“Tengo 18 años. Miro la televisión y veo gente muy guapa, me gustaría poder ser así. Me compro su misma ropa. Este viernes la estreno. He quedado con unos amigxs para salir de fiesta. Cuando voy caminando hacia donde hemos quedado, oigo unas voces que me gritan cosas. ¡Qué vergüenza! Nunca me había pasado ¿Será la ropa? Llegamos al bar, tomamos unas copas. Veo alguien que me gusta, me acerco y hablamos un rato. Lx beso. Cuando vuelvo con mis amigxs,  me dicen que no debería comportarme así, que me tengo que “hacer más de rogar” o no me tomarán en serio. Se está haciendo tarde. Salimos de la discoteca y nos vamos para casa. Tengo miedo de ir solx a estas horas por la calle, ya he tenido algún susto alguna vez y encima con estos zapatos no puedo correr. Mis amigxs me dicen que les avise cuando llegue.”

¿Lo adivinaste? Soy una mujer del siglo XXI, puedo votar y estudiar gracias a mis antepasadas que lucharon por ello ¿Pero soy totalmente libre? Es cierto que disfruto de muchos derechos, sin embargo, mi cuerpo y mi sexualidad sigue perteneciendo a los hombres.

Existe un negocio alrededor de hacerme sentir mal con mi cuerpo, dietas para no tener un gramo de grasa de más, maquillaje para esconder mis imperfecciones, cremas para frenar  el paso de los años.

Mis pechos deben ser siempre lo suficientemente grandes y sin pudor pueden salir en películas, pero cuando se trata de amamantar a un bebé deben esconderse fuera de la vista del público.

En algunos países del mundo no existe el derecho al aborto y en otros está permitida la maternidad subrogada. Parece ser que mi útero no me pertenece, pues otros pueden decidir por mí qué hacer con él. Además, la prostitución (la esclavitud del siglo XXI) sigue siendo aceptada e incluso en algunos países está regularizada.

No deberían existir leyes que regularan que mi cuerpo pueda comercializarse como un producto. En cambio, sí debería existir una ley de educación en la que se incluyera la obligatoriedad de la educación  sexual en la escuela. Esta asignatura debería tener como objetivo enseñar a relacionarnos adecuadamente con nuestro cuerpo pues, como señala la UNESCO, la educación sexual: “busca dar a las  personas  jóvenes  el  conocimiento, las habilidades, actitudes y valores que necesitan para definir y disfrutar de su sexualidad (física y emocional) individual o en relaciones”.

Sin embargo, en las escuelas se trabaja tímidamente con la sexualidad y su enfoque, en general, es sobre temas de salud, como enfermedades de transmisión sexual, o de  embarazos no deseados. Si tener sexo supone generar un vínculo con otra persona, ya sea duradero o esporádico,  ¿por qué no se explica qué es un vínculo sano, cómo se construye la igualdad, el respeto mutuo, etc? La etapa de la educación reglada, coincide con la adolescencia, que es el estadio dónde los futuros adultos formarán su estilo de relacionarse unos con otros.

Es fundamental dar a los jóvenes la información necesaria para que no busquen en la pornografía modelos de cómo relacionarse sexualmente unos con otros, ya que la pornografía muestra una relación desigual entre hombres y mujeres (pornografía viene del griego <<porne>> significa <<prostituta>> o <<mujer cautiva>>y <<graphos>> cuyo significado es <<escribir o describir>>).

Además, cada vez son más las investigaciones que  apuntan  que los adolescentes que la consumen son más agresivos en sus relaciones sexuales, sin olvidar que la pornografía cosifica a la mujer y genera adicción. Existe una cultura de la violación promovida por ésta que se evidencia en casos como los de “la manada” que, con una educación sexual no patriarcal, disminuiría notablemente.

Es un hecho que las normas sociales en cuanto al sexo y la sexualidad están cambiando. ¿Pero realmente hemos cambiado nosotrxs?

 

Hombres necios que acusáis 
a la mujer sin razón, 
sin ver que sois la ocasión 
de lo mismo que culpáis.

Si con ansia sin igual  
solicitáis su desdén, 
¿por qué queréis que obren bien 
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia 
y luego con gravedad  
decís que fue liviandad 
lo que hizo la diligencia.

[…]

Con el favor y el desdén 
tenéis condición igual, 
quejándoos, si os tratan mal, 
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión ninguna gana, 
pues la que más se recata, 
si no os admite, es ingrata, 
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis 
que con desigual nivel 
a una culpáis por cruel 
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada 
la que vuestro amor pretende, 
si la que es ingrata ofende 
y la que es fácil enfada?

[…]

 

(Sor Juana Inés de la Cruz, monja mexicana del Siglo XVII)

 

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