La metáfora es un lenguaje con un poder incalculable que nos hace pensar y pensarnos.

La capacidad para contar historias la tenemos todos los seres humanos, nos pasamos la vida relatando y explicando.

La historia sagrada de los católicos comienza con el Génesis, el cuento alegórico de la creación. Dios crea a los hombres y más tarde “donde el Señor Dios había hecho nacer de la tierra misma toda suerte de árboles hermosos a la vista, y de frutos suaves al paladar; y también el árbol de la vida en medio del paraíso, y el árbol de la ciencia del bien y del mal” (Génesis, capítulo II). Salta a la vista que el árbol es un símbolo muy importante en esta historia, es capaz de abarcarlo todo: el alimento, la vida, el bien y el mal. Y no creo que sea casual que, sobre estos árboles, específicamente sobre su corteza transformada en hojas de papel, podamos los seres humanos ser capaces de contar casi todo.

Rudolf Steiner ─filósofo, artista, educador y promotor de un tipo de educación basada en las artes y la espiritualidad (las escuelas Waldorf) ─ nos dice que los cuentos son una ciencia oculta que es capaz de transformar nuestro modo de ver las cosas. Por medio de estas historias que nos relatan en la infancia podemos recapacitar sobre los errores y hacernos una base sólida sobre la moralidad. La metáfora es un lenguaje con un poder incalculable que nos hace pensar y pensarnos.  La capacidad para contar historias la tenemos todos los seres humanos, nos pasamos toda nuestra vida explicando y relatando. Contamos lo que hemos hecho, lo que queremos hacer o lo que anhelamos. Desde que somos niños hasta que morimos nuestra vida se rellena con las historias que nos contamos y que nos cuentan.

Por medio de estos relatos podemos llegar a la comprensión total del ser humano, desde la aceptación a su mundo interno y sus metáforas vitales.  Así, bajo una concepción constructivista de la realidad, surgen las terapias narrativas a finales del siglo XX. Este tipo de terapia supone que es el sujeto el que construye su propia realidad con lo que se dice a sí mismo, cuenta a los demás o interpreta. Como consecuencia, podemos modificar nuestra experiencia, transformando la narrativa que nos hacemos de ella. La figura del terapeuta en este tipo de intervención se entiende como un co-creador, ya que acompaña a la persona en la elaboración de una nueva narrativa.

La identidad está directamente relacionada con la narrativa. El “yo”, además, se conforma y complementa con las narrativas propias de la comunidad o cultura donde se encuentra. Entre todos nuestros recuerdos existen algunos de especial relevancia que se denominan recuerdos autodefinidores y juntos forman nuestra biografía vital. Estos recuerdos están conectados con otros similares en carga afectiva, formando una especie de malla que representa a la personalidad de un individuo. Por otro lado, no todos los recuerdos están conectados de igual forma a esta malla, lo que supone que existen algunos recuerdos de nuestra narrativa personal que podrían estar sueltos, formando agujeros en esta malla. La investigación ha respaldado que el bienestar se vincula con la densidad de esta hipotética “malla de personalidad”, es decir, que cuando los recuerdos están conectados unos con otros formando uniones diversas entre ellos, somos más felices. Recuerdos altamente integrados suponen la existencia de aprendizajes significativos para el sujeto.

Un ejercicio para repasar estos recuerdos y hacernos conscientes de su relevancia en nuestro proyecto de vida es el que planteaba Michael J. Mahoney. Este consiste en rellenar con recuerdos, anécdotas e imágenes tantos folios como años de vida tengamos. Seguramente algunos de los años en cuestión quedarán más vacíos y para otros, al contrario, será necesario rellenar más de un folio. Después de este ejercicio de selección de nuestros recuerdos podemos colocarlos en orden o con un nuevo orden, hacer conexiones entre ellos, plantearnos preguntas como ¿Qué es lo que más valoramos? ¿Qué nos hace felices? ¿A dónde queremos llegar? y reflexionar sobre nuestro camino vital. También podríamos en algún caso y cuando no nos sea posible rellenar muchos de los folios, preguntar a amigos y familiares sobre esos espacios en blanco que tenemos en nuestra biografía. Además, este cambio de perspectiva nos ayudará a evidenciar que no somos únicamente de una manera y puede que otros nos vean de diferente forma a como nosotros nos vemos.

Para terminar con esta breve exposición de las terapias narrativas, me gustaría nombrar otro de sus bellos y originales planteamientos. Para contextualizarlo me gustaría que hiciéramos un ejercicio de retrotraernos a la niñez, a esos días antes de la Navidad en los que escribíamos las cartas a los reyes magos o a papá Noel. El acto de escribir estas cartas suponía no solo la oportunidad de poder pedir juguetes, también era un momento de reflexión en la que exponíamos como nos habíamos comportado durante ese año y defendíamos nuestro derecho a recibir algo por ello. El poder mágico y terapéutico que tiene escribir cartas es incalculable. Lamentablemente, se está perdiendo esta costumbre con la imposición de los nuevos medios de comunicación electrónicos; sin embargo, las cartas de papel se niegan a desaparecer. Las terapias narrativas nos proponen ejercicios en esta línea epistolar como, por ejemplo, escribir una carta a un familiar fallecido o a un cigarrillo cuando queremos dejar de fumar, en definitiva, a cualquier persona o cosa que se nos ocurra. La clave está en que no debemos enviar la carta, ya que no es necesario, el hecho de escribirla será propiamente curativo ya que nos ayudará a ordenar nuestros pensamientos y externalizar nuestros deseos.

“Los seres humanos hacen su propia historia, aunque bajo circunstancias influidas por el pasado” (Karl Marx).

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