Nada que objetar. Ken Follet viaja al origen de su saga medieval, principiada en Los pilares de la tierra, y se supera a sí mismo.

Fiel a su modo de entender la literatura, Las tinieblas y el alba ronda las mil páginas. Un reto que, sin embargo, aceptan millones de lectores de todo el mundo.

Desde luego no es una novela para leer en una tarde, como él mismo ha repetido que no deben ser las novelas: “Son demasiado caras para leerse en una sola tarde”. Declaración de intenciones que ampara la naturalidad con que el best-seller se ha apropiado de una buena parcela del territorio literario y, además de regarla con brío y regularidad, va ampliándola de manera incesante, robándole terreno a otros cultivos prosísticos, asumiendo como propios los distintos géneros que en la novela han sido; si bien, el más transitado quizá sea el histórico. Acaso ya se pueda hablar de dos categorías editoriales bien definidas: el best-seller y la novela literaria. No hace falta ser un genio ni estar muy ducho en esta materia para deducir cuál lleva las de perder en la pugna por el favor del mercado y un posicionamiento en las ya trasnochadas listas de libros más vendidos de cada año. Precisamente, traigo a colación esta nueva novela de Ken Follet en la última entrega del año de Epicuro porque no me cabe duda de que, si no la más, será una de las más compradas.

Se me dirá −lo acepto y comparto de antemano− que siempre ha existido la literatura popular y que de esa distinguida concepción han surgido verdaderas obras de altura literaria; no voy a pararme en ejemplos que todos conocemos. El asunto, se me dirá, está periclitado, y es cierto; la fuerza de los hechos. Sin embargo, aún tengo la sana impresión de que el best-seller sólo toca la literatura popular en lo que concierne al número de ventas, que no al éxito ni a la capacidad de la escritura para que un autor viva holgadamente de sus libros. El best-seller ha dejado de ser una consecuencia para convertirse en un modo de encarar el oficio de la escritura con sus principios, sus reglas y sus estrategias comerciales perfectamente reconocibles, con independencia del resultado final.

Ken Follet conoce y reconoce el oficio de escribir −fue redactor en varios periódicos, hizo sus pinitos en el mundo de la edición y se forjó escribiendo varias novela antes de la eclosión de Los pilares de la tierra en los ratos libres que le permitían los trabajos citados−, tiene unas reglas bien definidas que no esconde y que, en cierto modo, le garantizan el éxito, se documenta a fondo y escoge los asuntos que pueden despertar −y, de hecho, despiertan− el interés de la mayoría de lectores y de su identidad de escritor. En este caso, el final del mundo oscuro del medievo en Inglaterra, tan importante para su propia memoria británica.

Sería tan inútil discutir sobre la veracidad de la Historia como aceptar que hay tantas verdades como interpretaciones de dicha Historia. Es tarea de los historiadores buscar la verdad de los hechos pasados y documentarla. La del escritor es alimentar esa verdad con otras verdades que se alimentan, a su vez, de la ficción y el estilo. Ken Follet demuestra que la verdad de la Historia y su búsqueda −cada novela del autor galés cumple a la perfección con el requisito de la documentación y la exhaustividad de una investigación que le lleva un año antes de ponerse a redactar− no están reñidas con la imaginación. El propio autor lo ha manifestado: sin ficción no hay historia.

Cada libro de Follet, además de una revisión de la historia de Inglaterra desde el siglo X al siglo XVI y de convertirse en una saga de personajes con relación de descendencia en muchos casos, trata un asunto nuclear sobre el que gira la narración: en el siglo XII la guerra civil (anarquía inglesa) y la arquitectura, concretada en el paso del Románico al Gótico; 200 años después la peste negra que propició las bases de la medicina moderna y en el XVI la guerra de las religiones y la pugna por la corona entre Isabel I y María Estuardo. Las tinieblas y el alba, considerada una precuela, antecedente, de la posteriores, localizada en el cambio de milenio, nos sitúa en un cambio de la forma de ver el mundo en una Inglaterra que se enfrenta al acoso de los vikingos y los normandos y a las luchas por el poder religioso, las intrigas de los nobles y las añagazas de los poderosos para preservar sus privilegios, incluidas la violencia, la tortura y la muerte de quienes aspiraban a ver la luz al otro lado de la zona oscura e iniciar un nuevo camino.

Si es importante la elección del tema y el aprendizaje proporcionado por la documentación, exhaustiva como decía, más lo es −lo que avala su éxito− es la naturalidad con que el autor de Los pilares de la tierra, acerca sus textos a la gente a pesar de su extensión y prolijidad, la sencillez bien trabajada de su propuesta narrativa y las buenas dosis de imaginación con que las redondea y perfila.

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