Imre Kertész es una oz crucial y autorizada para revelar los abismos de la humanidad, a cuyo horror logró sobrevivir.

El centro sobre el que gravita su obra es Auschwitz, “el gran fracaso de toda Europa, la historia terrorífica de la la psicología profunda de Europa”.

Ni me sonaba, qué ignorancia tan supina la mía, el nombre de Imre Kertész cuando le concedieron el Nobel —que nunca esperó ni deseó, diez años antes de recibirlo, tal vez barruntándolo, temiéndoselo, anota: «Camus se puso mal y pasó meses enfermo cuando recibió el premio Nobel: la única reacción sana a semejante atrocidad»— allá por los albores de este siglo, que se está poniendo muy crudo, si bien es difícil que llegue, en cuanto a barbarie y genocidio, a la altura del precedente, del que este escritor húngaro fue conciencia viva. A partir de su conocimiento, tras leer en vilo, conmocionado, Sin destino, el testimonio de su experiencia, siendo adolescente, en Auschwitz y Buchenwald, no me he perdido ni uno de más o menos la decena que ha ido publicando con posterioridad Acantilado, siempre con magnífica traducción, salvo aquel primero, de Adan Kovacsics, al que en este libro se le escapa algún catalanismo.

El hecho de haber sufrido en su propia carne los dos devastadores totalitarismos del terror del siglo XX, el nazismo en los campos de concentración y exterminio en su condición, siempre problemática para él, de judío, y el comunismo, «una variante de la locura», a su vuelta a Budapest, lo convierte en una voz crucial, autorizada, para revelar los abismos de la humanidad, a cuyo horror logró sobrevivir, así como los mecanismos opresores de las ideologías. Pocos han indagado tanto y con tanta lucidez, sin cesar de darle vueltas, en los hondones de la condición humana responsables del triunfo y asentamiento social de lo totalitario.

El espectador. Imre Kertész. Acantilado. Precio: 18 €.
El espectador. Imre Kertész.
Acantilado. Precio: 18 €.

 

La mandorla de su constante meditación sobre nuestro tiempo, el centro sobre el que gravita su obra, es Auschwitz, «el gran fracaso de toda Europa, la historia terrorífica de la psicología profunda de Europa, la culminación de esa historia», lo que denomina «cultura del asesinato en masa». Sin embargo, en consonancia con el memorable discurso de Estocolmo, parafrasea a Adorno, dándole la vuelta a su severa admonición: «después de Auschwitz sólo es posible escribir poemas sobre Auschwitz». Por eso le espeluzna, con toda la razón de los lager, la versión Disneylandia de Spielberg: «Desde que Spielberg y el capital estadounidense descubrieron el Holocausto se puede apostar a que la monstruosa historia cultural del exterminio de los judíos se perderá en la espesa tiniebla de los cuentos románticos de indios». 

El espectador —una plausible explicación del título estaría en esta testificación: «mi vida, fantasmal; no la vivo con bastante intensidad, como si sólo fuese el espectador de todo»— es un volumen de sus diarios, reflexiones, testimonio de sí mismo y confesión pormenorizada, que abarca la década de los noventa de la centuria anterior, hasta 2001, justo antes de ser galardonado con el Nobel, cuando poco a poco, gracias a Sin destino, «una interpretación del mundo, no una novela sobre los campos de concentración», empezó a convertirse, sobre todo en el ámbito germano, en un escritor «acreditado». Se sitúa, pues, sin desmerecerlos en absoluto, entre los conocidos Diario de la galera, una «crónica como forma de autoanálisis», tres decenios «de silencio, de ocupación, de asfixia», de ostracismo, de escritura semiclandestina en un piso de veintiocho metros cuadrados y una habitación prestada, creo recordar, por una tía, durante el castrador marasmo del socialismo real, y La última posada, ocho años marcados por la enfermedad que sufrió hasta su muerte en 2016, parece que fue ayer.  

Sabedor del egoísmo inmoral desde el que ineluctablemente se escribe, como siempre su autocrítica es feroz, higiénica. Se zahiere duramente a sí mismo en cuanto a su actitud como hijo y como marido; al adquirir cierto renombre, empieza a aparecer en la radio y la televisión, comprende que fama es sinónimo de ridículo, nota que se repite de continuo, se distrae de lo esencial y concluye categórico: «Me convierto en empresa». Desde la melancolía que da el fracaso, con pundonor, en la línea de aquello de Beckett, más o menos, «fracasa, fracasa más, fracasa mejor», la única manera de afrontar estos tiempos sombríos, sin abrigo, siente, tras la caída del Telón de Acero, que el poder llevar una vida normal, libre de la amenaza palpable del Estado, lo ha sumido en un tedio «entrañable», paralizador en lo que respecta a la inspiración artística. Atiza duramente a la posmodernidad, porque atisba «el fin del mundo como incultura absoluta» desde que se impuso en el mundo una visión exclusivamente sociológico-económica.

Hace unos treinta años escribe «como quien nada hacia la orilla después de un naufragio», visionario: «Me he dado cuenta de que los escritores —en el sentido clásico o, si se quiere, verdadero de la palabra— comienzan a escasear y que el público se asombra cuando se encuentra con uno». En el fondo, me temo que los admiradores de Kertész lo somos en función de nuestra entrega absoluta, como la suya, en último extremo por encima de la vida, a la literatura, la misma literatura que lo sostuvo, a pesar de los pesares, frente a las adversidades políticas, la mísera naturaleza del hombre, la culpa de cada cual y la vergüenza propia, la suya, la de todos.

En uno de los apuntamientos del principio del libro confiesa su amor por Sándor Márai, su compatriota, otro escritor que me apasiona, «aunque no todas sus obras me gusten», no es el caso, desde luego, de sus diarios postreros, devorados de un tirón, que más adelante ensalza, merecidamente, por su singularidad. Y concluye: «Además amo a Thomas Mann, a Camus, a Bernhard; hoy querría amar a alguien, a alguien a mi alrededor, pero no amo a nadie». Ninguno de los abducidos por la literatura está, estamos solos, nunca, tenemos siempre, elegimos, la mejor compañía posible.

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