Fue el expresidente Felipe González quien acuñó la ínclita expresión de que los viejos líderes políticos son como jarrones chinos: de un incalculable valor, pero nadie sabe a ciencia cierta donde colocarlos.

Va de suyo que son ellos mismos los que saben cómo y cuándo hay que colocarse, refiriéndome al espacio mediático en la vorágine de la actualidad.

Y cuando los jarrones chinos entran en escena son los dircoms, los estrategas de prensa de los propios partidos ‘amigos’, los que quedan completamente descolocados.

De los seis predecesores de Pedro Sánchez, cuatro quedan con vida y, aunque sólo dos y medio les han salido rana a sus respectivos partidos, hay que reconocer que cada vez que Felipe González o Aznar se pronuncian segregan una dosis importante de endorfinas en cuerpos y smartphones de los jefes de prensa. Por cierto, mencionaba dos ya que el medio es Rodríguez Zapatero al que en su partido muy escasos responsables consideran jarrón chino, y él tampoco ha ejercido un contrapeso discursivo excesivamente discrepante con sus herederos orgánicos.

Las apariciones de líderes tan carismáticos como González o Aznar en actos públicos, casi siempre relacionados con encuentros sobre política, economía o liderazgo, son el sudoku del día para el estratega de comunicación; porque es fuego amigo, hace daño en el casco del barco, hay que empezar a achicar agua, salir a puerto con la máxima celeridad y, para mayor escarnio, evitar una diáfana polémica por sentido del decoro y respeto a los galones.

Es decir, que cuando Felipe revienta las costuras de pactos entre socialistas e independentistas para aprobar los PGE o demoniza la coalición de su partido para cogobernar España con Podemos, sabe lo que se hace e incluso conoce el impacto de lo expresado, y ahí decide protagonizar el papel de velar por los principios de su partido, al menos al que ellos pertenecieron o, mejor dicho, al partido de cuando ellos pertenecieron.

Hasta ahora todos los expresidentes se han ido con alguna mácula en su hoja de servicios, todos han sentido que se han marchado con las marcas de un prurito provocado por un juicio de la historia endiabladamente cortoplacista, y es ahí cuando deciden labrar ese expediente de factótum con opiniones que los recuerden en los anales como hombres de Estado.

Cada vez que los vemos y oímos en tertulias y programas se hace el silencio en las sedes nacionales y retumba el frío desapego con que Felipe González habla de Zapatero o Pedro Sánchez, o el propio Aznar sobre Rajoy y los vaivenes de un PP en situación de constante catarsis.

Claros en las palabras, displicentes en el gesto, desafiantes con lo que ellos entienden como jóvenes generaciones sin capacidad de altas miras; calibrando adjetivos con un metrónomo imperceptible para prohibir la escapada de una sola nota de entusiasmo. Y el rictus impregnado de alejamiento, esa inusual composición gestual de maliciosa indolencia.

Cuando tocan a rebato los jarrones chinos se descompone la agenda setting del momento o la estrategia de mañana. El dircom tiene horas contadas para hilar un argumentario, aminorar la intensidad de las palabras y acabar loando el gran servicio prestado por el interviniente en cuestión.

En resumidas cuentas, este torpedo en la línea de flotación del dircom es prácticamente indefendible, tiene que arreglar el desaguisado y además pasar casi de perfil por el asunto alabando la figura de ese jarrón que anhelan guardar en el rincón más oscuro del desván.

Es en esa salida de tono cuando el estratega tiene que hacer valer lo que cobra, agilidad y eficiencia de acción, lo que te obliga a improvisar con un tiempo tasado muy a la baja y pedir a los altares que no vuelva a suceder en mucho tiempo. Las cosas del directo que las llamamos en el gremio.

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