Fue profesora de flauta travesera en el conservatorio de su ciudad durante mucho tiempo, y desde que se jubiló hace años, todos los días sin excepción, escribe en su querido diario. Siempre rodeada de música comienza el día vislumbrando lo que va a suceder, y desde primera hora de la mañana (a veces de la madrugada) lo plasma con su magnífica letra; se arriesga a contar los sucesos como si ya hubieran pasado. Creo que vive con mucho cuidado para que todo salga como lo describe antes de que tenga lugar, un borrón sería un problema para ella porque es muy perfeccionista, aunque en el último año utiliza un bolígrafo que permite rectificar los errores, y quizá por eso no le importa ser adivina.

Con lo disciplinada que su profesión le obligó a ser, no sé cómo no se intranquiliza ante la incertidumbre de la realidad. Sería mucho mejor que se saltara un día para empezar a describir el anterior con el conocimiento verdadero de los acontecimientos. Como problema añadido está, además, que la redacción no debe superar las dimensiones de una página. Su norma es una página por día pase lo que pase. A veces los sucesos requieren tantas explicaciones, que los últimos renglones están amazacotados y se necesita una buena visión (o una lupa) para poder descifrarlos, pero a ella no le importa porque está acostumbrada desde siempre a leer partituras manuscritas y emborronadas de toda índole. De madrugada rellena la mitad, y deja el resto para la tarde por si pasa algo inesperado, ya que su vida no es rutinaria. Siempre le habían enseñado que trabajo hecho no corre prisa, pero tragar antes de beber…

En una ocasión todo fue al revés de lo que pensaba, y en lugar de agobiarse, decidió no escribir por la tarde con la excusa de que estaba muy cansada dada su edad. Al día siguiente mientras disfrutaba de los Nocturnos de Chopin comenzó con la siguiente hoja, y aquí no ha pasado nada. Así iba flanqueando los problemas, los esquivaba y siempre salía airosa porque era dueña de sí misma. Todo iba muy bien, su salud era tan envidiable que estuvo a punto de adherir a la contraportada los resultados de sus últimos análisis clínicos, pero esa idea le llevó a darse cuenta de que pegando sus fotografías favoritas,  podría disfrutar aún más del diario. Apartando la idea de los análisis, que además no le convenía airear, comenzó a imprimir fotos en papel como si no hubiera un mañana.

No acostumbraba a mantener en secreto sus aficiones, y cada vez que alguien la visitaba, mostraba con verdadero entusiasmo todos sus trabajos, incluso antes de que el invitado terminara  de quitarse el abrigo. Menos mal que la casa era muy acogedora; con la maravillosa música y la fabulosa calefacción se hacía mucho más amena la lectura; mejor así, porque no había escapatoria. En el momento en el que la visita llegaba a la sección de las fotografías, sentía la necesidad de expresar con aspavientos la maravilla que taladraba sus pupilas, y entrando en gozo comentaba todos los momentos aunque fueran de gente desconocida.

Soñaba con publicar los cinco volúmenes que ya había escrito (acababa de comenzar el sexto)  Se veía en el auditorio de su querido conservatorio sentada en la mesa de presentación con el  editor, el crítico, el prologuista… y acompañada por la música que sus antiguos compañeros habían ensayado para la ocasión, leía los pasajes que más le emocionaban, sintiéndose  la mujer más feliz  del mundo.

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