«La verdadera raíz de un árbol son sus pájaros». Desde esta idea fundamental, alada, nos habla Juan Andrés García Román.

Habla para quien sepa escucharlo, para quien se atreva a recorrer los mundos no transitados de la poesía.

Habla desde la lengua del unicornio, desde un paisaje mental inédito, que no deja de recordarnos que hay otros mundos en este mundo.

En este libro transcurre el tiempo en otro sentido, en otros sentidos. Lo real sucumbe a su imaginación fantástica, lujuriosa. La claridad se ha evaporado y deja inmaculadas manchas en los ojos.

Los poemas que recoge este volumen parecen escritos desde la nostalgia de un poema que sea verdadero, como decía Antonin Artaud, desde la ilusión de una fusión total con el mundo, esa conexión que hemos perdido tal vez porque tenemos un lenguaje que al tiempo nos acerca y nos separa de la realidad. Tal vez por ello en Poesía fantástica nos encontremos con una apuesta por el «neorromanticismo» y con una huida sin vuelta atrás de las facilidades y las obviedades de cierta poesía clara, inane, de experiencia low cost. «Azúcar en las alas. Un pájaro vuela dentro / de otro pájaro que vuela». La imperdonable simplificación a que se ha sometido a la poesía estas últimas décadas, desdibujándola, asfixiándola, podrían llevar a pensar al lector no avisado que García Román es un raro. Lo es: escaso, de raro valor. «Raros entre los raros» había dicho Juan Antonio González Iglesias. JAGR, simplemente, «ha extendido la mano al yacimiento arqueológico del cielo» y lo ha hecho con toda naturalidad. Suya es esta propuesta «archipoética» —como dicen Juan Carlos Reche y Erika Martínez—, que es algo más. Tal vez el testimonio unilateral de quienes buscan el origen de todo, de quienes exploran más allá del límite (y lo expanden), más allá del punto de no retorno.

De la «estirpe de los gladiadores», en palabras robadas a René Char o Enrique Vila-Matas, funambulista en la cuerda del César Vallejo de Trilce, del Federico García Lorca de El público, de la Poesía encadenada de Pe Cas Cor, JAGR pulsa al unísono muchas cuerdas, hace convivir muchas tensiones y muchas armonías. Transgresión, desacralización, expansión podrían decir algo de lo que hay en estas páginas y en sus anteriores poemarios (El fosforo astillado, La adoración, Fruta para el pajarillo de la superstición), una línea estética con una prometedora descendencia en Ángela Segovia, Luna Miguel o Berta García Faet. Afortunada familia. Estas y otras pocas voces que nos tocan en la poesía contemporánea tienen algo en común: una personalidad férrea y, simultáneamente, la permeabilidad a los grandes impulsos poéticos. Son voces opacas a la vulgaridad, a la horrible medianía. Pienso en Javier Moreno, en Matías Miguel Clemente, en Diego Sánchez Aguilar, en Constantino Molina, en Mariano Peyrou.

Tal vez se pueda hallar otra vocación en estos poemas fantásticos: la voluntad posmoderna en que se cumplen la muerte de los géneros, el polimorfismo discursivo, el exceso de los cánones o los límites. Y la convivencia de los apuntes, la escritura automática, lo sefardí o el teatro escenificado, la lira futura, el aforismo, la disolución neorromántica de la simplicidad nos sublevan en la lectura. La fantasía hace de esta obra una obra más que abundante. Arcaica, mítica visionaria, rupestre: «Una cebra pintada en la pared se echa a trotar». ¿Emparenta el autor con J. E. Cirlot, Carlos Edmundo de Ory o Leopoldo María Panero? ¿Con los sturmunddrangs alemanes? ¿Con Lautréamont o Artaud? ¿Quiénes se asoman a este barco heterodoxo de los caminos posibles? Continuamente se suscitan imágenes en la conciencia del lector. Leemos como quien se da de bruces con los ángeles («Amor es el deporte de los ángeles»), los barrancos de ¿Duino?, el impetuoso Shakespeare, la trágica conciencia de la futilidad de todo de Sófocles o —por qué no— el aullido de Ginsberg, el narcótico fluir desbocado de Anne Sexton, Tom Waits y los trilobites, el fantasma de Gombrowitz.

Poesía fantástica establece una estética proteica, en explosión, en la que lo raro, lo visionario o lo heterodoxo se concilian bajo la idea de la lucidez. «La Tierra es azul porque el hombre es justo. / Es justo. / Y hay lagos». La yuxtaposición, el surrealismo, la ironía, el dejarse ir, la desacralización de lo puritano, nos ofrecen unos evangelios personales muy apócrifos que remueven la sinfonía de las profundidades. La poesía es conocimiento e irreverencia. «Lo más hermoso fue lo que tú imaginaste. Decías que se trataba de un evangelio muy apócrifo». Este libro es, además, una orgía de lenguas y lenguajes. «Escucha: el corzo de un solo cuerno en la Toscana, / el que —dicen— dio origen al mito / del unicornio, vuelve a esconderse en el boscaje camino de otra edad oscura, / pero antes de entrar gira el cuello».

Enfrascado en su melancolía de siglos, el unicornio nos mira, atiende a nuestra respiración antes de desaparecer. Arde el fósforo. Su llamarada muestra la estructura de la excepción. «Osos que alquilan habitaciones». Como al principio de todo, cuando todo era todo. El delirante ha vuelto. Orfeo regresa de los infiernos con la lira en llamas. «Las llamas que guardábamos para los apagones / se han prendido. Es de día».

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