El lento adiós de los tranvías. Manuel Rico.
Editorial Huso. Precio: 19 €.

El lento adiós de los tranvías es una reedición de la novela publicada en 1992; pero sigue produciendo el mismo desasosiego. Tal es su fidelidad a la realidad.

Manuel Rico pone sus zapatos nuevos sobre los adoquines de la dictadura, donde las huellas del miedo y la represión siguen estando frescas.

“La reedición de esta novela no sólo nos permite la recuperación de un excelente texto narrativo, sino que nos sirve también para considerar el nivel de calidad del género cuando ya la democracia se había asentado entre nosotros.” (José María Merino).

José María Merino ha escrito el prólogo de esta nueva edición del Lento adiós de los tranvías y con palabras firmes y precisas ha trazado el marco interpretativo de una novela publicada en 1992, cuando aún no habían transcurrido 20 años de la muerte del dictador y las heridas todavía supuraban una mezcla de liberación y desasosiego. Poca interpretación, sin embargo, parece requerir para el docto académico de la lengua un texto que está tan pegado a la realidad que no admite dudas sobre el efecto que provoca en el lector. El propio Merino describe el esfuerzo que debió suponerle al autor para que esto fuera así:

“…en el planteamiento polifacético del autor inciden sutilmente ciertas referencias que juegan también con lo testimonial y lo simbólico, pues no es casual que, al hilo de la narración, estén citados el film Nueve cartas a Berta, el expresionismo alemán, Georges Simenon, la poesía, Kafka, Blowing in the Wind de Bob Dylan, o Cuadernos para el diálogo, como elementos que inciden en la complejidad de la novela a lo largo de su transcurso para ajustarla certeramente a la realidad.”

Si la novela de Manuel Rico se hubiera editado ahora por primera vez y la despojásemos de su indudable valor literario, tal vez cayéramos en la tentación de pensar que trata de un tema ya muy manido. 28 años después, esta reedición quizá viene a decirnos que entonces, también al margen de su calidad, no la leímos como se merecían la novela y su autor, lo que certifica la pertinencia de la misma.

El tiempo, que nos hace mayores, viejos desmemoriados, paradójicamente tiene la virtud de fijar los trazos de la memoria en los adoquines desgastados que han contemplado nuestro paso por la vida. La literatura es el pegamento que fija esos adoquines al suelo ilusorio donde pisamos y, en cierto modo, el revulsivo que hace que esos trazos se expandan sin riesgo de sufrir un terremoto, ni de que desaparezcan de las piedras.

Los hechos, una vez han pasado, son inmutables, ya no se pueden cambiar; la realidad es impía. La memoria, como nosotros mismos, no lo es y, en su versión más generosa, establece un marco para la redención y el alivio de la conciencia. La literatura, por más ficción que contenga, es tan impía como la realidad. Esta novela, 28 años después, lo demuestra con talento y eficacia perseverante.

El lento adiós de los tranvías sigue pegada a la realidad y hace que esta se despliegue en torno al referéndum de 1966, cuando la dictadura de Franco quería dar una cara más amable, sobre todo ante el periodismo, a la vez que seguía reprimiendo con contundencia cualquier conato de rebeldía, desobediencia o desafección al régimen. Trata de una ausencia –o desaparición−, de las muchas que por diferentes causas dentro de un solo conflicto ocurrieron tras la guerra civil española. Un pintor. Un periodista en excedencia que, primero investiga en la dudosa y poco conocida vida del desaparecido, luego inicia una búsqueda real, vital, del personaje, con todos los contratiempos que ponen en el camino los que desde la amenaza y la violencia quieren impedir que las pesquisas lleguen a buen puerto. Y, después, la casi integración del periodista en la memoria del pintor que, a medida que se va desvelando, tanto más se va acercando a la muerte real, provocada por la propia búsqueda, del ya anciano y vagabundo artista.

Manuel Rico es un escritor silencioso que nunca levanta la voz. Esta resuena, eso sí, cuando sus zapatos rozan los adoquines; sobre todo los de las calles y aceras de Madrid, de donde emana su propia memoria; más ahora si cabe que han pasado 28 años desde que las palabras hicieran su labor. A modo simbólico, pero igualmente real, todo ocurre cuando la capital se empieza a expandir, hay nuevos planes urbanísticos y los tranvías están a punto de desaparecer.

Si no habéis leído la novela, os la recomiendo. Si ya la habéis leído, también.

 
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