Estudio en negro. José Carlos Somoza.
Editorial Espasa. Precio: 19,90 €.

“En las historias de las tribus del Oeste americano, lo que para un vaquero puede ser un incendio para un indio son señales de humo. Hay un lenguaje oculto en todo lo que hacemos, se lo aseguro.”

“La intuición nunca se equivoca, porque las intuiciones falsas no son intuiciones, sino razonamientos erróneos camuflados.”

Podríamos escoger otras muchas frases igualmente elocuentes, incluso intercambiarlas, para identificar el sentido de una novela que trabaja con retazos culturales que todo lector que se precie lleva dentro, como una parte de su biografía cultural.

José Carlos Somoza nos regala un sentido y significativo homenaje narrativo a la literatura de investigación policial, al misterio, al crimen y, en definitiva, al género negro, del que todos nos hemos alimentado. Pero también al teatro, la escena donde se representa la mentira de lo que somos, el engaño expuesto a la luz del público, el hurto de identidades extendido a la platea y, más allá del telón que divide la ficción de la realidad, la verdad y la mentira, a la calle, a la vida cotidiana, donde nada es lo que parece.

Retoma de la literatura dos personajes, también entre la realidad y la ficción, Conan Doyle y su creación, Sherlock Holmes, para sugerir un juego de espejos, de sombras y enredos, que se irán descubriendo a medida que avance el argumento y se dilucide la trama, donde hay crímenes, sospechas y misterio, al cabo, como toda buena novela de ese corte imaginario.

Demuestra, además, Somoza que la ficción permite libertades como la de juntar en un mismo espacio físico y temporal a un escritor de la trascendencia de Doyle y a su personaje principal, Sherlock Holmes, que con el tiempo ha escapado del rigor de las novelas de su autor para viajar libremente de unos argumentos a otros: libros, series de televisión, cine…

Homenaje a un género fácilmente reconocible y, por ende, a la literatura en general y a su proceso de formación desde las primeras pesquisas e intuiciones, que en el caso de este nuevo Sherlock, llamado X, son certezas inexorables. Desde su sillón en un centro de salud privado donde lo visitan su enfermera y un grupo de chavales que le van dando cuenta de lo que ocurre en el exterior, el detective telepático es capaz de aprehender el sentido de las cosas (ya que su significado lo aporta él) y adivinar el cariz que van a tomar en lo sucesivo, como si fueran sucesos ya acontecidos. Desde su sillón elabora teorías sobre la maldad, el engaño y la mentira que, sin intención en muchos casos, acoge el espíritu del ser humano como individuo y como miembro de una comunidad cuyo foco más iluminador se posa en la tarima de un teatro; si es clandestino, mejor se lo ponen.

El personaje que narra es una mujer, la enfermera particular del señor X, un toque de atención sobre la volubilidad de las ideas en una sociedad machista que, narrativamente hablando, se resuelve sin necesidad de una reivindicación expresa sobre el papel de la mujer cuando los acontecimientos deciden que ésta, la protagonista, sea actriz, espectadora y víctima propicia de la puesta en escena. Hablo poco de Conan Doyle, precisamente, porque juega un papel fundamental en la visión del engaño y el misterio que envuelve la trama, que, a la postre, es la trama del convivir diario. El mundo es un teatro, a veces guiñol, ya ha sido dicho.

Si de algo sirve mi humilde opinión de lector afligido por las circunstancias, diré que es una buena novela que recrea una atmósfera conocida pero cuyos misterios más finos vamos descubriendo, por primera vez o una vez más. Es un homenaje también al lector y un placer:

-¿Qué tiene de malo el placer?

-Nada. Eso es lo que tiene de malo.

Pues eso; si la leéis lo comprobaréis.

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