Es preciso advertir que esta novela fue escrita en 2008, antes de morir Fidel Castro, por lo que tiene mucho de predicción.

La auténtica protagonista es la Habana Vieja, ciudad de extremos donde confluyen afectos, sentimientos, anhelos y tentaciones, susceptibles de ser narrados.

El narrador es actor y dramaturgo; lo que le dota de un punto teatral a su mirada y de una peculiar percepción de las relaciones que subyacen en el argumento. Tiene la edad en la que el conato de viaje se sosiega y la búsqueda, cualquiera que sea ésta, exige paciencia; la experiencia no es buena consejera, aunque no deje de mediar, cuando viaje y búsqueda se funden y abren el camino de la aventura, el laberinto de la existencia, presa de emociones y sentimientos.

Uno de los órganos que más se hace notar en El hombre que olía a puta es el corazón de Cuba; tan cargado de reminiscencias que resulta casi imposible pasarlo por alto. Es casi legendario el impacto que produce la Habana Vieja en el viajero que llega por necesidad o por curiosidad y que lo convierte en un irredento opositor a la ciudadanía Cubana. El efecto es tal que, cuando se produce, hasta la edad y el sosiego pertinente, se convierten en vasallos a la búsqueda de una nueva luz que dibuje el camino hacia una redención –quizá innecesaria e involuntaria; pero provechosa− a través de las emociones  y los deseos rejuvenecidos.

El viajero ocasional, trasunto de un narrador que no lucha por vencer al abismo que se abre a los pies de la memoria, entra en la Habana a través del deseo por una joven mulata que resuelve sus cuitas económicas –sola y con hijos y la intención de estudiar− dedicándose a la prostitución. Detrás de la muchacha hay un mundo desconocido, sórdido en muchos aspectos, pero vivificador y tentador también y presto a ser descubierto. Un mundo que necesita ser descubierto a pesar de la incertidumbre que generan sus contradicciones y expectativas. Un mundo que huele a memoria, a revolución, a manifestaciones históricas de gran intensidad y significación. Todo está presente en ese territorio que linda a veces con la magia; pero que es real y contiene una verdad insondable de tantas veces como ha sido interpretada desde tan diferentes puntos de vista, ideológicos o interesados. Una verdad que se va desvelando a sí misma a medida que avanza la narración y los personajes adquieren caras, cuerpos, miradas, movimientos y emociones, que acabarán por ocasionar un arraigo inesperado. Una verdad que está en las calles, en las casas, en las gentes, en los hoteles, en los bares, en las casas de comida y la música que embarga la atmósfera y la sensación casi telúrica de que todo es posible en el contacto de los cuerpos.

Todo es posible, en efecto, cuando la realidad precisa de la ficción para hacerse más verdad, tanto que desemboca en auto-ficción o biografía depurada y descarnada: un pretexto para dar rienda suelta a las emociones, a los latidos de las piedras que escuchan tan distintas pisadas, a los muros donde rebota el viento de la memoria, al mar que todo se lo lleva y lo devuelve transformado en luz o en oscuridad. En la novela se habla de la revolución, de Fidel, del Che Guevara, de la situación de un país acosado por los intereses norteamericanos, de los avances en medicina o educación, de la penuria económica en la que se vive y de las paradojas de un pueblo que sueña con la libertad que necesita para respirar y, al mismo tiempo, quizá como consecuencia de ello, venera a quien se la prometió y no entra en disquisiciones ideológicas o políticas. Su economía de supervivencia en la mayoría de los casos forma parte del destino de la revolución hacia la libertad, aunque ese camino aún sea largo y, tal vez, incómodo.

La novela es subyugante, casi tanto por lo que dice como por lo que busca decir a través de la sonoridad de las canciones cubanas y la voluptuosidad del sexo sin ambages; que no es lo mismo que lo que oculta, porque no esconde nada y lo sugiere todo. Algunos pasajes son incluso atrevidos, como el de la muerte de Fidel Castro, recreada con bastante tino cuando el promotor del destino de Cuba aún no había muerto.

La atracción por la joven Génesis llevó al provecto Manuel a pisar las calles de la Habana Vieja, a yacer en camas de hoteles, a buscar un destino profesional entre la oficialidad, a formar una familia con las mismas condiciones que cualquier familia cubana, si bien con algunos privilegios económicos, a conocer la historia que precede a los gestos. En fin, a convertirse en una sombra que habita la Habana y cede a todas las tentaciones; una sombra que poco a poco va cobrando forma y cuerpo y que, en cuerpo y forma, de vez en cuando regresa a Madrid para hacerse cargo de los inconvenientes de tener cuerpo y forma –una dura enfermedad, la despedida de los amigos, el amor anterior que se apaga− y luego volver a la búsqueda de un destino escrito y morir en la Habana Vieja para pervivir en el recuerdo, el olor, la piel y el sentimiento inalterable de su amada.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *