El monstruo de las galletas. 	 Sandro Luna. Hiperión. Precio: 9,62 €.
El monstruo de las galletas. Sandro Luna.
Hiperión. Precio: 9,62 €.

En el panorama poético español encontramos algunas propuestas estéticas que se basan en transmitir sentimientos, emociones, experiencias o imaginaciones al lector de forma sencilla.

En estas propuestas hallamos también los que no se ensucian las manos y los que se la arañan con la poda hasta dejar el verso transparente, lúcido.

Con la maña que requiere no dejar la expresión en lo superficial sino sobrecargada de significados como si de un frutal se tratase, al tiempo que evocador de sugerencias de un tiempo pasado, se halla El monstruo de las galletas (Premio Jaén de Poesía), de Sandro Luna, el quinto libro de poemas del autor de Hospitalet de Llobregat, después de ¿Estamos todos muertos?, Eva tendiendo la ropa, Casa sin lugar y Fuego de San Telmo. Todos ellos libros muy leídos y que muestran un rasgo común: una voz que transmite intensamente con unos parcos y selectos enunciados. Una producción poética que se ha visto acrecentada con sus dos últimos títulos.

En treinta y seis composiciones, El monstruo de las galletas nos devuelve al mito cernudiano del paraíso perdido. Ya desde el poema inicial la poesía converge en los juegos infantiles. Una visión del yo que no solamente es contemplativa sino también capaz de revisitar algunos de los mitos de la Antigüedad Clásica (Ulises, Ariadna, Teseo, Narciso…). Ya desde el trazo de su hija escribe Sandro Luna: «Mirando tus dibujos, / cuando escribo, / pienso si yo también». Como puede verse, se trata de una expresión depurada, plena de sentimientos, reflexiva, una hondura llena de recovecos.

En «Respiración» el sujeto integra en el poema el propio transcurrir, la propia existencia desde un punto de vista que, no por cotidiano, deja de ser vital, un proceso que no reparamos porque lo tenemos a diario, una mirada de perplejidad que esconde inocencia, templanza: «Yo le digo a mi hija que el aire no se coge, / porque es ofrecimiento, / y que la luz se da y nos recibe / en la misma medida / en que nosotros damos lo que es nuestro».

El poema se concibe como cauce donde la mirada actúa en el pensamiento. Los ojos llevan a ver no sólo el exterior sino lo que se remueve por dentro; un anclaje que evoca al ser querido, siempre con reveladora concisión de pleno sentido. Así, en el recuerdo a su padre: «Miro la catenaria / como si tú aún / tomaras el tranvía».

El monstruo de las galletas es un homenaje a la delicadeza en la expresión y un homenaje familiar y literario que nos deja a los lectores emocionados en unos cuantos versos, un elogio a la escritura poética breve. De los cinco versos que forman «Temblor» el último dístico es sublime: «Quien ha sabido amar tendrá su premio: / también vendrá la muerte a desnudarle».

Lo sutil de la expresión desnuda la cotidianeidad, con reflexiones que comunican el asombro que despierta una atención consciente sobre la inocencia: «Porque sólo los niños lo frecuentan / ese límite mudo / que es paz y atrevimiento y es callar / retumban las palabras». Sandro Luna se detiene en la observación muda. Lo contemplado lo acerca a otro ser, a un amigo o a alguien recordado de forma cariñosa. Son deliciosos, a este respecto, los poemas titulados «Distancia» y «Pellizco».

En esta poética de lo sencillo no hay encuentro, salvo el de sentir el instante. Luna reivindica la recuperación de los pequeños detalles mediante la musicalidad que imprimen la preponderancia de los versos cortos (heptasílabos y pentasílabos). El poeta se ofrece como cazador de instantes vividos y también de los soñados. Explora lo doméstico como al afeitarse, al mirar y al mirarse tan adentro. Las palabras se afilan en agudeza en el sobresaliente poema dedicado a la madre del poeta: «Mirar es entregarse, / ocupar otro espacio», o como el titulado «Niña pequeña»: «Si yo no puedo verme, / me miraré en ti». Vemos el reflejo del poeta en el espejo del baño y en el poema al enfrentar términos antitéticos: luz y oscuridad; mañana y noche; vida y muerte al cabo, como se percibe en «Noche cerrada» o «Abrir los ojos». Composiciones todas ellas que van a la raíz de la experiencia, engarzada en el instante y felizmente urdida a distintos mitos, que trasciende gracias a la expresión depurada de Luna.

En suma, en El monstruo de las galletas el lector gozará de una poesía intensa a la vez que sencilla; una dialéctica entre el deseo y la realidad, entre el ser que desea perdurar viviendo el instante eternamente y la lógica del pensamiento que lleva a Sandro Luna a evocar los instantes. Para concluir, véase la imagen mítica con la que se inicia «Ladridos en el laberinto»: «Sostienen mi cabeza una lucha conmigo / y toda mi atención se contempla en el ruedo».

 

 

A medianoche

(Miedo)

 

        A Mariano Álvarez

 

No sabía quién era al despertar

ni en qué momento vivo,

a medianoche,

yo me estaba viviendo.

 

Una nada tejía alrededor de mí

su vacío profundo, misterioso,

colmado de silencio.

 

Porque sólo los niños lo frecuentan

ese límite mudo

que es paz y atrevimiento y es callar

retumban las palabras.

 

 

Ladridos en el laberinto

 

        Y ya vas tan adentro que a nadie has de encontrarte.

                                               CÉSAR SIMÓN

 

                                               A Aitor Luna

 

Sostiene mi cabeza una lucha conmigo

y toda mi atención

se contempla en el ruedo.

 

En esa arena está lo que más amo,

lo que me da más miedo,

ese sitio al que llegas sólo huyendo

y al que sólo, al huir, puedes llegar.

 

Y me he quedado allí

convertido en estatua

igual que aquella vez

en el supermercado,

con mis padres,

enfrentado a pasillos

ordenados, asépticos.

 

Y en esa gran locura de centauros,

de telares urdidos, de leones,

de cadenas y de espadas y de esclavos

se ha escuchado un ladrido.

 

En la Ítaca que digo sólo Dylan,

este perro faldero y lazarillo,

le pone a mi cabeza corazón,

me lleva con mis padres,

da su mano Penélope.

Sandro Luna

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