último recodo

No es lo habitual
pero a veces
sucede
que una mujer y un hombre
acaban encontrándose
al final del camino,
                       un poco antes
del último recodo. 

Ya no hay herida que les sea ajena
ni decepción
que pueda sorprenderlos:

 no perderán el tiempo equivocándose.       

 

La inquilina fatal

De un tiempo a esta parte
no pasa un día
sin que me la encuentre
―a veces sólo como un fugaz atisbo―
en algún rellano de mi pensamiento. 

La indiferencia
―más fingida que real―
con la que trato de ahuyentarla
no parece afectarle lo más mínimo. 

Pasar página no es una opción:
está en todas las del libro.

Karmelo C. Iribarren

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *