Diez planetas.  Yuri Herrera. Periférica. Precio: 15,50 €.
Diez planetas. Yuri Herrera.
Periférica. Precio: 15,50 €.

Yuri Herrera es un narrador mexicano que me deja pasmado cada vez que me acerco a un libro suyo, siempre me quedo sorprendido y anonadado.

Antes de los cuentos reunidos en Diez planetas, que no sé ni cómo calificar, más adelante lo intentaré, leí El incendio de la Mina El Bordo, un reportaje trepidante, crítico desde un estilo propio del realismo objetivista, casi notarial, fruto de la investigación que realizó con vistas a su doctorado en Berkeley sobre el terrible suceso enunciado en el título, en el que murieron, por lo menos, ochenta y siete personas, cerca de Pachuca, estado de Hidalgo, de donde es originario. Es una reconstrucción lo más fiel posible, opuesta a la explicación oficial, en base a declaraciones de testigos, actas, noticias de prensa y versiones anteriores de los hechos, como “reticencia frente a la verdad jurídica que convirtió la historia en un episodio archivado”. Un atestado en toda regla, impresionante, en particular recuerdo la narración de los siete mineros que sobrevivieron milagrosamente durante una semana, con las bocas de los tiros selladas.

Pero es que antes, con el machonol como base pero al mismo tiempo plagado de incrustaciones léxicas preciosistas, en La transmigración de los cuerpos, su tercera novela publicada en España, tras ensayar esta forma expresiva, entre narcos y corridos, en Trabajos del reino, su aclamada ópera prima, y, entre mojados border, en Señales que precederán al fin del mundo, me deslumbró el aliento sensual en la manera de expresarse  de los personajes, a los que el narrador, que también utilizaba hermosos mejicanismos se dirigía desdoblándose en segunda persona, aconsejándoles con desparpajo qué hacer en los momentos climáticos. Y cómo retrataba los bajos fondos, que al parecer son muchos allí: violencia, burdeles, secuestro exprés, matones de todo pelaje…y un amor brutal en medio de ese mundo enfurruñado, sin piedad, de pinches pendejos, conocido por las películas –naturalmente viene a la cabeza ‘Amores perros’ de Iñárritu–. De hecho, todo el libro era muy visual, excepto el primer tramo, donde Herrera sacaba a uno de esos virus apocalípticos, una especie de gripe aviar transmitida por un mosquito de origen egipcio, que por entonces nos acobardaban de mentirijillas y mira la tragedia del Covid-19 o como se llame.

Ahora da otro giro radical, al pasar del realismo feroz a una veta de fantasía de imaginación portentosa, y nos ofrece un puñado de relatos donde prima la extrañeza, que vete a saber cómo se pueden encuadrar, arriesgando mucho estarían entre la literatura puramente del absurdo y la deshumanización con ecos kafkianos (hay una historia en la que los hombres se metamorfosean en animales, por caso), la distopía metafísica, tal vez lo más aproximado, si es que pueden casar en un sintagma este sustantivo del subgénero de narración anticipativa y el adjetivo abstracto o más genéricamente, dentro de la ciencia-ficción (en la contraportada se le relaciona con Ursula K. le Guin y Philip K. Dick), si bien con tintes humorísticos un tanto a lo Beckett, desde la desesperación, y cachondeándose a veces del propio género. En uno de los relatos, una presunta crítica literaria, una tal Pirg, afirma irónicamente: “sabes lo previsible que me parece la ficción especulativa. Es formulaica, es efectista, es adolescente” y más adelante, cuando el otro personaje del relato, un tal Zorg, “autor del Quijote” (de ahí, creo, la influencia borgiana que también le achacan y no veo por ningún sitio salvo por esta extraña reencarnación de Pierre Menard que nada tiene que ver con él) le propone “añadirle unas cuantas naves espaciales” a la historia quijotesca, Pirg confiesa que le gusta la idea, ya que “el anacronismo lo acerca al realismo sucio”.

Genio y figura. Aparte de a Cervantes por mediación de Borges, Herrera homenajea a Cortázar (un relato se titula “Casa tomada”) o a Melville (en otro, el protagonista es Bártelbi, naturalmente uno de los “heroicos burócratas a cargo de la retirada planetaria”) mientras nos muestra una caterva de personajes degradados de un mundo futuro seguramente proyección de éste: hombres con amortiguadores, habitantes copulativos de un noveno planeta, lectores de mapas nasales, apáticos y sumisos conspiradores, constatadores medio policías medio forenses, obituaristas entregados a la causa, monstruos artísticos que se autodevoran, agentes estelares infiltrados y en peligro, un terrícola despistado en un planeta desconocido, que toma por marciano, el último ejemplar humano también kafkianamente enjaulado…

El libro tiene numerosas aperturas argumentales: en el primer cuentecillo, “La ciencia de la extinción”, que recuerda la amnésica plaga del olvido de Cien años de soledad, aunque aquí vaya más allá, porque “todos se están yendo”, el mundo se disipa tragado por el silencio; en el segundo, “Entera”, una bacteria cobra conciencia, hasta sumirse en la angustia existencial y deprimirse en una tristeza suicida, en el intestino delgado de un inglés de Sheringham, tras entrar en contacto con un ácido lisérgico que se había tomado el sujeto. Sólo me queda invitarlos a un paseo mental por una Tierra plana que termina en un finisterre abismal plagado de dragones, por planetas musculosos, mares plastificados o asteroides convertidos en naves nodrizas galácticas. Bon voyage.

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