Cuando rompió una vez más la guitarra incrustándosela en la cabeza al que estuvo a punto de acuchillar a su hermano, la desolación comenzó a formar parte de su vida construyendo los propios mecanismos de defensa para que nunca volviera a suceder.

Su maravillosa guitarra tenía más años que él, era una Framus y se la había comprado a un particular con sus ahorros el día que cumplió la mayoría de edad. No sabía tocarla, pero solo su presencia le daba una energía indescriptible. Había construido una peana de madera de caoba para poder verla erguida al lado de su escritorio, y todos los días le dedicaba unos minutos de meditación, en los que alguna vez oyó cómo sonaba en forma de gemidos que le conmovían. Nunca llegó a hablar con ella, pero en muchas ocasiones estuvo a punto. No sabía nada de su pasado, sentía que tenía vida propia y correspondía a sus cuidados con una gran sonrisa. Las cuerdas vibraban solas, y él sabía que era su manera de dar las gracias. Aprendió a afinarla, y la mantenía impoluta acariciando sus curvas todos los días para que no hubiera ni el más mínimo atisbo de suciedad.

En una ocasión una visita inesperada llegó a su casa, era un desconocido que, aunque le sonaba su cara, no sabía de qué, y ante la buena sensación que le causó su semblante, le dejó pasar. Enseguida hacía amigos fiándose de todo el mundo, algo que no comprendían los que le querían de verdad. Se dirigieron al estudio, lugar en el que la guitarra presidía el espacio desde que llegó hacía ya doce años. La transformación del desconocido al verla fue tan radical, que el miedo campó a sus anchas. Ante la incertidumbre de lo que podía pasar, se colocó delante de su bien más preciado mientras divisaba cómo un pequeño temblor provocaba que las paredes desnivelaran levemente los cuadros que con mimo había colgado por las paredes. La mayoría eran fotografías de Jimmy Hendrix, Eric Clapton, Robert Johnson y BB King, entre otros. El eco de un gran alarido provocó que de la boca de la guitarra saliera un huracán, y destrozando todo lo que encontraba por el camino se introdujo con rapidez en el cuerpo del intruso provocando su desaparición al hacerlo volar por la ventana. Una serpentina de humo avanzaba a gran velocidad hasta que se perdió en el espacio.

El silencio vino a visitarle y se instaló a su lado durante mucho tiempo. Dejó de ser él mismo, incapaz de desterrar para siempre la desagradable experiencia, no se atrevió a entrar en el estudio mientras tuviera presente lo que había ocurrido. Comenzó a vivir en otras estancias de la casa dejando ese espacio cerrado con un fuerte candado. Soñaba con la música, escuchaba a los grandes de la guitarra y echaba de menos su vida, tenía miedo. Iba tachando los días en el calendario, se había propuesto deshacer el entuerto en una fecha determinada, y contó que solo faltaban tres semanas para abrir el candado y entrar. Practicó múltiples ejercicios de relajación para estar preparado anímicamente; fue eliminando el pánico paulatinamente mientras iba atrayendo a su memoria los múltiples recuerdos felices que había vivido a su lado. Por fin se sintió preparado.

Y llegó el momento; con una decisión estudiada y respirando con la tranquilidad que había aprendido a provocar, abrió la puerta. En silencio total se congeló el ambiente y dejó de sentir durante no sabe cuánto tiempo. Poco a poco sin mover la cabeza comenzó a divisar de reojo con una mirada cautelosa todos los rincones buscando una explicación, y llorando de emoción al ver que todo estaba igual que siempre, abrazó con fuerza a su guitarra. Escuchó por primera vez de su voz los maltratos aberrantes que formaban parte de la historia de su vida, y describió con la claridad y minuciosidad que requería la situación, los momentos más espantosos. Se lo debía. Fue la única vez que su guitarra se expresó con palabras. A partir de ese momento eligió, como modo de vida, la felicidad, y con una enorme ilusión aprendió a hacer sonar su querida Framus impregnando de hermosas melodías todo lo que le rodeaba. Se convirtió en un gran intérprete, y después de un tiempo y numerosos recitales, se atrevió a colgar al lado de los grandes una foto suya; con orgullo se consideraba uno más.

No le gustaba sacarla de casa. Cada vez que tenía un concierto, aunque le introducía en la boca un gran paño impoluto a presión antes de enfundarla, siempre iba con miedo.

 

 

 

 

 

 

  

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