Cada nuevo libro de Julio Llamazares me reconcilia con la tierra y con el cielo. La tierra de mi memoria y el cielo de Madrid. Porque en Madrid, a pesar de la polución y el virus asesino, también hay cielo.

Mientras en Madrid las UCIS se llenan de reos de la pandemia en Extremadura la naturaleza sigue su curso y el campo reverdece, quizá con más libertad por el confinamiento.

Julio Llamazares posee un don que vengo advirtiendo desde sus primeras novelas y que deviene en lucidez cuando su prosa surca la tierra como un arado, la tierra de su memoria, las tierras de su memoria viajera. Tierras donde se bautiza el cielo cada día dotándolo de sorpresa cotidiana, dotando al arado de brillo iniciático o crepuscular; la tierra nace, cada día también, cuando el cielo se funde con el horizonte y la distancia entre el cielo y la tierra desaparece. Eso es lo que consigue Llamazares: cómo sentir el cielo, ya sea azul, gris o nublado de estrellas, ya se desprenda de él, el sol, la nieve, la lluvia o la ventisca, pegado a la suela de los zapatos del caminante. El don que hace lo hace posible es la complejidad de la sencillez o quizá, por mejor decir, la sencillez de lo complejo.

Hay muchas cosas que me acercan al mundo literario de Julio Llamazares a parte del paisanaje y el afecto o el hecho de compartir un pedazo de memoria que no ha dejado de expandirse, memoria donde cielo y tierra beben de la misma fuente y dan lugar a un paisaje de parecidas reminiscencias. Por mi condición de minero nonato, mi imaginario tiende con más frecuencia de la debida a buscar ese paisaje en las entrañas de la tierra; territorio ignoto para mí salvo cuando se mostraban cercanos los ojos ribeteados de negro de los mineros que volvían del submundo o cuando contemplaba las cicatrices cenicientas y crónicas en los dedos o en el rostro de mi padre. Con cuánto ahínco he intentado que el fulgor del cielo y el paisaje de la tierra entrase en las galerías donde se extraía el carbón que alumbraba y daba calor a la superficie; cuántas veces perecí en el intento. Soy hijo del carbón (Noemí Sabugal ha descrito esta sensación con mucho tino y emotividad en su último libro); pero también un desahuciado del carbón, impresión incontestable desde que la explotación del carbón salió a la superficie y, aunque parezca una contradicción, se empezó a desarrollar a cielo abierto. Tal vez sea esa la razón de que me obsesione con viajar hasta el pie de la jaula que horadaba la tierra en busca del oro negro y que nunca me atreví a tomar, conformándome con ver el castillete de lejos, renegado, prófugo de mí mismo.

Me consta que Llamazares ha conservado esa misma impresión y la ha llevado consigo en sus viajes. Sus referencias al mundo de la mina, al cielo que se abre sobre las ruinas de la memoria, a la naturaleza que impone su prevalencia, son frecuentes y siempre bienvenidas. Da igual la tierra que transites, el suelo que pises, de nieve o de amapolas, de cerezos o lavanda, porque el cielo los unifica.

El año pasado, infausto 2020 de difícil olvido, la pandemia se adelantó a la primavera por escasos días; una primavera secuestrada por el confinamiento, torturada por la muerte, sepultada en el miedo. Previendo el caos, Julio y su familia se refugiaron en un lagar de Extremadura, cerca de Trujillo; un confinamiento distinto por su cercanía con la naturaleza que, a pesar del virus, seguía su curso. Cautivo el escritor y cautiva su familia de los rumores y las sospechas de los habitantes de la tierra prometida que temían contagiarse, objetivo de miradas y recelos, expectantes ante los acontecimientos que les llegaban a través de la televisión y el contacto telefónico con la familia, Llamazares se refugió en el cielo, estrellado o amenazante, y se ancló a la tierra que se removía por mor de la pandemia, que revivía por mor de la primavera, que rejuvenecía por mor de la naturaleza, ajena a las cuitas de del cotidiano sobrevivir, sorteando las grietas que a veces ésta abre en el camino, buscando palabras para explicar lo inexplicable.

De la comunión, una vez más, entre el cielo y la tierra, bajo el volcán en erupción de esa explotación a cielo abierto que asola el mundo, surge este relato sobrio e inteligente, Primavera extremeña (Apuntes al natural) con acuarelas de Konrad Laudembacher, que Alfaguara publica cuando la pandemia todavía no ha dejado de enseñar los dientes. Mucho más que un testimonio.

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