“Lo hermoso del suicidio es que es una decisión. Es muy halagador poder suprimirse. Así como llevamos, según Rilke, la muerte con nosotros, llevamos también el suicidio.” (Emil Cioran)

“El suicidio es un pensamiento que ayuda a vivir. Sin la idea del suicidio me habría matado para siempre.” (Emil Cioran)

“Para mí la vida normal es la vida gozosa”, escribe, como piensa, Henri Roorda en un fragmento de este libro pequeño de extensión, pero harto grande de significados.

No debe de ser fácil desprenderse de esa vida gozosa, máxime cuando se ha puesto todo el empeño en el disfrute de sus placeres; pero no supone una contradicción que esa misma vida plena aboque al suicidio. Tampoco son contradictorias las posturas del gran adalid del suicidio, Emil Cioran, y del escritor librepensador, libertario, pedagogo y profesor de matemáticas, que nos ocupa en esta gozosa e implacable radiografía del suicidio.

En el fondo, como dice el propio Cioran, lo que subyace es la posibilidad de suprimirse, sin la cual no es posible la felicidad, ni la vida alcanza su plenitud. Retar a los dioses, cuales quiera que sean; anticiparse al destino, por más que éste vaya implícito en la decisión final, personalizar la muerte, constituyen la culminación de la esencia del ser humano: su libertad para decidir sobre su propia vida.

Vano sería enumerar las causas que pueden llevar a alguien al suicidio −cada persona convive con una suerte de suicidio; incluso la que carece de motivo−; pero quizá no esté de más adjudicarle a cada acto de autoliquidación, más que una crítica, un ataque implícito a la sociedad y a la realidad pacata en que ésta se envuelve. Baste un párrafo subrayado de este libro, Mi suicidio, que Trama editorial rescata para nuestro regocijo: “Me figuro la cara que pondrían los ricos si los pobres adoptaran la costumbre de suicidarse para abreviar su triste y gris existencia. Con toda seguridad dirían que es inmoral. ¡Y qué medios emplearían para impedir la evasión de sus prisioneros!”

Tanto Ciorán, con no haberse suicidado nunca, como Henri Rooda, pegándose un tiro después de concluir su obra póstuma iluminadora, reivindican la libertad de decisión sobre su vida y su muerte; pero, sobre todo, dejando testimonio escrito sobre dicha reivindicación −extramuros de la cárcel de las convenciones impuestas por la sociedad−, la necesidad de dotar al suicidio de una visibilidad que se le ha negado.

La muerte viaja con nosotros durante toda nuestra vida, hasta que la naturaleza, la enfermedad o la violencia la llevan a la primera plana y se desprende de la máscara −la persona− que la disimulaba. Sin embargo, la sociedad le impone otras máscaras, que, más que al miedo a la propia muerte, casi siempre obedecen a intereses espurios y de distinto pelaje. La muerte se esconde detrás de los ritos que imponen las religiones. Incluso en tiempos tristes de pandemia, la muerte se esconde detrás de las estadísticas, los números, versos sin alma que un locutor, un artículo o un chat nos recitan cada día, cada hora, cada minuto. Pero la muerte actúa, aunque se la niegue, aunque no se vea o no nos dejen verla, y el rito sigue y se convierte en el rito de la soledad asistida por los medios de comunicación y las matemáticas.

En el caso del suicidio esta negación ha sido llevada al límite de prohibirlo y penarlo, declarándolo obsceno, antinatural; propio de artistas y degenerados, de mentes débiles y corazones rotos. Cuando, en realidad, suceden todos los días y en todos los países del mundo, ricos y pobres; a veces en una cantidad alarmante para esa sociedad que ni siquiera se atreve a informar de ello a través de una estadística. Las leyes que rigen esa sociedad y aspiran a regir la realidad que envuelve a ésta, aceptan la muerte y la engalanan, incluso la muerte violenta (guerras, etc…) siempre y cuando sean sus reglas −las imponga quien o quienes las impongan− las que la regulen. En ese contexto, la muerte propia y por iniciativa propia, el suicidio es un atentado contra la sociedad, una deserción que será castigada no bien falle la intentona de escapada, una traición que habrá de pagarse aun cuando la máscara se nos haya caído a todos y la muerte campe por sus respetos. Como ahora, bajo el imperio del coronavirus, una noticia aislada referente a las autoridades sanitarias que prevenían de la cantidad de suicidios que iba a dejar la pandemia. Finalmente, el suicidio salía a la palestra, aunque fuera como el resultado de un trastorno psíquico y se situase en el horizonte.

No hace falta estar loco para suicidarse. De hecho, todos los días se suicida gente que padece enfermedad alguna, salvo la de no aguantar la vida, sea cual sea la causa. Los textos de Cioran y éste de Henri Rooda no van más allá de constatar una realidad contra la estupidez humana que la niega o la esconde, aunque la esté pisoteando constantemente; no hay alabanza del suicidio, ni siquiera un reflejo de la posibilidad del suicidio en los demás.

Hablan de sí mismos y de su experiencia del suicidio como una realidad que a uno le ayudó a vivir y al otro a morir dejándoles a sus acreedores −amigos que sufragaron sus placeres terrenales y que aún quisieron proveerle de argumentos económicos para que no se matase− este lindo epitafio, digno de su pesimismo alegre; paradoja que engarza la vida y la muerte.

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