Tercera entrega del exhaustivo análisis literario e   histórico de la novela de Galdós: El caballero encantado.

La cruz y el fusil han sido las armas de la ley moral y social; es decir, del Orden.

Madre Privilegio

Desgraciadamente, no tiene suficiente como para no descargar su frustración y su odio sobre sus compatriotas inocentes: un velero no puede con un acorazado, pero un fusil sí puede con un hombre. Sea un general, sea un guardia civil o cualquier fuerza del Orden, siempre resultan ser todos esclavos de la Ley.

Y esclavos fueron los moros, los judíos, los gitanos, los negros, los indios, los diferentes, los incomprendidos, los desposeídos, los pobres. Y ellos, esclavos no de la ley sino de quienes la representaban, incluida una Iglesia, Madre de privilegios, que, desde el principio, prefería mantener una clase de unidad religiosa allá donde se erigían sus cruces y se fundaban sus templos, fiscalizando tradiciones y culturas ajenas, antes que respetar, entender, compartir o tolerar. Mantener un orden moral que evitara cualquier ímpetu de rebelión o cualquier intento de usurpar su poder milenario. Unidad religiosa que, claro está, preserva una clase de unidad territorial, acaso reinventada en sus ampliados límites por la colonización, la apropiación y el robo material y espiritual. Apropiación que no escatima, por otra parte, el necesario derramamiento de sangre. Sobre tal hecho se refiere el autor de El caballero encantado: “Las gigantescas empresas de los Reyes Católicos extreman completamente el sistema, y en su glorioso reinado la cruz es emblema de los emblemas. Por la cruz se conquista a Granada, por la cruz se descubre a América y se envían a ella los primeros pobladores europeos; en nombre de la cruz se emprende aquella obra de unificación, grande en medio de las crueldades” (Pérez Galdós, en Shoemaker, Las cartas desconocidas de Galdós a “La Prensa” de Buenos Aires, Madrid, Cultura Hispánica, 1973).

La cruz y el fusil han sido las armas de la ley moral y social, es decir, del Orden. Cuando el amigo de Gil y Pascuala, Cíbico, aconseja a la pareja que se case “por la ley de Dios”, pues así se hallarán “santificados”, y les pide que sean “un poquitín hipócritas” poniéndose, de tal forma, “en el tono de los demás”, no está más que reproduciendo al dictado las consignas de esta Iglesia del dios opresor: despersonalizar a los hombres destruyendo su voluntad libre con el engaño fantástico de la vida eterna. Por ello, Galdós reniega de la clerigalla inmunda que, además, como ocurre en su novela Misericordia con el obrero de la urbe, antes permite invertir dinero en misas que satisfacer las necesidades del trabajador del campo, en el caso de El caballero encantado. Lo cuenta una campesina: “¡Pueblo iznorante y farisón! Pa esos gansos, el arte no es nada… To’l dinero pa misas, y los probes artistas que ladremos de hambre” (XII, 177). La Iglesia representa el privilegio, cuando lo que debería representar es el apoyo a las clases más necesitadas y desprotegidas, y ejercer la compasión que espera de sus fieles, y no apoyar al Gobierno en este ejercicio insolidario de su política.

La Revolución al poder

Pero el Gobierno y la Iglesia terminarán perdiendo “la fórmula”; esa “receta para confeccionar las mixturas y pócimas con que embriagan y adormecen a la muchedumbre gregaria” (XVII, 238). El pueblo se quejará y protestará y recurrirá a la lucha violenta, como sucede en El caballero encantado, llevada a cabo por los campesinos contra los caciques, contra los oligarcas. En las grandes ciudades con una industria más evolucionada, como Barcelona, sucederá lo mismo. Las ideas internacionalistas introducidas por el anarquista italiano Fanelli ahora se llevarán a la práctica de forma mucho más virulenta, y los obreros anarquistas se lanzarán a la calle y quemarán iglesias y arrasarán en nombre de la Libertad. A esa voluntad se sumará la no asunción de que el Gobierno no reconociese el llamado “hecho diferencial” catalán. Indica Jaume Vicens Vives: “no puede causar sorpresa que aquella ciudad [Barcelona] fuera el epicentro de los fenómenos sociales más repulsivos respecto al Estado español de la Restauración. Su potencialidad económica, su inquietud espiritual y su dinamismo la hacían incompatible −en lo social y en lo político− con los procedimientos en boga en la administración y el parlamentarismo madrileños” (1972, p. 344). Hay que decir también, que el radicalismo obrero aumentó con motivo de la guerra europea de 1914-1918, en que España volvió de nuevo a demostrar su ineficacia declarándose neutral no por el hecho de que quisiera la paz, sino, como escribe Manuel Cordero en 1932, por “la incapacidad política, la debilidad económica y la desorganización militar de nuestro país” (apud. J. A. Lacomba Abellán, La crisis española de 1917, Málaga, Ciencia Nueva, 1970, p. 53).

Todo esto viene a cuento de lo que el profético escritor nos muestra en su novela. Los habitantes de Boñices ya no aguantan la situación, y  la revolución campesina está al caer. Muchos de ellos, como los trabajadores de las tierras pertenecientes al que fuera don Carlos de Tarsis, emigrarán a la ciudad. Pero, ¿qué está pasando en la ciudad? Pues, ciertamente, lo mismo. Todos tendrán que unirse para barrer el polvo restaurador extendido por todo el país. Las convulsiones sociales desembocarán en una huelga general revolucionaria en 1917, patrocinada por la U.G.T. con el fin de declarar una República democrática socialista, según Vicens Vives: “más o menos inspirada en los propósitos de la revolución rusa, antes del golpe comunista de octubre” (op. cit., 1972, pp. 335-356). Porque, ¿cómo acabar con el sistema si no es a través de una revolución, de una destrucción radical de los podridos pilares que sostienen un sistema corrupto, represor, ineficaz?

A partir de 1917 existe la posibilidad de la revolución mundial. En Rusia el sistema lo provoca, pues había tenido una larga historia de servidumbre que lleva en el siglo XIX a que una élite liberal, exigente y bien dotada, se una a esa gran masa ignorante y cree una situación revolucionaria. Muchos jóvenes estudiantes se dedican a sacudir las conciencias de los campesinos para que reivindiquen sus derechos y, aunque al principio no fuese fácil, ello sirvió para que se siguiera en el intento y para que se crearan organizaciones cada vez más radicales. A partir de la revolución de octubre de 1917, Rusia se extendió como Unión Soviética por muchos países (Azerbaiyán, Afganistán, Letonia, Lituania, Estonia, Moldavia, etc.). Muchos de esos países son islámicos, pero se integran, a partir de la revolución, en una conjunción de estados, sin tener en cuenta características étnicas o religiosas. No obstante, en esta época, la gran potencia capitalista de Alemania, que quiere dominar el mundo, no cree en la revolución soviética, y dese 1917 los países que creían en el libre mercado y en el capitalismo pusieron todos sus esfuerzos en conseguir que esa revolución global no se produjese.

En realidad, la revolución mundial intentaba derrocar el concepto de Estado-Dios explotador del hombre por el hombre. Pero esa explotación se ha producido siempre. Por ejemplo, los Estados Unidos también la han llevado a cabo, pues sus esfuerzos siempre se han dirigido a evitar que en Latinoamérica existiese un régimen o un gobierno de signo socialista. Si lo ha habido, lo han derrocado o han intervenido militarmente como ha sucedido en Honduras, Nicaragua, Chile, El Salvador, Cuba, etc.

Héspero: aliento de esperanza

El Galdós analista veía venir mucho de todo esto, pues, en el fondo, Esclavitud, Inquisición y Represión han resurgido siempre de sus propias cenizas. Sin embargo, no se debe olvidar que su visión del pasado y presente históricos, con sus pocas virtudes y sus muchas desgracias, no le impedía perder la esperanza en un futuro republicano y socialista donde no existiera “el tuyo y el mío” de la injusticia, donde la nueva mentalidad y concienciación de muchos hombres sirviera para que los venideros engendraran en sus cabezas y en sus corazones un espíritu trabajador, pero abierto y fraternal. A partir de ahí, sería posible la libertad e imposible concebir mundos como el de Misericordia, o añorar otros como el de El caballero encantado.

El niño Héspero, fruto del amor del trabajador Gil y de la maestra Pascuala, es símbolo de ese futuro en el que nuestro escritor creía y en el que había de hermanarse todo el mundo hispánico en su conjunto. El encantamiento del rico terrateniente es el sueño de todos los días de personas como Benito Pérez Galdós. Un Tarsis que ahora es la aurora de los pobres que anhelan justicia y libertad, pues: “llegó a posesionarse de la síntesis social, y a ver claramente el fin de armonía compendiosa entre todas las ramas del árbol de la patria” (XXVII, 342). El caballero encantado es el resumen de una historia por construir, punto de partida para la “preparación del reinado de la igualdad humana” (II, 93).

El encantamiento de Tarsis: una explicación a lo galdosiano

En el momento en que El caballero encantado fue concebido, se abrió el mundo representado a un cuento fantástico por parte del autor canario en el que, a su vez, se produjo otro sueño del que todavía nadie ha despertado. No es ningún cuento el que nos relata Galdós, no es ninguna mentira, sino toda una verdad que se viene haciendo universal desde que salió, a velocidad de tren, del túnel de un pasado oscuro que aún ennegrece el papel donde escribe sus obras y describe los hechos. Es la verdad multiplicada, la verdad interiorizada, la verdad “desmatematizada”.

El joven y aristócrata Tarsis no sueña, no busca el sueño, sino lo práctico, lo real burgués, lo que mira a la conveniencia, lo material. El sueño es cursi y pérdida de tiempo. No es “sabio durmiente” como su amigo Becerro. Es, simplemente, un burgués que hereda títulos y vive en la vigilia continua, equivalente a un pasmoso “estado de ignorancia”. Pero es a través del enamoramiento que experimenta por Cintia cuando se produce el encantamiento (producto también del hombre soñador del campo castellano). El espejo mediador no refleja el rostro del caballero, sino lo que se oculta tras ese rostro, es decir, la imagen prístina de sus pensamientos: Cintia.

Como consecuencia de haber sucumbido al amor, ha sucumbido también al sueño. Ahora es Gil con su “nueva conciencia embrionaria” que “estaba en él como escondida y agazapada en lo recóndito del ser, hasta que el curso de la vida la descubriera y alentara de nuevo”. Pero, ¿qué es ese extraño espejismo, este inverosímil paso del “concepto de lo real” al “concepto de lo maravilloso”? Parece un misterio que no pretende develar el narrador: “Así lo dicen los estudiosos que examinan estas cosas enrevesadas de la física y la psiquis, y así lo reproduce el narrador sin meterse a discernir lo cierto de lo dudoso” (VI, 117). Sólo se remite a reproducir los términos empleados por tales estudiosos: “Empezaba, pues, el desdoblamiento de las dos figuras, de las dos personalidades, desdoblar lento, que los estudiosos de la psiquis comparan a las primitivas funciones de la vida vegetal” (VI, 126).

Galdós introduce términos freudianos para dar una explicación científica al misterio del encantamiento. En realidad, lo que hace es ofrecernos un discurso racionalista de signo moderno porque esa transformación que se produce en Tarsis y que da lugar a la convivencia de “dos en uno”, es algo nuevo para la mentalidad decimonónica del burgués y, a la vez, es algo que, por no ajustarse a ninguna ley física o positivista, no se puede controlar. El que no se ajuste a ese tipo de ley supone que ésta es insuficiente para explicar las cosas, ya que resulta no ser la única. El desdoblamiento de Tarsis en dos personalidades equivaldría a la concienciación de que existen dos caras de la misma realidad: una es la del Yo y otra es la del Otro. En eso consiste la transmutación de Tarsis en Gil, en ponerse en el lugar del otro porque esa “otredad” es también real y ve el mundo desde una perspectiva distinta. Por esa razón Galdós eligió a un personaje cuya ascendencia estuvo en algún momento privada de libertad para que, una vez descubierta esa “subconsciencia o conciencia elemental, agazapada y escondida”, se remontase a sus orígenes, a la Madre, a la Matriz, a la “vida vegetal primitiva”, a esa “conciencia embrionaria” (apud. edición de Rodríguez Puértolas, en Pérez Galdós, El caballero encantado, 2006).

En definitiva, la explicación de Galdós respecto a lo que le pasa a Tarsis se orienta hacia la modernidad, hacia la destrucción del concepto tradicional burgués de la realidad, la cual era la del mundo oficial controlador de la voluntad y del pensamiento. En el fondo, intenta dar una explicación al incrédulo lector positivista que tanto abundaba. Todo lo que ya se sabe que vive este caballero transformado cuando presencia la rebelión de los habitantes de Boñices, es producto de ese desdoblamiento, de esa dualidad simbolizada en la “otredad” que nace de la conciencia.

Asistimos, pues, a los orígenes de la Europa de la gran crisis burguesa, cuya lógica se pone en entredicho.

Todo se vuelve relativo (en esa época nace la teoría de la relatividad de Einstein), se rompen las normas y los esquemas (en pintura, por ejemplo, con el cuadro de Pablo Picasso “Las señoritas de Avignon”, de 1907; en literatura, con la mezcla de géneros, siendo una indiscutible muestra El caballero encantado, donde resuena la técnica cervantina revitalizada ahora al romperse los viejos límites y conceptos, siendo de tal manera que, por ejemplo, la novela se funde, y se confunde maravillosamente, con el teatro). Se trastoca el orden teocrático establecido durante siglos, se revolucionan las conciencias. La nueva realidad se enfrenta a la antigua. No es casual que el autor de El caballero encantado conciba, y subtitule, su obra como Cuento real… inverosímil.

Es así que Benito Pérez Galdós utiliza el elemento maravilloso para presentarnos cuán de ello tenía el mundo moderno que ya se venía manifestando desde finales del siglo XIX y que supondrá un cambio radical de mentalidad a partir de la Primera Guerra Mundial. No sólo ha cambiado el modelo de narrar; Galdós no sólo logra superar el realismo literario decimonónico burgués, no sólo reniega de la mentalidad pesimista finisecular a la que le urge una siniestra “mano de hierro”. Para el escritor canario el porvenir está en Héspero, en el futuro de un hijo fruto del amor entre una maestra de escuela, esto es, entre una obrera intelectual, y un trabajador del campo; ese futuro se halla en la educación y en el trabajo. La Historia ha pasado a la historia, porque, a pesar de las injusticias, los sueños no sólo están hechos de esfuerzo, sino también de esperanza en el porvenir.

Once años después de escribir la novela que nos ocupa, el 4 de enero de 1920, y no sin haber logrado publicar en vida algunas obras posteriores de importancia igualmente merecida, Benito Pérez Galdós alcanzaba su último aliento vital. El día 5 de enero, la multitudinaria comitiva funeraria, compuesta por decenas de miles de personas que querían rendirle sus respetos, acompañaron al féretro por diferentes calles de Madrid hasta el cementerio de La Almudena. Era la despedida simbólica por la muerte de un hombre de obra inmortal, quien, llegado de su tierra natal, Canarias, cuando aún era muy joven, enseguida se sintió cautivado por un Madrid donde convergían los acontecimientos convulsos de un pasado social y político nacional que el sencillo hombre de a pie no podía verbalizar como testigo. Galdós toma también su palabra para contarnos su realidad. Hoy asistimos a una oportunidad más de conocer al escritor que tanto supo entender la historia común de un país a través de su mirada puesta, invariablemente, en la condición humana universal.

 
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