El paisaje se hace en el poema. José Corredor-Matheos.
Editorial Fundación Ortega Muñoz. Precio: 12 €

Andrés Trapiello escribió en una ocasión que los autores siempre están escribiendo «el mismo libro».

Apuntaba con ello a las obsesiones personales y a esa otra, que también lo es, de buscar el texto perfecto.

Si hay un escritor para el que esa descripción sea adecuada es José Corredor-Matheos, manchego residente en Cataluña durante casi toda su vida y, hoy por hoy, uno de los seniors de nuestra república de las Letras. Perteneciente a la Generación del 50, es un poeta de la estirpe de los inspirados, con sed de absoluto, que lleva persiguiendo en su obra, a base de variaciones sobre unos pocos motivos, realizadas siempre con gusto y elegancia, el fin de lo perfectible.

La Fundación Ortega Muñoz, institución dedicada a la memoria del paisajista extremeño, en edición de Jordi Doce, publica en la colección «Voces sin tiempo» esta antología temática de José Corredor-Matheos. La han precedido otros dos títulos más que recomendables: la traducción de Francisco J. Uriz del poemario póstumo del sueco Gunnar Ekelöf Partitura y una antología de Ángel Crespo, realizada bajo el prisma de la relación de su obra con el mundo natural, La voluntad de perdurar (Poemas 1949-1964). Se trata de unos libros que no pueden ser más que admirados como objetos: papeles de calidad, cuidadosa maquetación y buen gusto tipográfico.

El paisaje se hace en el poema (Poemas 1951-2017), cuyo título procede de una composición que aparecía en El don de la ignorancia, volumen que se hizo merecedor del Premio Nacional de poesía en 2005, incluye ochenta y seis poemas que han sido seleccionados de la poesía reunida publicada en 2011 —la cual incluía poemas anteriores a 1953, año del primer libro de versos editado por el autor, y de ahí el rango temporal del subtítulo— y del poemario posterior, Sin ruido, ambos en Tusquets Editores, más tres poemas inéditos como deferencia y diferencia para esta edición. Ordenados cronológicamente, reflejan la casi totalidad de las composiciones que Corredor-Matheos ha escrito sobre el paisaje y la naturaleza. Puestos en familia, en relación de vecindad, conforman un libro de nueva planta, como era el propósito declarado del editor, el también poeta Jordi Doce, quien en el prefacio desmenuza alguna de las claves por las que son relevantes estos poemas dedicados al mundo natural en la producción del antologado: «configuran una de las vetas más constantes y significativas de su obra. Así lo confirma esta selección, que nos propone un viaje desde una ficción lúcida, dolorosa y esperanzada de la propia finitud hasta la actitud —no menos lúcida— de serenidad o despreocupación con que el poeta acepta “que la vida empieza cuando acaba”».

«Que escriba sola. / Deja volar la pluma / en el paisaje», podría ser el lema que anima la escritura paisajística de nuestro autor. Pero hay otro haiku, y no es muy común encontrar encerradas en los diecisiete golpes de voz de un haiku lo que podría considerarse toda una poética, que acaso es aún más pertinente al hacer de Corredor-Matheos, pues plantea una inversión de lo natural, la reivindicación del milagro, la apuesta firme por el poema como el lugar que refleja el asombro producido por el mundo: «Hoja caída, / salta ahora a la rama / y reverdece». Recordamos ahora que Octavio Paz definía la poesía como «el reverdecer de la hierba en la mano» y las palabras de Christian Bobin sobre la brizna de yerba como «una de las formas de lo inagotable», pero el asombro acaso no pueda tener mejor casa de acogida que ese asombro al cuadrado que produce el haiku, esa frágil estructura donde puede caber lo mismo una banalidad que la pura maravilla, cuando se logra suspender el tiempo.

Existe, aunque tengamos la impresión de que a Corredor-Matheos le anima esa pulsión de perseguir infatigablemente esos «mismos poemas» que citábamos al principio, una evolución entre el poeta de los primeros y los últimos libros. Una vez más, lo explica muy bien Jordi Doce: «La relación con el mundo natural es un aprendizaje, desde luego, pero consiste precisamente en desaprender los nombres y abrazar las presencias, desechar los conceptos y desvelar las relaciones, quedarse inmóvil en el tiempo y saltar en el espacio, ir de una cosa a otra por la red que las conecta en un solo instante de percepción».

El autor maduro se duele de no ser capaz más que de lograr poemas «que son sólo poemas», de alzar árboles que no dan sombra, bosques que carecen de aromas y silencio. Se nos presenta el poeta como un imperfecto Hacedor de mundos incompletos. Se nos hacen patentes las limitaciones del verbo tensionando la conciencia, el dolor de ser un ser y no el Ser. Un creador y no el Creador, capaz de erigir universos. La impotencia, en fin, del hombre frente a la Naturaleza. Pero también, junto a ello, el alborozo de haber alcanzado la humana conciencia de ello. Y de dejar, como una necesidad, testimonio.

Qué paz, esta de ver
cómo cae la nieve,
cómo desaparece
mientras la estás mirando.
Y qué paz, la de ver
cómo desapareces
tú también,
sin dejar de mirarla.

José Corredor-Matheos

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