Los hábitos tienen el poder de manejar nuestras vidas y se basan en principios que estudia la psicología del aprendizaje.

El comportamiento de los individuos nace a partir de pautas conductuales que se repiten, muchas veces inconscientemente, a lo largo del día.

Nuestra toma de decisiones está influida, en gran medida, por estos patrones de aprendizaje mecánicos. Sin embargo, este bucle que se retroalimenta y que nos lleva a repetir siempre los mismos comportamientos puede también romperse bajo determinadas circunstancias. La plasticidad del cerebro provoca que, tras el debido entrenamiento, se incorporen nuevas rutinas a nuestra vida. Esto quiere decir que, aunque siempre hemos actuado de la misma manera, existe la posibilidad de cambiar nuestras rutinas.

En 1920, cuando los comités éticos no regulaban qué tipo de experimentos se llevaban a cabo en los laboratorios de psicología, Watson y Rayner se propusieron condicionar una respuesta de miedo a un bebé de 9 meses.  Albert, que así se llamaba el pequeño, era un niño sano y que en principio no tenía ningún miedo a los ratones blancos  pero sí al ruido que hacía una barra de acero al ser golpeada. Después de varios ensayos, en los que los investigadores hacían sonar la barra de acero mientras Albert tocaba el ratón blanco, éste terminó por tener miedo también del animal. Y su miedo condicionado se generalizó a otras cosas peludas. El bebé se apartaba a partir de ese momento de todos estos objetos sin que fuera necesaria la existencia simultánea del ruido de la barra de acero, simplemente Albert había aprendido que les tenía miedo.

Todas aquellas conductas que tenemos incorporadas de manera mecánica y sobre las que organizamos nuestros deseos y necesidades, nos impiden ejercer una observación crítica, acerca de nuestro comportamiento. El libre albedrio, analizado bajo el conocimiento que tenemos sobre la ciencia de la conducta, se vuelve bastante relativo. Y así no resulta paradójico que en medio del confinamiento por el estado de alarma sanitaria, en los Estados Unidos, salgan las personas a las calles para protestar porque quieren volver a trabajar, anteponiendo el valor del dinero a sus propias vidas. Las personas hemos aprendido a asociar el dinero a la supervivencia y así, nos asustamos más ante la expectativa de no tener dinero que ante una enfermedad que puede llegar a matarnos. La sociedad capitalista, en la que vivimos, nos inculca desde que nacemos el valor del dinero, el trabajo y el esfuerzo. Estamos tan condicionados bajo estos principios económicos, que la vida y salud parecen pasar a un segundo término. 

La libertad es un derecho, que está recogido en la declaración de los derechos humanos, y que consiste en la facultad de decidir autónomamente sobre nuestra conducta. Sin embargo, este principio de libertad es engañoso. La drogodependencia o la ludopatía son ejemplos de conductas que, en muchas ocasiones, las personas que las padecen reconocen que están por encima de su propia voluntad. Como decía Williams James, psicólogo estadounidense, nuestra vida está definida por “un conjunto de hábitos”. Nuestra toma de decisiones está influida en gran medida por patrones de aprendizaje mecánicos. Y aunque los hábitos no tienen por qué ser en sí negativos, la falta de conciencia y la manipulación a la que nos vemos influidos por los medios de comunicación, sí pueden llegar a hacerlos peligrosos. Las plataformas de entretenimiento convencionales, que a primera vista dan una ilusión de variedad, no son más que un producto para masas, que promueven y alientan a una mentalidad normativizada. Los hábitos sociales y los valores culturales también tergiversan nuestra visión de los hechos. El control social en los momentos de pérdida de libertades fundamentales es un peligro que hay tener en cuenta. Después de este mes que llevamos de confinamiento estamos viviendo de una forma muy diferente a como lo hacíamos antes y hemos adquirido nuevos hábitos en nuestra rutina diaria. Quizás, en un futuro, podemos llegar a acostumbrarnos a un control social mucho más estricto. William James,  ante este dilema sobre la libertad, tomo una decisión: <<Mi primer acto de libre albedrío será creer en el libre albedrío>>. Lo primero y más importante para ejercer nuestro derecho a la libertad es estar vivos. Y me pregunto qué sentido tiene salvar la economía si como consecuencia de ello podríamos morir.  

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