Diarios. Iñaki Uriarte.
Editorial Pepitas de Calabaza. Precio: 28,50 €.

“Lo más interesante que me suele ocurrir es la lectura de libros.”

Escribir “a la que saliere”, cual si dijera Unamuno.

Pese a considerarse, por su niñez, donostiarra, Iñaki Uriarte es un rentista de Bilbao, y ya se sabe que los bilbaínos nacen donde les da la real gana, en este caso en Nueva York, al que le encanta Benidorm, adonde se escapa en cuanto puede. «Señorito algo rebelde», en expresión suya que demuestra que no tiene compasión ni hacia sí mismo y por tanto autocrítico, contradictorio, fragmentario, ironista fino, escéptico por naturaleza, ocioso por vocación permitida, alérgico al trabajo obligatorio, apasionado por pundonor, bienhumorado por educación, adepto a la soledad, pudoroso, resabiado, indolente, arbitrario…, no seguiré con esta ristra de adjetivos que podía hacerse excesiva y no obstante nunca podría serlo para definir al personaje que retratan los apuntamientos documentales, testamentarios,  de sus diarios que, según el autor, toma para tranquilizarse, por su «efecto anestésico», «como una pastilla ansiolítica».

¿Y de qué están hechos estos diarios para que me fascinen y enganchen tanto? Aparentemente de muy poca cosa y cotidiana, en general de asuntos domésticos, intríngulis familiares, amistades varias, su gato y los gatos, unos pocos viajes, casi escapadas, por España, Italia y Francia, con estancias cortas en Berlín, Londres, Atenas o París, una invitación a los Cervantes que le lleva a Boston y a su ciudad natal, unos días en Egipto con los que clausura sus anotaciones. Y también de apreciaciones maravillosas como aquella de que en el ascensor todos parecemos personajes de Beckett o la de que asistimos a nuestra vida en vez de hacerla.

Pero lo mejor de su vida, si bien abomina con frecuencia de lo literario, quizá sean los libros, de los que vive siempre rodeado, normalmente fatigando varios a la vez: «Lo más interesante que me suele ocurrir es la lectura de libros». Y qué libros. Cogemos un día, al azar, y anda entre las páginas de Amabile, del príncipe de Ligne, y los Diarios íntimos de Kierkegaard. Ahí es nada. Lo que no obsta para que se flagele por su «curiosidad errática» en este terreno o presuma de consumir narrativa blandengue tipo bestsellers o derivados, a fin de seguir ejerciendo en los papeles la crítica literaria. Sin duda su rara erudición libresca es variopinta, pero certera, y muy bien traída al diario. Basta señalar su triunvirato de escritores dilectos: Montaigne, Borges y Proust. El primer libro que cita por estar leyéndolo son los cuentos de Roberto Bolaño, Llamadas telefónicas, cuando nadie conocía al chileno, que a duras penas subsistía ganando alguno de los muchos premios provinciales a los que se presentaba. En realidad es un devorador de letra impresa. «Leo lo que sea», confiesa en otra parte.

En cuanto a la forma, los diarios son una apuesta por la sencillez estilística, exenta de inflamientos de tenores huecos y de obviedades y topiquerías, justo lo contrario de la simpleza; incluso por el laconismo, y al respecto recuerda, como precepto por literario, ético, el consejo extremo de Valéry a un aprendiz de escritor: «Entre dos palabras semejantes escriba usted la más corta». Abundan, en este sentido, las entradas tajantes, con una lucidez de relámpago y a la vez con modesta apariencia de andar por casa: «Para actuar en política te tiene que interesar la política, no las ideas. La política no es más que una lucha personal, entre ciertos hombres, a hostia limpia».

Parece ser que, para decepción de sus fieles, entre quienes fervorosamente me encuentro, Uriarte ha decidido liquidar su desquite, no sabemos muy bien si contra el mundo o sólo contra él mismo, o frente a ambos, reuniendo sus Diarios completos y añadiéndoles su última entrega, muy reciente, que ya había titulado Epílogo. Es una pena, esperemos que se arrepienta y nos restituya el disfrute lector de sus apreciaciones. Ocasión tiene de rectificar, porque a pesar de que últimamente abundan diaristas muy buenos y dispares, pongamos Fierro, Llop, Luna Borge, Sánchez-Ostiz, Jordá, Maicas… Uriarte no se puede parangonar, a mi juicio, a ninguno de los que conozco. A qué se debe esta singularidad, no lo sé. Diríase que siendo su materia prima básica lo rutinario, nunca deja de sorprender, que su ejercicio diarístico responde a aquello que decía, en otro orden de cosas, Unamuno, de escribir «a la que saliere». Igual deja constancia de una comilona con chascarrillos que parafrasea al alimón a Pascal y Schopenhauer, lo mismo encadena observaciones a vuelapluma que te desarman como es capaz de enmendarle la plana a sabios como Emerson o Steiner, tan pronto aparece Leticia Ortiz antes de hacerse novia del futuro rey como se detallan trips lisérgicos. En todo caso, que nos quiten lo aprendido y gozado con su particular monólogo registrado desde el último año del siglo pasado.

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