Tres fueron los Reyes Magos, las Gracias y las naves que guiaron a Colón; tres los mosqueteros, los deseos del genio y las leyes de Newton y, he aquí la mayor sorpresa, tres es el número mágico que nos resuelve cualquier decoración.

Pero ¿por qué tres y no cuatro?

Está demostrado científicamente que el ojo humano percibe mejor las composiciones impares que las pares, y en concreto las realizadas con tres elementos, ya que es el número más pequeño que nuestro cerebro percibe como un patrón.

Nuestro ojo, instintivamente, tiene la necesidad de buscar un centro que aporte equilibrio y armonía. Es más fácil para nuestra percepción llegar a esta simetría a través de un centro generado por impares que duplicando un elemento, quizás porque resulta más natural y menos forzada, o porque tiene cierto dinamismo que nos estimula y agrada. Una composición de dos objetos pasa más desapercibida que una de tres, ya que obligamos al ojo a moverse más, sobre todo si incluimos distintas dimensiones. Estamos hablando de la regla del tres o de los impares, y vamos a ver cómo aplicarla en casa.

Esta regla funciona tanto con elementos iguales como diferentes.  Empecemos con tres elementos diferentes sobre una mesa de centro: una vela, un libro y un jarrón. Estamos creando una composición armoniosa y estética que percibimos como natural, como si casualmente estuviera ahí. Quizás has escuchado hablar de esta tendencia tan de moda que se llama effortless chic, es fácil conseguirla con elementos de diferentes formas y alturas, ya que su conjunto nos aporta una dosis extra de movimiento.

Si pensamos en una secuencia de objetos, funciona muy bien suspender sobre una mesa de comedor o una isla tres luminarias iguales.

También podemos llenar una esquina con tres maceteros a diferentes niveles de altura, formando una composición viva a la vista. Otro recurso muy socorrido es vestir una pared con tres cuadros que formen una serie o incluso con uno grande en el que encontremos tres elementos bien diferenciados. Tres espejos de diferentes tamaños también pueden darnos la clave.

No nos limitemos a pequeños objetos, valoremos composiciones de muebles:  una mesa auxiliar, una lámpara de pie y una butaca pueden generar un conjunto con mucho encanto. Una consola, un espejo y una lámpara de mesa nos resuelven la entrada de la casa. Se estila mucho formar un juego con tres mesitas de centro de distintas medidas. Además, éstas se pueden completar con un sofá custodiado por dos sillones, lo que supone un doble trío muy común que nos lleva a un acierto asegurado.

Podemos aplicar también esta regla en materiales, colores y texturas. Por ejemplo, en arquitectura se recurre mucho a este combo: madera, metal y vidrio, y se repite más de lo que crees. Piensa en una escalera de madera con la estructura de metal y la barandilla de vidrio, funciona ¿verdad?

Si queremos llevar la regla al color es mejor trabajarlo con sutileza; suele funcionar combinar dos colores neutros o claros, que abarquen la mayor parte del espacio, con uno más intenso u oscuro que aporte esa diferencia en pequeños detalles. Conviene no saturar una estancia con más de tres textiles, siendo importante cuadrar el tejido de las cortinas con el del sofá y quizás darle esos toques de alegría o realce con el textil de los cojines, un puff o la pantalla de la lámpara.

Lo mejor de esta regla es su versatilidad y cabida en todos los estilos, desde el clásico al minimalismo. No tengas miedo de llevártela al exterior o a la oficina, tener la zona de trabajo ordenada es tremendamente estimulante.

Uno es soledad, dos es pareja y tres es grupo. Ahora vuelve a leer esta última frase pensando en decoración. Mientras que con un elemento puede quedarse el espacio vacío, con dos podemos pecar de soso o estático, pero con tres estaremos en el camino de lograr esa sensación de conjunto que nos reconforta y complace nuestra mente.

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