Un día no encontré la llave para acceder al aula donde impartía clases en el conservatorio, y tuve que improvisar nuevas acciones con mis alumnos sin nuestro querido piano. Entre todos inventamos como pasar el tiempo; no podía dejarles marchar porque eran menores de edad.  De todas las ideas que surgieron, pensamos que la mejor era la de dibujar un piano (de cola, de pared, eléctrico…).  Formamos un corro en el espacioso halle del auditorio, y todos sentados en el suelo nos dispusimos a comenzar la nueva actividad.

Fueron pocos los alumnos que enseguida supieron cómo  plasmar su creación en el papel que les había entregado, la mayoría tuvo que pensar un buen rato, e incluso mirar de reojo para copiar al de al lado. Descubrí grandes dotes para el dibujo en algunos de ellos, y aunque no quise hacer paralelismos, eran evidentes las diferencias contemplando los resultados. Al verme en ese brete y como no me gustan las comparaciones, descarté la proposición de un único motivo para todos, dejando libertad para que copiaran o inventaran lo que quisieran, pero siempre relacionado con la música. Con este ejercicio también quedó constatado que los que interpretaban su repertorio de  piano con mayor creatividad, tenían mucha más imaginación al elegir lo que iban a dibujar. No me gustó demasiado la experiencia, porque sin querer vi cómo unos se pavoneaban con sus logros, y otros se avergonzaban escondiendo debajo de sus manos sudorosas lo que incluso ellos no querían ni  mirar. 

Había pianos que parecían cucarachas con enormes dentaduras, violines como ochos con pelos o peras pochas, cantantes con descomunales bocas redondas llenas de lo que parecían espaguetis sin cocinar (que creo que representaban el sonido). Casi todos los dibujos estaban rodeados de semicorcheas volando como moscas por el espacio, con ojos y bocas risueñas. Claves de sol a tutiplén (estas las dibujaban a las mil maravillas porque todos los días las ensayaban en la clase de lenguaje musical). Violonchelistas como marañas en las que no se sabía si las efes eran del instrumento, los bigotes del intérprete o las cejas de una corista.

Me llamó poderosamente la atención lo que plasmó uno de mis alumnos, al que en mi fuero interno llamaba «el invisible» porque siempre parecía que no estaba. Era totalmente inexpresivo, tanto para hablar, como para tocar. Con una enorme y desconocida energía delineó un gran corazón (que ocupaba todo el espacio) como máxima expresión de la música. Lo llenó de trazos de colores intensos, lo desfiguró para que pareciera que latía y lo tituló «impresión». A partir de ese momento  el impacto que produjo en mí fue tan desconcertante,  que dejó de ser invisible él y todo lo que creía que lo era.

Ahora me sitúo  en el lugar más íntimo del aula para ver con los ojos que no había tenido hasta el momento. Agradeciendo la enorme lección que acababa de recibir, descubrí que la música puede estar en todas partes, y me sorprendo cada día vigilando con devoción lo que me rodea.

 Me alegré  de que aquel día desapareciera la llave, y a punto estoy de esconder la de algunos…

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