Regalar un libro es un acto de compromiso íntimo que raras veces se olvida, incluso con la muerte por medio.

El relato es el medio para convertir la cruda realidad en ficción; quizá no más benigna, pero sí más llevadera e imaginativa.

Es práctica habitual que los “periodistas culturales” que, por azares del destino, hemos estado y seguimos estando en  algún medio de comunicación relacionado con los libros, recibimos cada día, por parte de las editoriales, un buen montante de libros gratuitos, cuya finalidad es la crítica y difusión de los mismos. De este modo, estamos exentos del debate cotidiano del precio, aunque, por otra parte, sea un asunto cultural de gran calado, sobre todo para ciertas economías.

Sin embargo, por más que uno esté acostumbrado a recibir libros sin contrapartida, al menos aparente, y disponga de una actualidad literaria bien servida en la mesa de su despacho, cuando alguien te regala un libro, lo recibes con gran emoción, no exenta a veces de sorpresa. No es fácil elegir un libro para quien se piensa que los tiene todos, aunque se presuma de conocer sus gustos y preferencias. Por eso el mérito de quien lo regala es mayor y la felicidad del receptor, en consecuencia, también lo es.

Equiparo el regalo de un libro con el de una flor o doce docenas de flores y me gustaría, aunque todavía no lo he hecho, depositar un libro en la tumba de cada uno de los seres queridos que han muerto; así como me gustaría que, cuando yo muera, alguien que me quiera deposite un libro en mi tumba o lo queme, junto a mis cenizas, o me lo lea por los siglos de los siglos. La pasión por la lectura es superior a la muerte, quizá lo único que merece la pena después de la muerte. No me imagino una eternidad sin libros.

Hace unos días me regalaron un libro. El hecho de que yo no fuera el único que recibí el mismo libro y de que el regalador fuera una editorial, después de un almuerzo para celebrar un Premio, no disminuyó la emoción. El título, El poder de la literatura, y la extensión y dimensiones (54 páginas de 23 líneas), fueron un reclamo; también la libertad para leerlo sin tener que responder con una crítica o una reseña, pues el libro no se ha comercializado. Lo leí en el ave de vuelta a Madrid y descubrí a una autora poco frecuentada por mí, Siri Hustvedt, de la que sin embargo sabía que había nacido en Minnesota en 1955, con ascendencia noruega, y que sus pasiones, además de la literatura, con la que las compagina, son la neurología, el psicoanálisis y el feminismo.

Aunque fuera el mismo título para todos los asistentes a la rueda de prensa en la que la primera novela, Días sin ti, de la joven poeta, Elvira Sastre, se alzaba con el Premio Biblioteca Breve; el efecto en cada uno de los regalados es distinto. En mi caso, la tentación estaba servida; al punto de que, terminado el libro, quise leer el resto de su obra y me apresté a buscar otros datos de su perfil biográfico.

Pero, tiempo al tiempo; así que me dejé llevar por el poder de la literatura y me tomé un descanso para reflexionar sobre lo que había leído, releer, apuntar frases. Estaba ante una prosa limpia y contundente; que, en pocas páginas, ponía el punto en asuntos claves del ejercicio literario: la memoria, los aspectos neurológicos y científicos de la creación y la lectura, la imposibilidad del futuro como algo real, la preponderancia de la ficción, la novela y el feminismo, por no contarlos todos. Por fortuna, en ningún momento citaba la palabra “relato” para explicar que cuando se cuenta algo siempre tiende a convertirse en ficción, cualquiera que sea su fuente, incluso en los filandones antiguos.

No es la primera vez que hago hincapié en el abuso que se está haciendo del término en los medios de comunicación: el relato de esto, el relato de lo otro; lo cual no sólo devalúa el significado del término, sino que lo simplifica y llama al engaño.

Coincidiendo con la exposición pulcra y elocuente de la escritora norteamericana, hemos convivido los últimos días con otro término derivado del anterior, “relator”, de, cuanto menos, dudosa aplicación. Sólo desde la perspectiva de la Política como un campo abonado para la Ficción resultante del relato ajustado de los hechos, se debería utilizar la palabra “relator” para contar lo que de verdad sucede en una mesa de negociación. Todavía nos cuesta aceptar que la política está en una dimensión, distinta y cada día más alejada, de nuestro deambular cotidiano. Una dimensión inalcanzable o sólo alcanzable con mucha imaginación.

En caso contrario, si se piensa que en la política todo es real como la vida misma y, de ninguna manera, se atisba la ficción por ningún sitio, entonces el término elegido hubiera sido más justo: fedatario (notario); pues el relator siempre convertirá en ficción, escrita o hablada, todo lo que le cuenten, lo que oiga y lo que se invente.

Las palabras deben respetarse porque, como bien dice Siri Hustvedt, aunque no tengan cuerpo, detrás de ellas hay un cuerpo que piensa, recuerda, lee, y, en muchos casos, quiere cambiar el mundo; a veces con mucha imaginación.

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