Me encantará estar de solista con mi manzana en el regazo, a la espera de que me dé entrada el director, batuta en mano.

Sentada en la cocina, con los pies en alto, mastico una manzana al ritmo de la música. Mi boca está acostumbrada a este ritual, y lo que en un principio fue una pequeña ocurrencia, con el paso del tiempo, se va convirtiendo en un reto al que tengo que prestar la  máxima concentración.

Si la música que elijo es vivace, siento que a mis mandíbulas les cuesta cuadrar el ritmo; en estos casos, como las conozco desde siempre, procuro trocear la fruta en fragmentos diminutos, para que el sufrimiento descanse cada poco. Debo tener consideración, porque me demuestran continuamente el deseo de cumplir su función con responsabilidad, y creo que no merecen caer agotadas. Gracias a ellas, el sonido que llega a mis oídos está acompasado, con una base brumosa y húmeda que solo yo detecto.

Ya saben distinguir los compases binarios de los ternarios (sus preferidos) Cuando con una enorme felicidad descubrieron el tempo di vals, al oír a todo volumen el primer movimiento de «Masquerade» de Khachaturian, me sugirieron un pequeño cambio en el color del sonido entre el primer pulso y los dos siguientes. Echaban en falta un sustento que latiera entre ellas, y después  de mucho pensar, y dándoles la razón, añadí un toque de la lengua con el paladar en cada parte. Al principio la sinhueso protestó, porque aunque no se hacía daño, no le gustaban los cabezazos continuos por muy rítmicos que fueran, y además el paladar al vivir atado y sin libertad tenía muy mal carácter.

Como siento que aprovechan al máximo los momentos de descanso quedándose inmóviles a la espera de más, procuro actuar con lentitud cuando preparo la siguiente  ración. Con la ilusión que  compartimos, y a base de trabajar cada día,  vamos perfeccionando nuestra técnica. Unas veces por iniciativa propia, y otras por su sugerencia añadimos nuevos elementos que están cerca y no requieren una gran movilidad.

La última novedad es tragar al principio de cada frase musical, en algunos momentos para caer a tempo tengo que esperar, pero con la práctica diaria cada vez calculo mejor. Ahora tenemos dominadas las piezas rítmicas; yo actúo de metrónomo, y a veces para hacerlo coincidir con el discurso musical, añado preciosos ritardandos o acellerandos que mejoran la calidad interpretativa.

Para evitar la monotonía, les estoy enseñando a controlar las diferentes intensidades con pequeños ejemplos. Aprenden rápido y con soltura a deslizarse  con suavidad sobre el susurro de la respiración, que con su ritmo tranquilo oxigena todos los movimientos. También las toses o atragantamientos nos sirven para enfatizar pasajes rítmicos como los de «La Consagración de la Primavera» de  Stravinsky, o alguna de las obras de Bartok en las que la percusión tiene una gran participación.

Estoy terminando una composición para mandíbulas y piano, que se titula «la manzana» . Calculo que la podré estrenar en el mes de Abril, y si tiene el éxito que espero, pronto la transcribiré para orquesta. Me encantará estar de solista con mi manzana en el regazo, a la espera de que me dé la entrada el director, batuta en mano.

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