Mal que bien. Enrique García-Máiquez.
Editorial Adonáis. Precio: 12 €.

La alegría de vivir está muy presente en las composiciones incluidas en Mal que bien.

Hay un lugar también para el recuerdo que trae hasta el presente a los parientes y amigos idos.

El quinto libro de poemas del escritor murciano de nacencia y gaditano desde la infancia Enrique García-Máiquez, Mal que bien, aparece encabezado, al barroco modo, de unas primeras líneas que nos presentan el contenido del poemario. Al final de ellas, sobre el candor de la página en blanco antes de ser hollada por las sombras de imprenta, se nos da a modo de clave lo que hallaremos a continuación: «los años que se fueron, mis trabajos / de amor cumplidos, la belleza aún / queriendo ser cantada todavía». La vida que se vivió y la vida por delante.

Con la confianza puesta en que el lector de poesía es un experto en leer entrelíneas, el autor confiesa su apego a la carne del mundo, «a lo que pasa». A todo cuanto le concierne en cuerpo y alma. Estamos ante un poemario amplio, además de grande, dividido en siete secciones temáticas, donde aparte de un desacostumbrado dominio técnico y formal el poeta demuestra una querencia por el claroscuro de la poesía, ya que, como sostenía en uno de los aforismos publicados en Palomas y serpientes (La Veleta), «el misterio verdadero sólo condesciende a posarse en la página del que hizo todo lo posible para alcanzar la claridad».

Cotidianeidad y rigor versal, ingenio e ironía, ecos de otros poetas admirados y, sobre todo, la alegría de vivir están muy presentes en las composiciones incluidas en Mal que bien, un libro por el que se transita a menudo a la espera de una sonrisa, a sabiendas de que alguna de esas sonrisas puede helarnos el corazón.

Estructurado en siete secciones simétricas en cuanto a poemas, su temática es muy amplia: desde el tiempo y los inconvenientes de la falta de tiempo para un hombre «joven aún y ya bastante viejo», pasando por los logros y fracasos laborales, la incompatibilidad aparente de la poesía con la existencia moderna, hasta las satisfacciones que otorgan calladamente la familia y el hogar. Para el lector, queda claro que los misterios más complejos son los que nos asaltan a diario: hacer los deberes con los hijos, apurar el reloj para dar una clase y terminar la columna que ha de enviarse al periódico, las complicaciones de una persona atada al ritmo de la cotidianidad. Hay un lugar también para el recuerdo que trae hasta el presente a los parientes y amigos idos, a aquellos a los que el tiempo «ya no los toca», como en el emotivo epitafio con que se homenajea a una joven madre: «No, no te sea leve la tierra en que reposas / ni tampoco tranquila. No estás acostumbrada. / Que sobre ella retumben cada día más firmes / los pasos de tus hijos y el ruido de sus risas». El poeta se imagina, en otra composición, como un futuro muerto risueño que a sus lectores nos hace sonreír con un afortunado neologismo  shakesperiano aplicado a una calavera: «yorickeando».

Desde sus primeros libros, Enrique García-Máiquez incluye en ellos poemas sobre uno de sus intereses personales más íntimos, como nos informa en el texto de la solapa: «la creencia en la resurrección gloriosa de los cuerpos». Escribe con naturalidad sobre dogmas en los que tiene fe, demostrando que también se pueden escribir poemas memorables sobre ellos, como podrían ser «Novísimo» o «Si». Pero el poema religioso no es fácil y tiene el peligro, además, de no ser para todos los lectores, de perderse por el menor error. Sería el caso, por ejemplo, de «Almendros», que nos parece que se apoya sobre aquellos tres versos de Nikos Kazantzakis, el autor de Zorba, el griego: «Háblame de Dios / —le dije al almendro. / Y el almendro floreció», pero al que es muy deterior.

Mal que bien —lo hemos dicho y lo reiteramos— es un poemario, además de amplio y variado, importante. Ingenio, variedad formal y sentimiento van de la mano en unos poemas que, más allá de convicciones personales, están escritos para cualquier lector y que a todo aficionado a la buena poesía le proporcionarán una fructífera y amena lectura.

Dentro de muchos años, hija
Habrá una tarde triste
—no sé por qué se espera
siempre a las tardes tristes
para cuadrar las cuentas—

en que hagas el balance
de una larga existencia.
Te estoy viendo ordenando
las sucesivas penas

y las satisfacciones
en dos hondas hileras.
¡Y no podré advertirte
(no estaré) que una pena

no vale la mitad
de cualquier dicha! Echa
con cuidado tus números
y, antes de hacer la resta,

no dejes de apuntar
lo que tú no recuerdas.
Que nos diste naciendo
la alegría perfecta.

Novísimo
Y qué será de mí sin mis pecados,
libre ya de mi envidia, amante sin lujuria,
exaltado sin ira, tranquilo sin pereza,
sensitivo sin gula, feliz sin avaricia,
valiente sin orgullo…

        ¿Podré reconocerme
en las aguas tan claras del Leteo
y cruzaré enseguida?
¿O quedaré mirándome en la orilla, extasiado,
Narciso eternamente?

        (Líbrame
de la más sinuosa tentación,
la más difícil, la del Paraíso.
Que ni perfecto esté contento y siga ansiando
el feliz insaciable de alcanzarte).

Enrique Garía-Máiquez

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