De verdad… ¿Nos interesa la verdad?

Estamos tan habituados a que nos mientan y manipulen que nos cuesta distinguir lo que es cierto de la mentira.

Vivimos en un mundo de apariencias en el que se tiende a esconder la verdad, incluso el menor atisbo de verdad, o a ignorarla directamente. Las apariencias las provocamos nosotros. La verdad es incómoda, acaso porque es algo que se construye al margen de nosotros y, muchas veces a pesar nuestro. Nada se puede hacer contra ella, salvo ocultarla y crear verdades paralelas que tranquilicen nuestra conciencia o creer esas verdades inventadas para sustituir a las que no se pueden mostrar.

Tanto es así que, cuando alguien, en su discurso, se esfuerza en representar y explicar la verdad refrendada por datos objetivos, al pronto dudamos de su intención y nos agarramos a la sospecha de que estamos ante un embaucador o un hereje. La sospecha es el primer peldaño hacia la hoguera.

Recordemos, si no, los obstáculos con los que se encontraron la Ciencia y la Filosofía para sobreponerse al poder omnímodo de la superchería. Todas las civilizaciones parten de las creencias y éstas, a su vez, de la extrañeza que provocan el mundo y la propia existencia. Se precisa una explicación, no sólo de lo que rodea al ser humano, en cuanto tal, sino también de lo que se le escapa, lo invisible, y de lo que inspira su modo de actuar, lo interno.

De esta necesidad, surgen dos premisas fundamentales para el futuro de la humanidad: la idea de dios y la necesidad (como bien señala, Oscar Vilarroya, en su libro: Somos lo que nos contamos, Ariel) de contarnos para encontrar una explicación de nosotros mismos, de los fenómenos de la naturaleza y del poder divino. También surge el viaje, por supuesto, como medio de exploración de otros horizontes, bien por curiosidad, bien por necesidad de supervivencia.

Somos lo que contamos. Oscar Vilarroya. Editorial Ariel

El relato es, como dice Vilarroya (en el libro lo citado, que recomiendo), una parte sustancial de la evolución de la humanidad hasta la época en que nos encontramos, cuyos cambios estructurales respecto a épocas anteriores validan dicho principio. El relato, a través del cual nos contamos a nosotros mismos y contamos lo que ocurre en el mundo y fuera de él; más eficaz cuanto más sofisticado es. Desde esta perspectiva no hay duda de que el relato, junto al fuego, fue un gran invento de nuestros antecesores homínidos. Si tomamos como referencia la idea de dios como resultado de la extrañeza que provoca el mundo, más o menos amplio, que nos rodea, no hay duda de que el relato funciona a la perfección. Dios (cada dios, en particular) es la explicación para lo que vemos, lo que sentimos y lo que somos, en definitiva, desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte. La idea de dios fluye a través del relato hacia la creencia en dios y, por ende, a la religión y a la fe como máxima prueba de su existencia.

Con el profundo respeto a los creyentes de cualquier religión (la función del relato no sería tal si no se creyera en su mensaje; el objetivo del relato, en último término, es la transformación del mundo y convencer, a través de la doctrina, de que esa transformación es posible), conviene, sin embargo, tener en cuenta que la efectividad del relato se reduciría mucho si éste no contuviera buenas dosis de imaginación y mentira; es más, no habría relato si no escondiera en su argumentación estos elementos indispensables para la evolución del lenguaje.

La mentira, de este modo, es parte sustancial del relato de la historia y de la vida. La mentira puede ser inconsciente o consciente y, de cualquier forma, tener un amplio recorrido. El escritor es, por lo general, un mentiroso ¿inocente?, pues habla de cosas verosímiles pero no verificables, camina siempre por la linde entre lo real y lo ficticio. Esto no quiere decir que pensemos en la literatura como un cúmulo de mentiras, ya que no lo son, al menos, en el ámbito en que se desarrollan, cercano pero diferenciado del de la realidad. Tampoco que las religiones, que se basan en la fe en la palabra (como la propia literatura) lo son y que pertenecer a cualquiera de ellas es una manera de vivir equivocada. Pero conviene tener bien claro en qué territorio nos movemos y no perder de vista las consecuencias, tantas veces desastrosas, de las creencias y, como extensión de estas, los fanatismos.

No siempre somos dueños de la deriva que toman nuestras ideas y, a su vez, no sabemos hasta qué punto pueden calar las ideas de otros en nuestro cerebro; sobre todo si han estado construyéndose durante siglos.

El relato, aun siendo necesario por todo lo dicho (y por lo que nos cuenta Vilarroya) esconde un gran peligro que, la mayoría de las veces, se manifiesta de improviso y dura hasta que alcanza su propósito con una eficacia casi sublime y resultados, a menudo, desoladores. Todos recordamos casos como Las brujas de Salem, el nazismo o las armas de destrucción masiva; relatos que utiliza Óscar Vilarroya para explicar la eficacia de la mentira en la construcción del relato.

Se trata de la mentira perversa, que, más allá de convencer, lo que busca es manipular, en su propio beneficio, el pensamiento y las decisiones  del mayor número de gente posible. Los objetivos pueden ser muchos y su eficacia se constata en la medida en que dichas mentiras no son detectadas o, con mayor motivo, si, a pesar de ser detectadas, logran convencer. En la era de internet la mentira perversa alza el vuelo, ya que el medio en que se desenvuelve carece de los filtros adecuados, el anonimato es un valor; lo cual hace muy difícil, por no decir, imposible el pensamiento crítico.

En tiempos de crisis y mudanzas, el relato cobra una dimensión exagerada y la mentira perversa adquiere un poder ilimitado; sobre todo cuando el relato es aireado y agigantado por los medios de comunicación. Cada día los medios, analógicos o digitales, se inundan de nuevos relatos que rara vez tienen su correspondencia con la realidad, la efectiva, la que nos surte de noticias verificables.

Cuando la política entra en acción, como ahora en el tránsito de las elecciones, los relatos confluyen en la difusión y explicación de los programas de los distintos partidos, donde anida la mentira perversa. Hemos asistido a dos debates televisivos en los que la palabra más citada ha sido: mentira. Arma arrojadiza que se lanzan unos a otros con el mismo criterio. La perversidad en este caso está relacionada con la intención subrepticia de cada candidato. No sé quién ganará estos comicios; pero espero que sea quien haya puesto sobre la mesa el relato más adecuado a los intereses de todos y cuya mentira sea menos perversa. ¿Es mucho pedir?

El libro de Óscar Vilarroya nos viene a pedir de boca. Leerlo nos puede ayudar a entender muchas de las cosas que nos pasan, aportarnos un punto de pensamiento crítico; dudo mucho que cambie a nuestros políticos, pues es pensamiento, cultura e historia y los políticos raras veces se bajan en esa estación.

No os aburro más, que hay que votar. ¿O ya lo habéis hecho?

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