Los Triunfos de la Muerte que inundaron la pintura europea tras la peste negra, en nuestra pandemia se han convertido en testimonios, apuntes, reflexiones inmediatas sobre el confinamiento y las respuestas colectiva e individual al virus.

A la inmensidad de cuadernos de bitácora escritos durante el confinamiento en diversos formatos, a los temores y esperanzas expresados con mayor o menor acierto literario, acaso se acercarán los historiadores futuros para tomar la temperatura de nuestra respuesta como sociedad ante una amenaza global.

De entre esos miles de páginas escritas desde marzo del año 2020 que servirán como testimonio de un periodo que obligó a contener la vida entre cuatro paredes, algunas exceden esa condición de documento de época, al estar redactadas con la voluntad de estilo propia de quien ya tenía echa la mili como literato cuando comenzó el aislamiento sanitario obligatorio y la conversión de las personas en islotes. Y pasan, desde el formato digital original, al de libro editado en papel. Sería el caso, por ejemplo, de Jordi Doce y La vida en suspenso (Fórcola Ediciones), un diario del confina­miento durante la cuarenta en el que sostiene: «Escribir estas páginas no tardó en convertirse en una rutina feliz que dio textura y solidez al calendario, un hábito que me ayudó a mirar más de cerca el mundo». O el de Avelino Fierro y Estatuas de sal (Franz), un epistolario sobre el primer mes del estado de alarma en el que, sin citar ninguno de los términos «de guerra» asociados al encierro por políticos y tertulianos, se describe desde los ojos de la curiosidad ese «presente raro».

Notas sobre el silencio. Javier Sánchez Menéndez. La Isla de Siltolá. Precio: 10 €.
Notas sobre el silencio. Javier Sánchez Menéndez.
La Isla de Siltolá. Precio: 10 €.

 

A ellos se suma «Notas sobre el silencio» del poeta y aforista gaditano Javier Sánchez Menéndez, un texto por día del centenar de ellos entre el 15 de marzo y el 22 de junio en que el silencio «alzó la voz para determinar nuestros propios horrores»: un extraño tiempo en que su escucha nos permitió «encontrar su desnudez». Interiorización, encuentro íntimo con el yo, añoranza de viejas costumbres, pero, sobre todo, reflexión, lecturas y vuelta hacia la necesidad de una nueva relación con aquel. La nueva normalidad de una vida en reclusión, remansada por obediencia, que nos puso de relieve nuestra propia fragilidad, el falaz equilibrio que habitábamos, una falsa existencia sin espacio para la contemplación, la belleza y la verdad.

Previamente, en su último libro de aforismos, Ética para mediocres (La Isla de Siltolá), publicado con anterioridad, el autor dejaba escritos algunos casi proféticos. «Estamos condenados a ser libres y a perder la libertad». «El espejo de la libertad es la ventana». Durante la hibernación social —«somos animales domésticos, y ahora vivimos en jaulas»—, ese periodo de «aplausos ilusos» en los balcones y «búsqueda de culpables», Javier Sánchez Menéndez descubrirá la fuerza del silencio no como un elemento para sobreponerse a la pesadilla sino como vector de cambio o giro para el ser, como instinto de supervivencia. El hallazgo partirá de un sentimiento semejante al que expresan los apócrifos versículos recogidos en el Evangelio de Felipe: «Las palabras con que nombramos las realidades terrestres engendran una ilusión, desvían al corazón de lo que es real hacia lo que no es real».

Hay lugar, entre estas reflexiones nacidas al calor de la soledad, para la iluminación y también para la censura de costumbres y reprobación de hechos concretos ocurridos durante esa primera oleada pandémica, tampoco faltan los momentos de desánimo, aunque, aferrándose a la lectura y a la escritura como agarraderos en la nueva realidad trasmutada, el autor concuerda con el austriaco Arthur Schnitzler en hallar un motivo de esperanza en la cultura: «El fin último de toda cultura es conseguir que todo lo que denominamos política resulte superfluo y que la ciencia y el arte se hagan imprescindibles a la humanidad». Una respuesta de raíces humanistas, es decir, que confía en el progreso individual.

El progreso de quien, refugiado en el silencio, arropado con unos pocos y verdaderos libros, se entrega a la lectura como motor de cambio en una «época de producción improductiva» y seres alienados. «Si alguien puede volver cálido el invierno, esa eres tú: lectura», nos dice. Condenados a estar y parecer, no es mal consejo para salir de nosotros mismos y «hacerse una vida ajena». Alcanzar a ser libres por el pensamiento.

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