La mesa de novedades editoriales empieza a estar llena de libros sobre la pandemia, escritos desde el confinamiento de la primavera pasada.

Pocos hay, sin embargo, como éste de Fernando Beltran, escrito desde el abismo de la enfermedad, en caliente, mientras el autor luchaba por sobrevivir al covid.

Con sólo echar un vistazo al escaparate o a la mesa de novedades de las librerías abruma la abundancia de títulos, en particular entre los diarios y los libros de poesía, que abordan aspectos relativos a la actual pandemia, la mayoría desde la sensación distópica del confinamiento total de la primavera del año anterior, pero hasta ahora no había dado con ninguno escrito por alguien seriamente afectado por el virus, como es el caso de La curación del mundo del ovetense afincado en la capital del reino Fernando Beltrán. De hecho, el libro está escrito en caliente, mientras luchaba por sobrevivir justo al borde del «extraño abismo», sintiendo al lado el aliento de la muerte, de la nada.

Tal vez por eso, sin recurrir al patetismo ni mover a conmiseración, alejado del crudo verismo hospitalario, elevándose sobre la realidad para trascenderla —si bien se sigue a través de los poemas su estancia, se indica simplemente al final el número de habitación y de paciente, o se anota, por caso, que a los nueve días del ingreso, «curado ya de espanto», le dan pastillas, identificadas con «la pócima, el Dorado», contra la malaria que tal vez sean eficaces para frenar al covid, en ningún momento citado—, la infección sea al cabo, en virtud de su manera de afrontarla y superarla en el libro, un revulsivo, tenga un valor catártico. Una vez que el poeta constata: «Vives. / La enfermedad no pudo», cuando está seguro de que va a seguir un tiempo en el Hotel Vivir, se conjura para disfrutar del mundo a tope, a fin de no perderse ningún don del milagro de la existencia: «Nada será ya como antes. // La lluvia no será ya la lluvia, / será celebración aún más gozosa…» y así, en una letanía bajo el título «Tacto», dedicado a dos de las enfermeras que lo atendieron, el resto de las cosas.

La curación del mundo. Fernando Beltrán. Hiperión. Precio: 12 €.
La curación del mundo. Fernando Beltrán.
Hiperión. Precio: 12 €.

Ya en plena lucha en carne propia contra el virus acude al recuento de momentos dichosos de su vida, cantando lo que se pierde al modo machadiano, lo que tiene sentido, desde la infancia norteña, indeleble («Los charcos de un niño / son mucho más que un charco. / Duran siempre. Jamás secan del todo»), cuando revivía el Tour con chapas de botellines, hasta el remanso doméstico con «un ojo en cada hija» y el amor a su mujer, «el último clavo ardiendo»; desde el anclaje familiar («Mi madre. Ay. La más hermosa») a los trips iniciáticos a París o su llegada en tren a Madrid. De tal forma que las puntuales referencias médicas y de su paso por el hospital constituyen un telón de fondo y el lector interpreta como correlato objetivo, a menudo simbólico, del enfermo, gracias a procedimientos enumerativos, un tanto caóticos, por acumulación de imágenes y atracción semántica, las figuras de Goya y su «don para el dedo en la llaga», del domador o del escalador («los hierros de mi cama, helado manillar»), reminiscencia de su paisano López Carril retorciéndose sobre la bicicleta, agarrándose a golpe de riñón a las curvas de Alpe D´Huez, la mítica cima que novelara Javier García Sánchez. 

La poética del libro la marca el primer, y fundamental, poema, cuyo verso final, atribuido al ángel mujer salvador que «le dio la mano», el hálito de vida, le da título. Comienza con la constatación de nuestra insignificancia y la indiferencia de lo natural, que está en su ser y sigue con su ritmo estacional, despertando en primavera mientras la actividad social se paraliza y suspende ante el ataque del virus asesino. La naturaleza está siempre por encima de la contingencia humana y a ella, desde su mirada esencialmente marítima, cantábrica, de raigambre asturiana, vuelve el poeta cuando consigue («pensé que ya jamás») superar la enfermedad, con la guía del colega Jorge Riechmann. De su boca escucha a Bashō y la sensación que lo embarga («llamémosle paraíso. Felicidad no me atrevo») culmina, claro, en un jaiku muy significativo: «Bajo un sombrero, / disfruto de la sombra, / aún estoy vivo».  

Siendo perito y artífice de la palabra, no en vano creó tendencia nominativa empresarial en su estudio «El Nombre de las Cosas», Beltrán ha renunciado en sus versos a ese virtuosismo, al uso de palabras brillantes, muy al contrario, se ha inclinado por devolverles su dignidad a las sencillas, las del común. El poema dedicado a Luis Eduardo Aute, que murió por aquellas fechas terribles, bien puede tomarse, igualmente, como algo con voluntad comunal, es una elegía, orlada de metáforas como la totalidad de los poemas, entonada en nombre de nuestra generación, que tanto le debe al «explorador de instantes», a aquel que nunca se movió ni un ápice en su aluvión de canciones y versos, en sus avances «siempre más allá», del «lugar más difícil: la belleza» para sintonizarnos con la banda sentimental y ética en la que crecimos durante la Transición y encallamos, desde su nostalgia, en el periodo democrático.

Beltrán se mantiene fiel, en cuanto a la forma, a la plasmación de su sentir en poemas en general extensos, de naturaleza discursiva, con largo aliento, pongamos como, no sé, en otro orden de cosas, los de La semana fantástica, aunque hayan pasado la friolera de veintiún años, prácticamente lo que llevamos de siglo. Se combina en ellos el versículo de ancha respiración con el verso corto, tallado mediante sintagmas densos y sucintos. La apariencia de metro libre es equívoca, pues el ritmo se pauta con versos blancos, preferentemente endecasílabos y heptasílabos a veces doblados en alejandrinos, y apuntalado además por repeticiones anafóricas y paralelísticas.

Y también prosigue con este libro en su línea poética («Cernuda, Lorca, Claudio, Wisława, Sylvia Plath…» reza un verso) trazada casi desde sus inicios. Mi impresión es que nos encontramos ante un poeta a tiempo completo, entregado en un sentido distinto, pero genuinamente juanramoniano, a la Obra en marcha. De ahí, por ejemplo, que los poemas de este testimonio en nombre de los miles de afectados, como es costumbre en el autor, no tengan punto final, conformen un continuum del gran poema del mundo, de su mundo, que no se acabará ni abandonará mientras le sea posible, ni la covid ha podido afortunadamente con él.

 

TACTO

Nada será ya como antes.

La lluvia no será ya la lluvia,
será celebración aún más gozosa,
mirarla cómo cae traerá un milagro
de panes y de peces llegando desde el cielo
para empujar la flor, el trigo, la memoria
de tu cuerpo y mi cuerpo aquella tarde
que fue todas las tardes.

Las cosas no serán la misma cosa,

los árboles
no serán ya los árboles,
serán ahora un abrazo sin contagio
al alcance de todos, descubrirás
que su sombra es más sombra
y que incluso en invierno, ya sin hojas,
se ven todos los nidos con mayor nitidez,
vacíos, pero intactos.

Las cosas no serán la misma cosa,

las calles no serán ya las calles,
la alegre muchedumbre
será ahora una extraña pasajera
con su maleta a solas 
aconteciendo a un mundo que no entiende,
y aunque la gente ocupe las aceras
tú las verás vacías, y hacia dentro
extraviadas quizás, preguntándote ellas
cómo se llega a ti.

Las cosas no serán la misma cosa,

las ventanas no serán ya ventanas,
las miradas no serán ya miradas,

no amaré ya jamás como allí amé
el tacto de aquel guante
con sus dedos de plástico.

Las manos que sin manos se acercaban a mí.

Las cosas no serán la misma cosa,
la piel no será ya la piel
ni el desnudo el desnudo,

habrá que comenzar a desvestirse
por el botón del miedo, y al besarnos
quitada ya la ropa, aprender que había huecos
antes nunca tocados,

por fin seremos tacto.

Recorrerá mi lengua muy despacio
la isla abandonada, estallaremos juntos
como si fuera un último deseo
cumplido cuando ya no crees en nada.

Las cosas no serán la misma cosa, 

nosotros no seremos los mismos,
los otros no serán ya los otros,
el amor no será ya el amor,
será solo el amar, y será más. 

No habrá piel, habrá carne
jugándose la vida 

 

LA BOCA DEL LEÓN

Os acordáis de niños, en el circo.

El domador metía de pronto la cabeza
en la boca del león, y todos tras un ohhh
de espanto, apretando los puños,
conteníamos un siglo la respiración.

Se detenía el mundo.

Era sólo un segundo, pero duraba un miedo
que aún me despierta a veces en mitad
de la herida,

ahora mismo otra vez, y es la peor
cuando veo y recuerdo mi cabeza al fondo
de un pasillo muy largo, quieta, rota, dolida,

aterrada también,

suspendida en las fauces
siempre abiertas
de la vida o la muerte.

Un momento crucial.

Los niños, pulmones del mundo,
conteníamos la respiración.

Doblaba el domador un poco sus rodillas
inclinándose atrás, dejaba caer el látigo

como si fuera necesario
añadirle a la escena
todavía más riesgo,

quizás mi rendición,

y entraba con mi cabeza a solas,

selva, pánico, hijas, mi cuerpo por delante,¡
apretando los dientes, en aquella 

boca oscura de un túnel

donde me juego todo

 

LA JERARQUÍA DEL ÁNGEL

A la naturaleza le da igual que mueras o no mueras.

El manzano puntual, la flor en flor, el río en río,
la montaña en su ser, el verde en verde.

Todo sigue.

Siempre fue así, imagino, pero ahora,
frente al frente voraz del todo ahí, tranquilamente ahí,
has detenido el paso en la tensión
que a veces nos agita, como ramas sensibles,
en mitad del camino, y abarcándolo todo con tus ojos
más desnudos que nunca, has acogido el pájaro
posándose, de una calma infinita. Extraño abismo.

El pulmón en su afán, la ola en su espuma, todo sigue,
la piedra en su callar, el martillo a lo suyo,
el perro en su diván de mirada tristísima,
la ortiga y el helecho sosteniendo su alcoba
insostenible, como pareja rota, mientras al fondo
el mar, ensimismado, en su compás de causas
tan profundas, insiste en convencernos
que la tierra es redonda, que la tierra es sin más.

Todo en su sitio.

La buganvilla escala, el sol en sol, la lluvia en lluvia,
exagera la rosa su belleza, rompe en llanto el asombro
del rocío, y aunque abona el erial un sudor nuevo  
el pan será el que fue mientras pizarra, cal,
granito, arcilla, se reparten los suelos a su antojo,
el vino correrá, sin pararse a contar vasos o nombres,
y el humilde gorrión, como acostumbra,
rebañará las migas.

Todo tiene sentido cuando todo se pierde.

La araña en su quehacer, la migraña en su nube,
el miedo en su aguijón, la abeja en miel, el techo
en su guarida, la mariposa en lujo, el erizo
en erizo atropellado siempre en la misma curva,
el Danubio sin ser jamás azul, como dijo el poeta,
aunque el vals permanezca
enamorado tanto de sí mismo, y la camelia siga 
escondiendo su flor hasta que llega el frío,

todo sigue su causa, su intemperie, su curso,
la hormiga en su despensa, el violín en su música,
la pintora en sus grises, el sapo con su smoking
desde el foso, dirigiendo la orquesta más insólita
al despedirse el día. Todo sigue.

A la naturaleza le da igual que mueras o no mueras.

        (fragmento)

Fernando Beltrán

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