“La tierra sagrada se ha transformado en una cantera de recursos” (José Cobo).

“El individuo de hoy en día no puede evitar preguntarse si acaso no estará haciendo el ridículo cuando se dirige a Dios” (Martin Buber).

Mira que me digo: no te metas otra vez en dibujos especulativos, ni mucho menos en teologales, que sales siempre escaldado y aturdido, son cuestiones que te exceden, pierdes pie y ya no hay manera de enderezar el cacumen, extraviado todo discernimiento. Pero, nada, no he podido resistirme a intentar hincarle el diente a La paradójica realidad de Dios de José Cobo, profesor ilerdense de Historia de la filosofía, segunda entrega, tras Incapaces de Dios, de una trilogía en marcha. En realidad, cualquier escrito en el que intuya que voy a poder salirme de mí para percibir el rastro del pensamiento de Franz Rosenzweig, vía Emmanuel Lévinas, o de Rudolf Bultmann se me antoja irresistible.

Cada uno de los catorce capítulos del libro, aunque se van lógicamente engarzando en su desarrollo, pude leerse de manera autónoma. Voy a empezar por el final, por su coda, que parte del asesinato de monseñor Romero en El Salvador y converge en lo que el autor llama «la definitiva enseñanza de Israel» respecto al monoteísmo: «Dios no es el tema –y ello en nombre de Dios. El tema es propiamente el de lo debido a Dios –a su estar en falta. Y lo debido a Dios es el don de la vida y el deber de saciar el hambre de quien no tiene pan que llevarse a la boca». Antes, ha ido dejando un reguero de huellas a modo de sentencias o frases lapidarias: «Hay Dios porque hay muerte», «hay tiempo porque hay Dios», «la vida es el testamento de Dios», «el mundo se encuentra atravesado por el aliento de Dios», «Dios es, sencillamente, el Dios que el mundo tiene pendiente», «Dios en modo alguno pertenece al orden del presente –y por eso mismo carece de la entidad de lo objetivo– sino al del porvenir absoluto»… a fin de sustentar su tesis de que «Dios, en sí mismo, es un Yo que aún no es nadie sin el fiat del hombre».

 

La paradójica realidad de Dios.  José Cobo. Fragmenta. Precio: 21,50 €.
La paradójica realidad de Dios. José Cobo.
Fragmenta. Precio: 21,50 €.

A mayores de la naturaleza y atributos de Dios, que confronta, además de con el hombre, con la ciencia, para desembocar en la teoría del diseño inteligente, escruta, entre otros, los vínculos y contrastes del positivismo y el psicoanálisis, la mente y el cerebro, la realidad y lo verdadero, el legalismo y el amor, el judaísmo y el cristianismo, el dualismo y la no dualidad, o el bien y el mal. Al plantearse las relaciones entre cosmovisión y trascendencia, por caso, casi inamovibles en lo sustancial desde Parménides, contempla tanto la inclinación ética de Lévinas en su camino de acceso a lo infinito como la propuesta de Meillassoux de legitimar «un discurso sobre lo absoluto –sobre la independencia de lo real– sin la hipótesis metafísica de Dios». En sus comentarios bíblicos, al hilo de las diversas tradiciones que integran el Libro, distingue y examina cuatro maneras de ver a Dios: la elohísta, la deutoronómica, la yahvista y la sacerdotal.

Pero siempre su análisis de «la experiencia bíblica» de Dios, el Dios de los profetas y el del Templo, el de la Ley y el Creador, «el absoluto otro», «en ausencia irreparable», siempre fuera de encuadre, replegado, base y sustento del ensayo, se fija y reconoce desde el sufrimiento de los excluidos y arrancados, los despojados y sobrantes, los extrañados y oprimidos, en quienes se manifiesta. Mención aparte merecen, en este sentido, los excursos. Por ejemplo, su lectura de la supervivencia en los lager a partir de Jean Améry, Primo Levy, Slavoj Žižek y la confesión de Annette Cabellí, una de las pocas supervivientes de Auschwitz-Birkenau: «Al llegar, supe que Dios no podía existir», así como del nazismo, en controversia con la fórmula de «la banalidad del mal» acuñada por Hannah Arendt. O las referencias cinematográficas a Star wars, Blade runner, Corazones de hierro de Brian de Palma, Masacre de Elem Klímov, La zona gris de Tim Blake Nelson y Dogville de Lars von Trier, cuyo extenso y pormenorizado examen bien merecería una separata fílmica.

Ya en su citada entrega anterior Cobo distinguía entre «el sujeto de la reflexión –el propio de los tiempos modernos– y el de la fe» y se preguntaba, a partir de la atinada crítica ilustrada a la superstición –ay, padre Feijoo– si el pensamiento occidental no habría «tirado el niño con el agua sucia», arrastrando así con la liberación un terrible empobrecimiento, porque, argumenta, «tras habernos desembarazado del imaginario religioso, presuponemos, como quien no quiere la cosa, que nada trasciende el horizonte de una razón que sólo admite como real lo calculable». Por consiguiente «la modernidad es ciega al misterio –y en esto, diría, consiste su error», concluye taxativo, de tal manera que «el sujeto moderno es incapaz de concebir una alteridad avant la lettre», y de ahí su connatural deriva hacia el nihilismo, por desprecio de lo simbólico como conocimiento o lenguaje de la experiencia, reducida al limitado marco de la percepción común.

Sabedor de que nuestro tiempo es «la época de la gran profanación. El hombre descubrió que podía pisar el templo sin descalzarse. La tierra sagrada se ha transformado en una cantera de recursos», y obviando, por tanto, aquello de Martin Buber, que recuerda, a saber, que «el individuo de hoy en día no puede evitar preguntarse si acaso no estará haciendo el ridículo cuando se dirige a Dios» y sin olvidar tampoco que bajo la premisa del dominio tecnológico del mundo el creyente actual se ve sumido en una situación que denomina esquizoide, entre el sometimiento al determinismo técnico y la salvaguarda de la fe a la espera de Dios, las reflexiones de Cobo, desde la epistemología y la hermenéutica de los textos bíblicos, como él mismo dice también «con una pizca de metafísica» y con una capacidad exegética de primer orden, concienzuda y adensada, a veces atrevida –«El Eclesiastés podría haberlo escrito Horacio»–, a la altura de la tradición rabínica, no se andan con rodeos, van directas a las preguntas primordiales, dan que pensar y hacen pensar, pues exponen y analizan por lo menudo y hacia las honduras. Sus cavilaciones son siempre sugestivas, incitantes, de mucho provecho, lo máximo que se puede pedir a un libro de estas características.

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