El vaso medio lleno.	 Enrique García-Máiquez. Ediciones More. Precio: 11 €.
El vaso medio lleno. Enrique García-Máiquez. Ediciones More. Precio: 11 €.

El vaso medio lleno ya nos declara el carácter optimista del autor.

Un volumen para lectores vivos, de mente fresca, despiertos a segundos y terceros sentidos. 

Libros de poemas, colecciones de colaboraciones periodísticas, volúmenes de diarios, tomos de aforismos, traducciones. El lector del proteico Enrique García-Máiquez, lea al Enrique que lea, siempre lo hallará de cuerpo entero. No importa si es al aguerrido columnista defensor de sus puntos de vista en contra del pensamiento dominante, al poeta de la vida de familia o al aforista en cuyo saco cabe cualquier asunto sobre el que merezca la pena detenerse y meditar unos instantes. Y, en cualquiera de ellos, siempre encontrará rastros de una vivaz inteligencia que le hará reír, cavilar e incluso replantearse alguna de sus ideas preconcebidas.

El vaso medio lleno ya nos declara desde el título el carácter optimista de su autor. Es el segundo volumen de aforismos que publica y aparece dedicado a Andrés Trapiello por haber descubierto su valía en este género al ser el editor de Palomas y serpientes, con el que entró en la familia de los pensadores a flor de verso de los aforistas. Sus parientes más cercanos, según aparece en la solapa, serían Jules Renard, Stanislaw Jerzy Lec, Mario Quintana, Logan Pearshall Smith y los moralistas franceses.

El género aforístico es siempre meta-aforístico, es decir, reflexiona mucho sobre sí mismo, lo que sea o deje de ser aforismo, sentencia, máxima o greguería. Vueltas y revueltas sobre este asunto de identidad en un género de frontera aparecen también en este libro, pero por fortuna no se queda en ello y salta al abordaje de un generoso montón de temas que aparecen agrupados en capítulos sobre la sociedad, el optimismo, el silencio, las estaciones, la poesía y la política, entre muchos otros. Consciente —como sostiene— de que «la verdad sin inteligencia no pasa de dato», el caso es que García-Máiquez se las compone a las mil maravillas para lograr que no haya una página que no nos sorprenda con una iluminación. Incluso cuando muestra su perfil confesional o incluso «proselitista» —al tratar temas de fe, Dios o conservadurismo— es capaz de hipnotizarnos verbalmente a través del poder de las palabras.

Los recursos literarios que pone en liza para componer estos «refranes de autor» son muy variados e incluyen desde el empleo de ritmos marcadamente versales al juego con citas tanto culturales como populares. Una frase de Borges, medio verso de Alberti o una mención del Quijote aparecen en un plano paralelo, para la consecución de su objetivo, al texto del epitafio de John Wayne sobre el que Loquillo interpretó un tema conocidísimo. Pero quizá los recursos más presentes y activos sean el humor y la hondura. Un humor efervescente, capaz de no tomarse demasiado en serio ni a sí mismo, un humor que hace soluble la mordacidad e instantánea la crítica: «No soy fanático. Haría deporte, si no tuviese nada mejor que hacer»; «La queja del conservador. El reaccionario no baja a defender». Una hondura de pensamiento que, en su brevedad, dice mucho más que voluminosos ensayos: «¿Sabe la dulce melancolía que está salvando lo que lamenta haber perdido?»; «Una poesía es una canción que lleva la música en la letra y la letra en la música».

La esencialidad que se le exige al poema, de la que la prosa puede estar exenta, comparece en los mejores momentos de El vaso medio lleno, un volumen para lectores vivos, de mente fresca, despiertos a segundos y terceros sentidos, preparados para dudar sobre cuándo se habla medio en broma o cuándo se calla medio en serio, algo que en el autor quizá podría reducirse —y no es extraño que haya sido su traductor y antólogo— a tener o no tener el don de Chesterton: esa suave firmeza para defender atacando y atacar defendiendo unas sólidas convicciones. Un don que Enrique García-Máiquez tiene.

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