Tao. El camino. Michael Puett. Christine Gross-Loh.
Tao. El camino. Michael Puett. Christine Gross-Loh.
Editorial Martínez Roca. Precio: 16,95 euros

La proliferación de libros que pretende ser guías en esa búsqueda irremediable de la felicidad y una vida mejor, hace que, con frecuencia, salgan a la palestra las filosofías antiguas. Cuando en las aulas tiende a desaparecer la asignatura de filosofía y las humanidades son disciplinas caducas que parecen haber caído en la red de la tecnología digital, donde, por el momento, todo vale, las enseñanzas de los filósofos antiguos surgen de nuevo como aditamentos de una educación global orientada a la buena vida desde el territorio de la divulgación. Los libros de autoayuda encuentran buenos réditos en que ahora empieza a ser un misterio sin utilidad.

La utilidad de estos libros, muchos de los cuales renuncian a tal etiqueta, admite muchas consideraciones e incluso antipatías declaradas. Si descartamos a los profetas y a los que creen tener la pócima de la sanación del espíritu, el bálsamo de Fierabrás, podemos concluir que, en no pocos casos, y aunque no siempre consigan su objetivo preliminar, ayudan a entender un mundo y unas ideas que se resisten al olvido.

En un mundo tan globalizado, asentado, definitivamente, en las redes, con la cantidad tal de información que se recibe a cada minuto, imposible de contrastar y de discernir entre lo conveniente y lo oscuro, puede ser beneficioso disponer de unos elementos que nos ayuden a ajustar nuestra relación con la vida y con nuestras ideas. Internet no tiene ideas; es un medio de comunicación que, si no se ajusta a nuestra conveniencia y perspectiva, acabará por convertirse en la única idea posible. Las ideas están en los contenidos de los textos que aparecen en las redes, que hay que cuidar como si fueran tesoros que bien descubiertos han de proporcionar conocimientos, universales en este caso; también los libros que mantienen el formato y que no tienen que ver con la llamada autoayuda, por más que presten mucha ayuda.

Dicho esto, soy consciente de que sería necedad pretender que todo el mundo accediera a todos esos libros y textos que pueden servir, más allá del conocimiento, a la formulación de unas ideas que estimulen la formulación de un modo de proceder adecuado a las inquietudes de cada cual. Se necesita tiempo y voluntad para adquirir los conocimientos adecuados para tal o cual manera de vivir. La cultura es un espacio que emite destellos que servirán a unos o a otros, los cuales deben estar preparados para sentirlos.

Loable es la búsqueda de la felicidad, si no necesaria para habitar en mundo donde el dolor y la fatalidad, la incertidumbre y la desolación, son el pan de cada día. La felicidad es asunto difícil identificación. No son pocos los ilustrados los que piensan que la felicidad completa no existe y, si existiera, sería terrible y difícil de sobrellevar. La vida es una mezcla de dolor y placer y, como dice Epicuro, el intento continuo de instalarnos en el placer y reducir al máximo el dolor; difícil tarea, aunque, como enseña el Tao, la verdad de lo que somos reside en nuestro interior. Por eso hay que encontrar el camino y, para ello, es necesario ajustar unas costumbres y crear unos rituales que nos guíen entre lo tortuoso de la realidad que nos circunde.

Así pues, no debemos desechar la utilidad de estos libros, que dejaré de llamar “de autoayuda”; que seguro que ayudan a mucha gente en momentos determinados y ante circunstancias inesperadas. Tampoco hay que descartar que, además de su pretensión de guías, nos abran la puerta de conocimientos ancestrales que, en otro caso, jamás habríamos traspasado. Igual es pretencioso pensar que estamos predicando el buen camino, como si hubiéramos descubierto la fórmula del crecepelo; el mundo de los sentimientos y las emociones es tan voluble que no hay fórmulas posibles, ni siquiera las que predicaron, directa o subliminalmente, los filósofos antiguos. Pero la posibilidad de vislumbrar otro mundo y otras ideas es una oportunidad, pues al cabo de aquellas enseñanzas seguimos alimentándonos.

En este sentido, creo que hay que celebrar la salida de este libro, cuyo propósito va más lejos que la posibilidad de ayudar en una circunstancia concreta, alentando a una nueva forma de vida. Desempolvar a los filósofos chinos de la antigüedad, significa, en cierto, modo que siguen vivos. Y que lo sigan estando mucho tiempo.

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