La muerte del comendador (Libro 2) Haruki Murakami.
Editorial Tusquets. Precio: 21,90 Euros.

La extrañeza deja de ser un concepto cuando se convierte en un reto.

¿Qué es lo verdadero? ¿La realidad o la ficción? ¿El hombre o la metáfora?

No es nuevo para nosotros este autor japonés, perpetuo candidato al Nobel, que el pasado 13 de enero cumplió 70 años. Tampoco lo es la historia que cuenta en La muerte del comendador (Libro 2), ya que tiene su precedente en el libro 1, de muy grato recuerdo para los lectores; si bien no tanto para las autoridades morales que llegaron a retirar su candidatura al Premio antes mencionado (“algún día lo ganará”, dicen sus lectores agradecidos por la honestidad del escritor. “Que no esperen mucho”, digo yo, pues el silencio y el olvido están a la vuelta de la esquina de las malas decisiones oficiales.). Por otra parte, no sería el único autor con talento en engrosar la nómina de los nunca premiados con tan preciado galardón; pecata minuta, según se mire.

Y mucho menos lo es el reto que propone, del que tanto y tan a  menudo hablamos: el juego eterno entre la realidad y la fantasía, el poder de los sueños más allá de su significación simbólica, la magia de la ficción. ¿Dónde está lo verdadero? Tanto la una como las otras tienen oquedades, distribuyen trampas, son peligrosas. Los sueños ofrecen respuestas, pero incitan al desbarre cuando la incógnita persiste. Esa es la esencia de la literatura de Murakami. Los sueños incitan a la acción, que, a su vez, conducen al lector a un laberinto subterráneo donde ya están los protagonistas, saciados de incógnitas que piden con fuerza y agresividad su resolución. Incluso los gestos que se llevan a cabo en la realidad más determinante en la vida de los personajes tienen su contrapartida en ese mundo subterráneo colmado de preguntas y una sola respuesta.

Todo empieza con un desengaño amoroso. El protagonista y narrador en primera persona es abandonado por su mujer e inicia una huida hacia un mundo imposible. El final de la escapada viene a ser peor que el problema en sí. De hecho, las coordenadas de ese mundo imposible no tienen nada que ver con las de su mundo anterior: son las coordenadas imprecisas, pero bien ajustadas a favor de la aventura que, indefectiblemente, desembocará en el territorio neblinoso de la ficción. Sólo cuando pone obstáculos la ficción se convierte en la verdad de la vida. No hay vida sin sueños, sin trampas, sin retos, sin imaginación, por más que estos no sean provocados. Escribir es el único remedio eficaz contra los fantasmas y en esta novela hay muchos.

No es nuevo, así mismo, que la incursión en el mundo oscuro parta del tropiezo fortuito con un cuadro; lo que invita a pensar, no sólo en la fuerza del arte, sino también en una pregunta que sobrepasa la concepción surrealista de la literatura. ¿Pueden adquirir vida propia los personajes de las novelas, las imágenes de los cuadros? ¿Son capaces estos de, además de representarla y convertirla en memoria, intervenir en la vida de sus autores? Murakami se empeña y lo hace muy bien en convencernos de que así es.

El narrador es pintor y el encuentro fortuito en el desván de una casa que le han prestado, La muerte del comendador, lo arrastra a un precipicio de señales débiles que, a poco, se transformarán en evidencias con las que tendrá que vivir, al menos hasta que se resuelva la gran incógnita. Como que los personajes salgan del encorsetamiento del cuadro, reconocido como una obra maestra, la mejor obra  del pintor que le precedió y que intentó mantener oculto, pues contenía todo lo que había sido su vida. Los personajes influyen y de qué manera en el porvenir de sus creadores. El laberinto se va estrechando a medida que deviene en una realidad posible y los personajes deambulan por esa realidad buscando una salida personal que habrá de pasar por la memoria implícita del conjunto.

A la vez que los personajes ficticios inciden y transforman la vida de los reales, hasta ese momento, la nueva realidad trastoca y pone en cuestión el mundo emocional de unos y de otros: el amor, el sexo, el miedo, la toma de decisiones complicadas… El pintor tendrá que llevar al límite a su personaje de ficción para salvar a los otros personajes de la muerte y, al mismo tiempo, como consecuencia, se topará con muchos de los problemas con los que se ha de enfrentar, en la actualidad o históricamente, sucesos que también cambian el carácter y el destino, el ser humano: la memoria de la guerra, el sufrimiento, el propio sexo como educación vital, las relaciones personales, las emociones, los sentimientos, la fatalidad, los riesgos de la adolescencia, la incertidumbre, la violencia innecesaria, etc… El autor no olvida que vivimos en un mundo de paradojas, en muchos casos, dolorosas y de difícil explicación. La imaginación es la única manera de huir de ese mundo, de refugiarse de la adversidad de lo cotidiano.

Murakami es un seductor y este libro, como el anterior, son una prueba de su capacidad para empujarnos al laberinto que propone, que, después de todo, no acaba mal. Quizá, como opinan muchos, este libro le acerque, definitivamente, al Nobel.

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