Ya lo he dicho. Cuando cantaba la sirena, algo malo había pasado.

A veces, pocas, era una falsa alarma; pero casi siempre, el resultado de aquel grito que golpeaba las montañas y rebotaba desgarrador, era más gritos y lloros e incomprensión.

Luego, aún sin la sofisticación de ahora, era una DCV a la que se llamaba “La chivata”, precisamente, porque era la que avisaba con su claxon permanente de la desgracia cuando subía al pozo y bajaba de recoger a los heridos o los muertos. La distancia entre el pozo y el hospitalillo de la empresa minera no era larga; si lo era la agonía que precedía a la confirmación de la mala suerte.

En Totalán (Málaga), no hubo sirenas ni chivatas que avisaran de la tragedia; sino, apenas, el tímido lloro de un niño de dos años (Julen Roselló) que se precipitó en un abismo angosto del que no saldría vivo. Cayó solo; ni siquiera lo acompañó la bolsa de gusanitos que estaba comiendo, cual minero improvisado que deja atrás el morral con el bocadillo y la bota. También en la mina entraban menores de edad que, en ocasiones, se precipitaban por pozos menos angostos, pero, igualmente, deseosos de que los rescatasen con vida.

No hubo suerte en Totalán, como, muchas veces, no hubo suerte en las minas regadas con sangre de miembros, cerebros y almas cautivas. La agonía fue larga, aunque se contase con la sofisticación de los medios instrumentales y humanos, la colaboración del mundo entero, la expectación y el asesoramiento de ingenieros y psicólogos.

Muchos fuimos reos de esa expectación y del deseo de que el rescate del niño fuera un éxito y que quedase como una experiencia infantil que Julen recordaría toda la vida.

Recuerdo, también de niño, pero mayor que Julen, que, cuando sonaba la sirena, se te erizaba la piel y, rápidamente, el instinto te llevaba a pensar si tu padre estaba de relevo. La gente, asustada, hombres, mujeres y niños, compungidos ante la inminencia de la desgracia, expectantes ante la lotería que manejaba sus vidas en ese momento, ¡cuál sería la familia desafortunada!, la viudedad anticipada, la orfandad perpleja, esa madre, quizá anciana, a la que le cuentan que a su hijo se lo ha comido el carbón; todos, ellas rezando, ellos blasfemando, subían carretera arriba para seguir los acontecimientos a pie de pozo. Ante la explosión de grisú o un derrabe sólo había dos reacciones: rezar o blasfemar, y los mineros no eran muy dados a pedirle a dios, pues sabían que en ese momento los había abandonado y quizá Santa Bárbara estaba haciendo calceta.

En aquellas ocasiones, libradas al azar de la decisión de la tierra, que hiere cuando la hacen daño como un animal acorralado, nunca se sabía si era peor la confirmación de la muerte o la espera agónica e incierta a que esa confirmación llegara o, en último término, los mineros enterrados fueran rescatados. A veces, eran muchos días de espera en los que los mineros trabajaban sin descanso a medida que bajaba su esperanza de encontrarlos vivos; pero con la ansiedad por encontrar sus cuerpos o sus cadáveres: nadie debe ser engullido del todo por la mina. En Totalán sucedió lo mismo. Aunque nadie lo decía, por respeto a los padres, familiares y amigos del joven minero, a medida que fueron pasando los días y las dificultades  aumentaban, los ánimos se fueron encogiendo y la esperanza, menguando. Pero había que encontrar el cuerpo, aunque fuera cadáver: un minero, por pequeño que sea y pesar suyo, no debe quedar enterrado.

Resulta admirable ver cómo algunos profesionales son capaces de arriesgar su vida para rescatar un cuerpo que, en circunstancias normales, ya estaría muerto.

Sin menosprecio de ingenieros, obreros,  técnicos y miembros de seguridad, policía, guardia civil, etc., quienes más protagonismo cobraron fueron los miembros de la brigada de salvamento de UNOSA que participaron en la fase última del rescate. De repente, cuando el debate del cierre de las minas está más enraizado que nunca en nuestra sociedad, los mineros eran indispensables para una tarea en la que son especialistas. De repente, la importancia de los mineros cobraba una dimensión extraordinaria; hasta el punto de que nunca antes se había hablado tanto de ellos y de sus excelencias y hasta el extremo de que, inmediatamente, fueron acogidos como héroes; adjudicación que ellos se apresuraron a rechazar.

Los medios buscan héroes que realcen la noticia; pero la mayor parte de las veces se encuentran con personas normales, humildes y discretas, que dedican sus vidas y su trabajo a salvar a los demás, a costa a veces de su propia vida. Un héroe es alguien que realiza una hazaña incomprensible en los demás, quizá baste con una. Los mineros que aquí se tratan lo hacen todos los días. No son héroes, pero son personas distintas sin duda y necesarias.

En el valle de mi infancia también hubo una brigada de salvamento (el vídeo firmado por Carlos García así lo atestigua, además de los muchos premios que la avalan), creada en 1931 y desaparecida 60 años después con el cierre de la mina. Por lo tanto, ya era una institución cuando yo empecé a crecer en aquel paisaje en blanco y negro. Conocí a muchos de sus componentes, que como es lógico se iban relevando, y eran gente normal, como cualquier otro minero, pero cuando sonaba la sirena se transformaban y se jugaban la vida. Los admiraba, no porque fueran héroes, sino porque eran amigos y, pese a la rebelión de la tierra, siguen siéndolo. A los amigos se les respeta y quiere. Para eso sirve la memoria y espero que sirva este relato improvisado durante muchos años.

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