“No dejamos de flagelarnos cuando miramos atrás y vemos que todo pudo haberse solucionado si hubiésemos aparecido unos minutos antes.”

“La felicidad se iba instalando poco a poco cuando imitábamos la pronunciación de las melodías.”

Nadie podía controlar su risa en  los momentos más inoportunos. Desde el día que tuvo la fatídica experiencia, su descontrol manifiesto nos juega malas pasadas. La incertidumbre se apodera de nosotros. Lo hemos intentado todo, pero continúa absorto en sus pensamientos como si no hubiera nada más. Va pasando el tiempo y no existe mejoría, aunque sabemos por su rictus que no sufre. Emite algunos sonidos guturales de vez en cuando, y siempre nos acercamos con la ilusión de encontrarnos con un breve cambio en su semblante. Se porta bien, pero el recuerdo de quién fue nos persigue, y no dejamos de flagelarnos cuando miramos atrás, y vemos que todo pudo haberse  solucionado si hubiésemos  aparecido unos minutos antes.

La decisión de mantenernos desde entonces en el mismo sitio, fue un gran acierto. Estamos en un lugar tranquilo y seguro, siempre rodeados de comprensión y cariño por parte de la gente que nos rodea. Aquí todo el mundo sabe lo que sucedió, y lo que tuvimos que hacer para no dañar a la mayoría.  Elegir el tipo de dolor que las circunstancias nos provocaban, y tener la certeza de que en ese momento todo estaba en nuestras manos, nos hizo decidirnos por lo menos desgarrador. Desde siempre es sabido por todos que nuestra manera de ser se aleja de los problemas, y si nos podemos poner en el lugar del débil, lo hacemos. Así nos enseñaron, aunque nunca nos pusieron en la tesitura que ahora alcanzamos, supongo que por desconocimiento.

Nuestros vecinos en el fondo están muy agradecidos, pero los consejos que nos dan desde la tranquilidad que supone no estar involucrados, viéndolo todo desde la lejanía,  son  desesperantes y carentes de lógica.  Palabras y palabras que se repiten una y otra vez para rellenar huecos. Huecos que se vaciaron de repente, sin querer, sin saber que existían, palabras que denotan el desconocimiento del desánimo  que crece sin parar en nuestras entrañas. La actitud frente a ellos siempre es amable, pero desconocen que aprender a vivir, buscando soluciones que nunca aparecen a pesar del enorme esfuerzo, es un trabajo arduo que requiere un entrenamiento sin pautas que va más allá de la razón.

No nos queda otro remedio que salir adelante por nuestros propios medios, pero es muy complicado tener que elegir qué lado de la balanza debe perder. Los recuerdos nos embriagan y cuando los sentimientos forman parte del juego, las decisiones son como dardos sin puntería.  Debemos usar la lógica desde lo más aséptico del alma, y olvidarnos de lo que ya no está aquí. Dejarlo todo en las manos del destino nos crea tal ansiedad, que vivimos impregnados en la sensación viscosa y cobarde del que se agazapa a la sombra desapacible y fría, dejando pasar el tiempo a la espera de la nada.

Hemos agotado todas las terapias y consejos de los mejores profesionales para estos casos, consultando también otras vivencias similares. Ninguna surte ni el más mínimo efecto, de manera que nuestra decisión personal rayando el agotamiento, es seguir probando a diario nuevos métodos de superación que inventamos. Aunque a él no le van bien, en nosotros despierta una fascinación parecida a la alegría, que nos hace vivir algo ilusionados. Seguimos a la búsqueda de la pócima de la curación, sin dejar de investigar y ocupando el tiempo de una manera más alentadora.

Uno de los últimos descubrimientos para oxigenar la respiración y ventilar el alma, es conectarnos con épocas anteriores a través de la música. Ahora, por las mañanas al salir el sol, oímos los madrigales de Monteverdi, y a todo volumen, con el aroma de esa música tan maravillosa, empezamos las tareas propias de cualquier día que comienza. Al principio nos encontrábamos incómodos con la novedad, pero según iban pasando los días, cada movimiento recobraba una energía que desconocíamos hasta el momento. La felicidad se iba instalando poco a poco cuando imitábamos la pronunciación de las melodías. Cantar a cinco voces fue despertando nuestras partículas entumecidas, y sin darnos cuenta nos fuimos alejando de la tristeza (que nos estaba carcomiendo)

Con el tiempo pudimos ver con claridad, que nuestro problema definitivamente no tiene solución, y  como a nuestro alrededor nadie lo pasa realmente mal, hemos dejado de pensar, inventar y sufrir. Además, para nuestra tranquilidad, nos avala un pacto de silencio con todas las personas del lugar y sus futuras generaciones.

Ahora al ritmo de la música sabe controlar la risa, y con sus sonidos guturales comienza a tararear el «Non più guerra» con una perfecta afinación que nos remueve las entrañas.

Y la conciencia…

 

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