Tenía una enorme necesidad de descansar, pero no fue consciente de ello hasta que se desmayó en el pasillo de su casa. El golpe que se dio contra el suelo le provocó una rotura en la muñeca izquierda, por suerte sin desplazamiento, y raspones en los nudillos de la mano que a tenor de su profundidad dejarían marca como señal de identidad. Siempre le había parecido peligrosa esa escultura llena de incrustaciones de hierro que se le había ocurrido hacer sin prever el riesgo que podía encerrar. No tuvo la cautela de colocarla en otro lugar menos transitado, y como estéticamente quedaba preciosa, ahí la dejó. Eso sí, cuidaba de que ningún invitado tropezara con ella.

Como su vida era tocar el piano y ahora no lo podía hacer, lejos de agobiarse se planteó los siguientes días como si fueran un regalo del destino. Era tan positiva que comenzó a disfrutar del tiempo libre que gracias al incidente había aumentado considerablemente. Se puso al día con las ansiadas horas de descanso, y comenzó a desarrollar sus hobbies de siempre, haciendo hincapié en el de la escritura. También dibujaba y creaba formas en tres dimensiones pensadas para colocarlas en unas preciosas peanas de bronce que le habían regalado con cariño hace mucho tiempo. Pasaba horas plasmando en el papel historias divertidas unas veces, y tristes otras dependiendo de su estado de ánimo. Solo descansaba de sus nuevas actividades para hacerse las curas que le había recomendado su médico. Observando las heridas comenzó a hacerlas suyas encontrando incluso algo de belleza en el contorno, como si fueran una secuencia de tatuajes meditados durante mucho tiempo. 

Pasaron los días y cerca de la total recuperación, comenzó a sumergirse en su vida de siempre, pero con una visión diferente. Paulatinamente fue cogiendo fuerza en su debilitado brazo. A pesar de la inactividad del último mes, se dio cuenta de que muchos problemas técnicos que tenía en los pasajes complicados, los había resuelto gracias a no pensar en ellos como si fueran el fin del mundo. También la interpretación del repertorio que estaba trabajando era mucho más sorprendente, sabía que la música siempre espera con paciencia fluir con naturalidad, y lo había conseguido. Por primera vez dio gracias a Bach, Beethoven y Brahms por haber escrito esas maravillas que acababa de descubrir a pesar de que llevaba mucho tiempo ejecutándolas. Ante semejantes y placenteras sensaciones consideró que ya estaba recuperada.

Analizando los evidentes cambios que habían nacido en su interior, lo que en principio fue una mala suerte, se dio cuenta de que nada estaba más lejos de la realidad. La energía que por obligación tuvo que soltar en ese momento de su vida le sirvió de trampolín hacia mundos desconocidos. Mundos placenteros que ya no pudo abandonar jamás.

Ordenó su estudio de una manera muy diferente. La escultura con incrustaciones de hierro presidía la estancia en un lugar seguro (lo tenía merecido). Colocó todos los textos que había escrito encima del piano de cola, los dibujos en el taburete, y al lado de los pedales fijó las preciosas peanas de bronce que sujetaban las tres nuevas dimensiones de su reciente creación. Cuando consideró que todo estaba en orden se fue y los dejó conversando, intuía un buen entendimiento y no quería mediar. Al comprobar la enorme luminosidad que comenzó a salir por la rendija de la puerta se emocionó.

 (Sus tatuajes llaman la atención en los conciertos, y algún pianista empieza a ponerlos de moda).

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