¿Cómo afrontar los argumentos literarios que ofrece una pandemia?

¿Qué fue antes: el virus o su relato?

Desde los albores del confinamiento, cuando la epidemia del coronavirus tomaba cariz de pandemia y empezaba a diezmar a la población del mundo, han sido temas recurrentes un libro, La peste, del escritor argelino Albert Camus, publicado en 1947 en ediciones Gallimar y la injustamente llamada Gripe Española de 1918. La búsqueda de paralelismos y coincidencias con el/la covid-19 parece razonable, por cuanto la memoria debería servir para recordar los males y despistes del pasado para prevenir y que no se repitan en el presente; si bien la exageración puede conducir a desajustes peores sin contar con los emocionales.

No quiero redundar en ello, aunque al fin redunde por inercia y fuerza de la costumbre y en la medida en que la propia pandemia me ayude a dejar de hablar de la pandemia. Si lo dijera Monterroso sonaría a “cuando desperté, el coronavirus seguía ahí” y, en efecto, ahí sigue y sin visos de querer irse, al menos no de manera voluntaria. De nada sirve volver a cerrar los ojos.

Hemos hecho frente a la sorpresa inicial con el relato diario de la pandemia, lo hemos compartido con la búsqueda de respuestas y atajos para llegar al núcleo del covid-19 a la vez que se ensayan posibles soluciones y se trata de evaluar no sólo los daños sino también las consecuencias individuales y colectivas de este paso por el infierno viral.

Durante el confinamiento la reflexión forzosa y ensimismada es como una noria que da vueltas y vueltas alrededor de un único argumento: aquel que nos sitúa en una interrogación constante y previsible. ¿Cómo dar forma literaria al virus mientras se le está sufriendo, la muerte pide atención y respeto y las previsiones de futuro no son nada halagüeñas? ¿Qué escribir de esta distopía hecha realidad?

El fin del futuro, en un mundo que ya no podemos manejar. Cuando, además, ya nos hemos dado cuenta de que no lo podemos manejar; ni siquiera en los términos básicos que nosotros mismos hemos inventado para él.

Para que el relato de lo que ocurre sea fiable deben dejarse reposar los argumentos; pero el tiempo se ha dado la vuelta durante el confinamiento: un falso remanso debajo del cual ha habido un torbellino de ansiedad y prisa. Hay prisa por contar lo que nos ha sucedido. Los relatos se sucederán. El confinamiento es fuente de argumentos e impone la necesidad de contar sin guardar la distancia de seguridad.

Ya han aparecido los primeros relatos literarios de la pandemia. Todavía no sabemos hasta cuando la tendremos entre nosotros, ni cuáles sean las medidas más adecuadas para mantenerla a raya, pero la hemos interiorizado de tal modo que necesitamos sacarla fuera incluso antes de haber hecho la digestión.

Yo prefiero esperar y, con permiso de los acontecimientos y las autoridades sanitarias, desde la pandemia, dejar de escribir sobre la pandemia. Quizá a eso se deba el haber dejado el libro de Camus sobre la epidemia de peste para el final. Mi relación con Camus ha sido extraña. Devoré y releí sus ensayos. El extranjero ha sido mi novela de cabecera a intervalos regulares de propósitos distintos. En cuanto a La peste la leí cuando la adolescencia buscaba un respiro para salir de la caverna y no la volví a abrir hasta ahora. No quise leerla, sin embargo, al principio de la pandemia cuando se promocionó tanto como aviso a navegantes. Creo que hice bien, pues leerla ahora ha resuelto algunas dudas y contradicciones que mantengo con la realidad −porque la enfermedad es real y se propaga; también la que recoge Camus de la historia de las epidemias en Orán−; aunque como suele ocurrir me haya dejado algunas cuestiones por resolver.

Por ejemplo: ¿Fue Camus quien adivinó lo que iba a suceder en el mundo o el/la covid-19 que leyó la novela del autor argelino para actuar en consecuencia?

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