Adentro tampoco hay luz. Leila Sucari
Adentro tampoco hay luz. Leila Sucari.
Editorial Planeta. Precio: 17,90 euros.

No es fácil la sencillez en literatura; sobre todo esa sencillez que te engaña.

Las palabras se confabulan para hacer creer que no hay nada en su interior. Sin embargo…

Suelen ser novelas cortas, en apariencia, fáciles, de iniciación a la adolescencia o a la madurez y, en ambos casos, con todas las distorsiones que sufre la conciencia cuando se produce la transformación, en muchos casos con derivaciones inesperadas y próximas a la fatalidad.

Cuando me refiero a este asunto, comprometido asunto, suelo citar dos novelas, en este caso tres: El guardián entre el centeno, de Sallinger; La metamorfosis, Kafka y El extranjero, Camus.

La infancia, si no la ponemos en manos de William Golding (El señor de las moscas) o del compasivo Dikens, suele ser una balsa de aceite que deja buenos recuerdos porque la memoria tiende a cribar los malos; de lo contrario pocos serían capaces de sobrevivir a la destemplanza de la realidad.

Pero, ¡ay, cuando entramos en la adolescencia o cuando nos damos cuenta de que ya somos adultos! Gregor Samsa tuvo que convertirse en escarabajo para comprenderlo y las consecuencias, aunque retardadas, fueron terribles. Por su parte, Merssault, ya conocemos el resultado, tuvo que matar para hacerse a la idea: el existencialismo suele ser una premonición.

Adentro tampoco hay luz, acertado y premonitorio título de la escritora argentina, Leila Sucari, es una novela sencilla que engaña; en apariencia no pasa nada, pero sucede todo debajo de palabras que enganchan por su simulada sencillez, hasta el punto de que si entras en ella, y es muy fácil entrar, es imposible que no se te erice la piel y llegues a la conclusión de que no siempre la crueldad está en los hechos sino en la percepción que se tiene de ellos. La conciencia de los personajes, una abuela tirana pero comprensiva, una madre desapegada y casquivana, desde la perspectiva de una sociedad endogámica y retrógrada, el novio de ésta, un chulo que adora a Buda y engaña con el tantra, la prima, más desarrollada y guapa, también más suelta en las relaciones amorosas, que acaba embarazada y da a luz en el suelo de la casa, animales como una cerda con embarazo psicológico y un lagarto, la escuela, la confusión entre sexo y religión, se concentran en la conciencia de la iniciación a la adolescencia de la protagonista.

Convence la deriva de una novela que tiene tiznes de existencialismo, pero también es denuncia y reivindicación. El papel de la mujer en un medio agreste, cerrado, con presupuestos arcaicos, donde el fantasma de las convenciones sociales, siempre deprimidas y deprimentes. Cuando el relato termina y la protagonista vuelve a la normalidad, con la duda si ésta será sólo aparente, la memoria, intransigente, hará que nada de lo ocurrido se olvide y la conciencia tenga que superar muchas incertidumbres. Al cabo, eso es la adolescencia: la duda que no decrece.

Sugiero que se lea esta novela más allá de las palabras que la edulcoran. Es un ejercicio, pero merece la pena, pues, en definitiva, son las palabras las que nos conducen al laberinto, pero, así mismo, nos sacarán de él.

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